- TOM BURNS MARAÑÓN
El Rey padre contribuyó de manera decisiva a la normalización política de España al recabar el apoyo de las democracias europeas y de EEUU.
Si en este país del duelo a garrotazos se llegase a manifestar un estado de opinión que agradezca al Rey padre por los servicios que prestó a España antes y durante sus treinta y nueve años de reinado, será en no poca medida gracias a El rey Juan Carlos I y la proyección exterior de España, libro que ha escrito el historiador hispano británico Charles Powell y que acaba de publicar la editorial Galaxia Gutenberg.
Este no es un libro para los sectarios de la ley "histórica" y de la "democrática" que imponen quienes se dedican al revisionismo del pasado con fines políticos que aplican al presente y al futuro. Powell trata de hechos e investiga cómo ocurrieron. Y lo que sucedió convierte a España en deudora de quien sucedió a Franco a título de Rey y guió a los españoles según los preceptos de la democracia liberal
Powell viajó dos veces a Abu Dabi para contrastar datos y en la presentación de su El rey Juan Carlos I la semana pasada dijo que, por un lado, había encontrado al Rey padre lúcido y con la memoria intacta, abierto, generoso y con ganas de hablar; y, por otro, lleno de añoranzas, profundamente triste y deseoso de volver a España. Calificó de "drama" el destierro de quien sufre los achaques propios de una salud debilitada y tener 88 años cumplidos.
Lo que explica Powell es que Don Juan Carlos contribuyó de una manera decisiva a la normalización política en estos pedregosos pagos porque entendió que la transformación del aislado erial en terreno productivo dependía del visto bueno y activo apoyo de sus vecinos. Esto lo comprendieron muchos de su generación que, como él, viajaban y hablaban idiomas pero solo don Juan Carlos, como heredero de la finca, podía hacer realidad aquellos anhelos.
A partir de 1969, el año que Franco le nombró sucesor, el futuro rey asumió la responsabilidad de ser algo así como el embajador extraordinario de lo que podría ser España tras el fin biológico de la dictadura. Cortejó a los dirigentes de las democracias europeas que mantenían el Estado franquista al margen de su núcleo económico y cultivó relaciones del más alto nivel con Estados Unidos que era el aliado indispensable del régimen y su mayor socio comercial.
Este papel de plenipotenciario fue respaldado por frecuentes encuentros que mantuvo con los embajadores occidentales acreditados en Madrid. En prolongados intercambios individuales y estrictamente off the -record, don Juan Carlos hablaba de una España plenamente integrada en la Unión Europea y en la OTAN y de sí mismo como titular de una Corona constitucional y parlamentaria.
Los diplomáticos cumplieron con su deber de informar detalladamente a sus gobiernos de lo dicho en estos encuentros y Powell, que ha rebuscado minuciosamente en los archivos de las potencias exteriores, sobre todo en los del Departamento de Estado norteamericano y los de la Foreign Office británica, saca a la luz unos fascinantes despachos que no tienen desperdicio.
Llaman la atención, entre otras cosas, la soltura con la que se expresaba el "embajador extraordinario" y la nula interferencia por parte de Franco en la misión que don Juan Carlos se adjudicó.
A lo largo del tardofranquismo, el periodo que va de 1969 a la muerte de Franco en 1975, los futuros socios y aliados de España podían tener sus fundadas sospechas en cuanto a la viabilidad de una eficaz transición del franquismo a la democracia, pero no podrían aguardar dudas en cuanto al compromiso de don Juan Carlos de pilotarla. Por eso no debió sorprenderles lo que vino después.
Lo que don Juan Carlos llevaba años diciendo en privado lo afirmó ante las Cortes del Régimen y a los dos días de morir Franco, en su discurso de proclamación como rey de España: "Europa deberá contar con España y los españoles somos europeos. Que ambas partes así lo entiendan y que todos extraigamos las consecuencias que se derivan...".
La muy documentada tesis de Powell es que el Rey padre facilitó de una manera decisiva el ingreso de España en la OTAN (1982) y en la Comunidad Europea (1986). Serían los dos pilares de la incipiente democracia y permitirían el reequilibrio de las relaciones con Estados Unidos, ocho de cuyos presidentes tuvieron contactos fluidos con don Juan Carlos. A la vez, don Juan Carlos auspició la creación de la Comunidad Iberoamericana de Naciones y apaciguó las sensibilidades árabes cuando España reconoció a Israel.
Las distintas iniciativas diplomáticas del Rey fueron acompañadas por otras en el campo económico. Suya fue la de incluir a empresarios en su séquito cuando realizaba visitas de Estado en el extranjero. La internacionalización de las empresas españolas debe mucho al espaldarazo que recibieron de la Corona.
Ser agradecido no requiere muchas vueltas. Basta con saber lo que ocurrió y ser buen nacido.
Tom Burns Marañón es el autor de 'El Legado de Juan Carlos I' (Almazara)
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