- RAFAEL PAMPILLÓN OLMEDO
'La riqueza de las naciones' sigue siendo actual no porque tenga todas las respuestas, sino porque plantea las preguntas correctas. En un mundo marcado por tensiones comerciales, desigualdad y desconfianza institucional, Smith nos invita a reflexionar sobre los fundamentos de la prosperidad.
El 9 de marzo de 1776, hace ahora 250 años, se publicó 'Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones' -en adelante, 'La riqueza de las naciones'- de Adam Smith. El libro es considerado como el primer gran texto fundacional de la economía moderna por tres razones: 1) aporta la primera teoría sistemática de cómo funcionan los mercados; 2) rompe de manera definitiva con las doctrinas mercantilistas de su época; y 3) sienta las bases de la Economía Clásica que predica la libre competencia.
'La riqueza de las naciones' es un clásico del pensamiento económico porque integra el análisis de la producción, la formación de los precios en los mercados y el papel del Estado en la economía.
La crítica al mercantilismo
Para comprender el pensamiento de Adam Smith es imprescindible trasladarse mentalmente a la Europa de los siglos XVII y XVIII, un continente marcado por profundas transformaciones políticas, comerciales y científicas, pero aún dominado en el terreno económico por el mercantilismo. Esta doctrina sostenía que la prosperidad de una nación no dependía tanto de su capacidad productiva como de la acumulación de metales preciosos, especialmente oro y plata, considerados el verdadero termómetro de la riqueza nacional.
Bajo esta lógica, los Estados intervenían activamente en la economía. Concedían privilegios exclusivos y monopolios a determinadas compañías -como las célebres Compañías de Indias-, protegían el rígido entramado de gremios que regulaba oficios y profesiones, otorgaban licencias para controlar quién podía producir y comerciar, imponían aranceles elevados a los productos extranjeros y establecían múltiples restricciones destinadas a dirigir la actividad económica. El mercantilismo no era solo ineficaz, era injusto, porque beneficiaba a unos pocos a costa de la mayoría.
Frente a ello, Smith defendió que la riqueza puede expandirse cuando las personas trabajan, intercambian y compiten con libertad. Que la prosperidad, pensaba Smith, no consiste en acumular, sino en multiplicar. Su crítica al mercantilismo se intensificó al intuir la llegada de la Revolución Industrial. Las nuevas fábricas, máquinas y formas de organización productiva estaban transformando la economía en un sistema dinámico basado en la productividad. En ese nuevo contexto, las viejas políticas mercantilistas dejaron de ser útiles y pasaron a ser un obstáculo para el progreso. Y de esta forma, Smith abre la puerta a la economía moderna, donde la riqueza se mide por la capacidad humana de crear, innovar y transformar.
Estatua de Adam Smith en Edimburgo, en la Royal Mile.La mano invisible
Un concepto clave es el de la mano invisible, según el cual la búsqueda del interés propio por parte de los productores contribuye, de manera indirecta, al bienestar general. Cuanto más amplio es el mercado -sostenía Smith-, mayores son las oportunidades para la división del trabajo y, en consecuencia, para el aumento de la productividad. Esta idea sentó las bases del librecambio, que marcó gran parte del siglo XIX y comienzos del XX, hasta 1933, cuando se impusieron las políticas keynesianas.
Durante ese largo periodo de predominio de la Escuela Clásica (1847-1933) y pese a la existencia de crisis profundas y graves dificultades económicas en algunos países, esta doctrina dominante defendía una intervención mínima del Estado. Se consideraba que dicha intervención tenía efectos negativos: a) distorsionaba el funcionamiento del mercado; b) desincentivaba la iniciativa privada y; c) ralentizaba el crecimiento económico y la creación de empleo. En este contexto, la mano invisible no aludía a una fuerza misteriosa o automática, sino a la convicción de que la libertad económica era el principal motor de la generación de riqueza.
Tras el periodo keynesiano (1933-1980), con un fuerte protagonismo del Estado, la influencia de Smith vuelve a ser perceptible en la economía. Existe hoy un amplio consenso en favor del libre comercio, la desregulación de los mercados, la globalización, la competencia, la solidez institucional y la limitación del poder del Estado. Este consenso se apoya en muchas de las ideas de La Riqueza de las Naciones. Asimismo, la internacionalización de la economía, la caída del Telón de Acero y las privatizaciones impulsadas por Margaret Thatcher y Ronald Reagan reforzaron la siguiente tesis: la reducción de la injerencia estatal y la reducción de impuestos favorecen la competencia y el crecimiento económico.
La reciente anulación por el Tribunal Supremo de Estados Unidos de los aranceles impuestos por la Administración de Donald Trump introduce un matiz relevante en este debate. La controversia ya no se sitúa únicamente en el terreno económico, sino en el institucional. La sentencia recuerda que los aranceles y el comercio internacional no son un instrumento discrecional de la Casa Blanca, sino que son competencia del Congreso.
El comercio como motor de la prosperidad
El comercio permite a regiones y personas especializarse en aquello que hacen mejor, ampliando el mercado y profundizando en la división del trabajo. Esa especialización incrementa la productividad, reduce costes y eleva el bienestar de los ciudadanos.
Sin embargo, dos siglos y medio después de La Riqueza de las Naciones, el discurso proteccionista vuelve a ganar terreno. Trump lidera una corriente de pensamiento que presenta el comercio como un obstáculo para el crecimiento económico.
Smith fue crítico con los aranceles y las represalias comerciales. Entendía que, aunque a corto plazo puedan beneficiar a grupos concretos, a medio y largo plazo empobrecen al conjunto de la sociedad. El proteccionismo, advertía, no crea riqueza; la redistribuye de forma injusta e ineficiente. Por todo ello, el mensaje de Smith resulta muy actual. La Teoría Económica demuestra que el proteccionismo reduce el bienestar económico de un país.
Primera edición de la obra de Adam Smith, de 1776.EXPANSIONUn liberalismo con reglas
Smith nunca fue un dogmático del mercado. Al contrario: La riqueza de las naciones no puede entenderse sin su otra gran obra, La teoría de los sentimientos morales. Para Smith, los mercados solo funcionan dentro de un entramado institucional y rectitud moral.
Afortunadamente, y tal como señalamos más arriba, hace un mes el Tribunal Supremo de Estados Unidos ofreció un ejemplo claro de este principio al corregir la política arancelaria de Trump. Su decisión recordó que incluso la mayor economía del mundo no depende únicamente de la voluntad de los gobiernos, sino de marcos legales que delimitan el ejercicio del poder. La sentencia no entra a valorar si los aranceles son convenientes o no; establece algo previo: que su adopción corresponde al Congreso y no a la iniciativa unilateral de la Casa Blanca. En definitiva, que la libertad económica requiere reglas comunes y una ética social capaz de contener los abusos de poder.
Incentivos y prosperidad
Smith comprendió que la prosperidad depende de unos incentivos bien diseñados. Muchos conceptos que hoy damos por sentados aparecen ya en Smith: la especialización y la división del trabajo, la competencia como mecanismo de ajuste de los mercados, la crítica a los monopolios y a los privilegios concedidos por el poder político, la educación como inversión social, un Estado que garantice la seguridad jurídica o una concepción prudente de la fiscalidad.
Resulta llamativo que, en un mundo mucho más complejo que el del siglo XVIII, muchas advertencias de Smith sigan vigentes. Desconfiaba de la alianza entre políticos e intereses empresariales y era consciente de que esa combinación suele producir normas diseñadas para proteger los beneficios de unos pocos frente a la libre competencia.
Sabía que cuando el Estado se pone al servicio de grupos concretos (gremios ayer, grandes corporaciones hoy) el resultado no es eficiencia ni justicia, sino barreras de entrada, pérdida de dinamismo económico y frustración social.
Smith no ignoraba la cuestión distributiva. Al contrario, le preocupaba que el progreso económico no se tradujera en mejoras reales para la mayoría. Defendía salarios dignos, y consideraba que una sociedad próspera no podía asentarse sobre la miseria de amplias capas de la población. No era indiferente ante las consecuencias sociales del crecimiento. Su pensamiento ofrece un marco para integrar mercado, legitimidad, bienestar y estabilidad política.
¿Estamos regresando al mercantilismo?
Ésta es una de las grandes cuestiones que debemos plantearnos en la actualidad. El auge de las políticas industriales, la fragmentación de las cadenas de suministro, los aranceles, el comercio como arma geopolítica y la proliferación de subsidios apuntan en esa dirección.
La diferencia es que hoy el mundo es mucho más complejo y está mucho más interconectado. El comercio internacional ya no se limita al intercambio de bienes finales, sino que se articula en complejas cadenas de suministro globales. Romper esas cadenas tiene costes enormes. Smith no conoció este grado de integración, pero comprendió algo esencial: cuanto más amplio es el mercado, mayor es el potencial de crecimiento económico.
Un mundo fragmentado
¿Puede sobrevivir 'La riqueza de las naciones' en un mundo geopolíticamente fragmentado? ¿Puede la economía global funcionar sin los principios de Smith?
Los principios de Smith no son un lujo para tiempos tranquilos; permiten gestionar la escasez, el conflicto y la diversidad de intereses. La competencia, los mercados abiertos y las instituciones independientes no eliminan los problemas. Pero ofrecen un marco para canalizarlos productivamente, y evitar que la economía se convierta en un juego puramente político.
La Historia Económica demuestra que el cierre de los mercados y la planificación central de las economías reducen la competencia, favorecen la ineficiencia y no mejoran el bienestar de los ciudadanos. La actual politización del comercio internacional, que padece el Mundo, introduce incertidumbre y desincentiva la inversión, obteniendo como resultado una notable reducción en el crecimiento económico.
Nada de esto implica ignorar los desafíos de la globalización. Smith no era un ingenuo y sabía que los cambios económicos generan ganadores y perdedores y que el Estado tiene un papel que desempeñar en la provisión de bienes públicos, en la educación y en la adaptación de la fuerza laboral a las necesidades de las empresas. La riqueza de las naciones sigue siendo actual no porque tenga todas las respuestas, sino porque plantea las preguntas correctas. En un mundo marcado por tensiones comerciales, desigualdad creciente y desconfianza institucional, Smith nos invita a reflexionar sobre los fundamentos de la prosperidad.
¿Vamos a un mundo en el que la economía deje atrás las ideas de Smith? Es posible. Pero si la historia sirve de guía, el abandono de esos principios suele tener un coste elevado. Los fundamentos que Smith articuló hace 250 años -apertura, competencia y confianza en las instituciones- siguen siendo pilares de la prosperidad global. No porque sean perfectos, sino porque, hasta ahora, nadie ha encontrado una alternativa mejor.
*Rafael Pampillón Olmedo es profesor de la Universidad CEU-San Pablo y del IE Business School
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