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45 m² para Picasso. La Tauromaquia

45 m² para Picasso. La Tauromaquia
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Una sala pequeña que dejó una huella grande en la relación de Málaga con Picasso

LA TRIBUNA

45 m² para Picasso. La Tauromaquia

Una sala pequeña que dejó una huella grande en la relación de Málaga con Picasso

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JAVIER BECERRA SECO. EXDIRECTOR DE CULTURA DE LA DIPUTACIÓN DE MÁLAGA

12/06/2026 a las 02:00h.

Picasso es hoy una marca Málaga, un emblema. Pero no siempre fue así. Los que participamos en la vida cultural de aquella Málaga de las ... décadas de los setenta y ochenta sabemos que hubo que trabajar mucho para recuperarlo, aunque fuera de forma simbólica. Hubo gestos, viajes y encuentros. Aquella famosa visita de jóvenes artistas malagueños al sur de Francia y la forma en que él los recibió. Todo eso ayudó a mantener el vínculo. Más tarde llegaron la compra de la casa natal, la Fundación Picasso y, con el tiempo, el museo. Ahí, la figura y la generosidad de Christine Picasso fueron determinantes; sin ella, difícilmente se entendería lo que es hoy el Museo Picasso Málaga.

Fue en aquellos años cuando surgió la posibilidad de traer los grabados de La Tauromaquia de Picasso. La Málaga cultural de entonces poco tenía que ver con la actual. Los espacios dedicados al arte contemporáneo eran escasos y las iniciativas de este tipo seguían siendo minoritarias. Por eso, aquella exposición tenía un valor especial. Representaba el deseo de que Málaga se incorporara a una forma de entender la cultura que ya era habitual en otras ciudades europeas. La propuesta vino de quien llevaba entonces las artes plásticas en la Diputación: el pintor y gestor cultural Sebastián Camps.

Casi cuarenta años después, la Málaga cultural actual parece otra: museos, actividad constante, visitantes....

La exposición iba a celebrarse en la sala que la Diputación gestionaba en la calle Ancla, un espacio mínimo, de unos cuarenta y cinco metros cuadrados, situado en una esquina del edificio de la institución provincial. Un lugar casi escondido, nada especial, pero que durante más de tres décadas sostuvo buena parte del compromiso de la institución con el arte contemporáneo y por el que pasaron varias generaciones de artistas locales.

A partir de ahí comenzó un proceso largo. Había que conseguir las obras, y eso pasaba por negociar con Gustavo Gili, el editor que en 1926 había propuesto a Picasso la serie para las 'Ediciones de la Cometa'. Él tenía los derechos y las condiciones. Hubo que hablar, insistir, acordar y afrontar toda la burocracia que, en las instituciones públicas, casi siempre termina complicándose más de lo previsto.

En un momento en el que la operación se enredó más de la cuenta, no quedaba otra que recurrir a instancias superiores. La intervención de la entonces diputada de Cultura, Pilar Oriente, resultó decisiva para resolver los problemas que amenazaban con paralizar el proyecto. Se tenía la sensación constante de que cualquier detalle podía torcerlo todo. Al final salió adelante. Y hoy, con la perspectiva que da el tiempo, creo que mereció la pena.

La serie lo merecía. La Tauromaquia recoge escenas de la lidia dibujadas casi al instante, mientras la corrida estaba ocurriendo. No son imágenes pensadas en un estudio, sino apuntes hechos en vivo, intentando quedarse con el movimiento en el mismo momento en que sucede.

Cuando la exposición se abrió al público, la respuesta fue enorme. La sala quedó desbordada desde el primer momento. Seguramente la muestra habría tenido una mayor repercusión en un espacio más amplio y con mejores medios, pero aquella pequeña sala representó a Picasso con una enorme dignidad. Había curiosidad, y también una cierta sensación de orgullo. La Diputación captó aquel ambiente y siguió apostando por el arte contemporáneo, con mayor o menor acierto, pero con decisión.

La exposición recordó algo que a veces olvidamos. Picasso, con todas las ciudades y etapas por las que pasó, nunca perdió un fondo andaluz. Su mirada y su luz tienen mucho del sur, y la tauromaquia no es para él algo exótico, sino una imagen que lo devuelve a su infancia y permanece en su memoria más profunda.

Aquella exposición tuvo un significado especial. No fue solo contemplar unos grabados. Para mucha gente representó un reencuentro entre la ciudad y el niño que un día dibujaba toros sin saber en qué acabaría convirtiéndose.

Casi cuarenta años después, la Málaga cultural actual parece otra: museos, actividad constante, visitantes... A veces lo damos por hecho. Pero ese camino empezó también con pasos como aquel de La Tauromaquia, modestos, sí, pero importantes.

La muestra dejó la sensación de que podíamos traer a Picasso a casa sin complejos, que Málaga tenía sitio en el mapa cultural y que, cuando hay decisión y se suma el esfuerzo de mucha gente, las cosas terminan ocurriendo.

No fue una exposición rodeada de formalidades, ni de grandes campañas, ni del glamour que hoy suele acompañar acontecimientos de este tipo. Pero dejó algo en el ambiente que algunos aún recordamos. Daba la impresión de que la ciudad empezaba a creer un poco más en sí misma.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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