Francisco J. Carrillo. Académico Correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
04/07/2026 a las 01:03h.No creí en aquellos efusivos comentarios que corrían por las calles de la Ciudad: 'Félix Revello de Toro volvió a Málaga'. Eran tiempos de inauguración ... del Museo Revello de Toro con terral y calma chicha en la Ciudad aleixandrina del Paraíso. No compartí aquellas emociones a flor de piel, tan definitorias del carácter sureño y mediterráneo, porque Félix nunca abandonó su ciudad natal: había emigrado a espacios culturales más abiertos y más estructurados. Abrió taller en Madrid; y en Barcelona por cuyos balcones se filtraban los ecos del Gaudeamus en Aula Magna al alcance de manos y pinceles. Optó por el retrato pictórico y alcanzó un estilo propio, confirmado en sus bodegones que explican todo, o casi todo.
Los personajes de Félix Revello de Toro se diluyen, se disuelven, casi se confunden con las sucesivas mezclas hasta llegar a percibir a sus cuadros-retratos a través de totalidades pasivas y expresivas. Ni exabruptos ni culto a las personas que reposan en los lienzos con perfiles de intensidad dulcificada. Todo artista que se precie se dota de su propia magia. Y Félix logra con serenidad evitar la distorsión, que encuentra su máxima expresión en la compleja construcción (y él no podía ser negacionista) de sus bodegones. Incluso sus dibujos dialogan con el academicismo (L'Accademia ) para desafiar el fondo blanco en donde el contraste, elemento fundamental, se transforma más bien en una constante aleatoria.
El 'realismo romántico' de Félix Revello de Toro era 'necesidad' de aquellos tiempos. Dieron fe de unos hechos muy personalizados, cargados de deseos inconfesables de posteridad: El deseo implícito en un retrato, bien lo sabe el artista, es el mayor acto de fe de la egolatría subyacente. Así fue desde los primitivos mosaicos romanos dedicados a los dioses. Cincuenta años de Félix para consolidarlo y para redefinir la especificidad del pintor en la historia del arte con sus retratos y sus bodegones en interacción. Al lograr la transversalidad de esa especificidad estética, el pintor, recreando, se creó, y pasó a ser un signo indiscutible, referente de su época, que es la nuestra. En todas las épocas de la historia, como afirma Lucy Mair, han predominado las teorías de la subordinación a la costumbre; las fuerzas que producen el cambio se hayan presentes en todas las sociedades. En el interior de ese 'conflicto' se abre paso la innovación, hoy acelerada por el desarrollo y divulgación de las ciencias, de la tecnología y de la IA. La historia del arte así lo confirma
Todo retrato reinterpreta, aunque sea con su misma piel. Incluso el pintor puede arrancársela y poner de manifiesto las vísceras. El ropaje, la diversidad de abalorios, la epidermis que facilita la transmutación de lo ignoto en alegorías o en metáforas que se fijan en el tiempo como si el tiempo quedase detenido en el espacio de un lienzo. Lo subjetivo de un retrato, aun queriendo estar aislado de la realidad como una realidad sublimada, no puede escapar a la propia realidad que marca el entorno del que forma parte y del que no puede huir. La inteligencia de Félix Revello de Toro nos revela y nos desvela, como en los murales de las casas de patricios acomodados, -método que se ha ido perpetuando a través de la historia de las obras de arte-, los objetos que rodean a todos los modelos y al modelo como integrante de esa constelación de cachivaches, siendo él mismo un abalorio más, dulcificado, desgarrado, deconstruido o reconstituido trozo a trozo, según la particular percepción, y representación del mundo, de las diversas corrientes que se han ido yuxtaponiendo, por aluvión, Sin los bodegones de Revello de Toro, difícilmente pueden interpretarse sus retratos, como me ocurre con Warhol (Marilyn y las latas de tomate que sin duda formaban parte de su dieta nutriente). Félix no disgrega su grafismo.
Un retratista de arte es como un psiquiatra que tiene el deber de impedir el suicidio, intentando reconciliar al paciente posante consigo mismo sin contraponerlo y sin arrancarlo de su propia realidad. La responsabilidad del psiquiatra, del cirujano estético o del retratista artístico puede conducir a la destrucción o al amor del modelo. El pintor suele optar por reintegrar el ego de la persona en su propio invernadero, buscando inyectar dosis de felicidad del momento al personaje que busca la sublimación idílica en la compleja comedia del mundo. Muy elocuente la belleza de la senectud en el rostro intacto, no modificado por el bisturí, de la actriz Jeanne Moreau.
Cuando Félix Revello de Toro sacó a la luz sus bodegones, descubrimos aspectos consustanciales de la genialidad del color blanco, de los blancos en acción. El blanco que crea su propia sombra y la luz de las transparencias que es blanca irredenta, pura; que desafía a la perspectiva; que responde a la geometría; que incluso tiene fuerzas para poner punto final a un retrato que siempre es un pacto inconcluso con el devenir de los años.
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