Ana Sanz
JURISTA Y AUTORA DE TEATRO
Lunes, 30 de marzo 2026, 02:00
... encendemos como si tal cosa la cafetera que nos permite disfrutar de un buen café y nos pone el cuerpo a punto para abordar un nuevo día; y al final de la jornada y de los afanes cotidianos esperamos casi con ansia el reposo en una habitación calentita en invierno y refrigerada en el estío con la iluminación adecuada para recrearnos con la lectura de ese libro que nos ayuda a coger el sueño. Son esos pequeños detalles en los que, como los tenemos incorporados al repertorio de gestos rutinarios que realizamos de modo automático, no reparamos pero que cuando nos fallan nos hacen sentir la incomodidad de la carencia que nos resistimos a aceptar. Y si no, ¿quién de nosotros accedería de buen grado a que la cafetera no se encendiera por la mañana o la luz de la mesilla de noche dejara de funcionar por falta de suministro eléctrico?¿Cómo conciliar el disfrute de unas condiciones domésticas aceptables con el pago de una factura de electricidad que la disuade a una de conectar los aparatos eléctricos que las proporcionan? ¿Cómo hacer un uso ponderado de los electrodomésticos que nos facilitan la vida automáticamente, como decía aquella 'voz en off' de un anuncio de lavadoras de cuando la energía no era un bien tan costoso o al menos no era un servicio que ya va pareciéndose en lo que respecta a su factura a un producto casi prohibitivo siendo así que realmente es un bien de primera necesidad? Me temo que este ha pasado a ser un asunto prioritario para todos los que hacemos uso de los artilugios que van desde el modesto cepillo de dientes que se alimenta de la red hasta el coche eléctrico tan mono, tan poco contaminante y tan de moda que nos acabamos de comprar para regocijo de nuestra conciencia ecológica.
No es mi intención en estas líneas dibujar un escenario de buhardilla de artista de la bohemia parisina decimonónica según nos lo presenta la literatura en la que el músico, el pintor, el dramaturgo o el poeta esperaba la visita de las musas envuelto en una manta de la que asomaba una escuálida cabecita con cara de hambre y unas manos gélidas mal abrigadas por unos mitones. La escena, aunque sugerente, forma parte de un tiempo que ha quedado para estampa del celuloide o de página de novela. Además, aquellos pobres artistas que también eran pobres de solemnidad no tenían que pagar la factura de un invento, el de la electricidad, que aún no había hecho su aparición estelar en la escena del gran teatro que es el mundo civilizado, o eso dicen. Pero me temo que, exageraciones aparte, pagar el recibo de la luz ya empieza a dejarnos, como decían los castizos, con los pies fríos y la cabeza caliente; o como a aquellos cómicos de segunda línea que no gozaban de un camerino bien iluminado y, movidos más por la afición al oficio que por las ganancias generadas por la función, tenían que colocarse la indumentaria para salir a escena medio a oscuras y de ahí la expresión que tomó carta de naturaleza y seguimos usando: «a dos velas».
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