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Alonso Cueto: «Vargas Llosa exploró si el heroísmo es una causa perdida en los tiempos que corren»

Alonso Cueto: «Vargas Llosa exploró si el heroísmo es una causa perdida en los tiempos que corren»
Artículo Completo 2,631 palabras
Poco antes de morir Mario Vargas Llosa en Lima, Alonso Cueto, célebre novelista peruano, escribió un ensayo en el que analiza lúcidamente las líneas de fuerza de la obra del Nobel. 'Palabras en el mundo' refleja el retrato de una larga lectura y el de una larga pasión, la que le ha acompañado desde que cayó en sus manos 'La ciudad y los perros' a los catorce años. Cueto se asoma a ese universo para mostrar la gran ambición de Vargas Llosa: dar cuenta de la comedia humana, de todo lo que forma parte de ella: riqueza, pobreza, corrupción, amor… 'Palabras en el mundo' es un derroche de lucidez, una reflexión sobre cómo vio Vargas Llosa las leyes de la vida y las leyes de la escritura novelística de nuestro tiempo.—¿Cómo valora su legado a la literatura? —Creo que podemos llegar a una conclusión. Por el número de sus grandes obras, Vargas Llosa es el novelista en español más importante del siglo XX y lo que va del XXI. Lo digo porque escribió al menos cinco obras maestras ('La ciudad y los perros', 'La casa verde', 'Conversación en la Catedral' , 'La guerra del fin del mundo', 'La fiesta del chivo', y podría añadirse alguna otra a esa lista). Luego, dos grandes ensayos literarios, los de Flaubert y García Márquez. Y también un descarnado libro de memorias, 'El pez en el agua'. Solo Faulkner y Thomas Mann acaso tienen un número tan significativo de grandes novelas o de obras en prosa. Por otro lado, el periodo que va de 1940 a 1970 es el más importante para la narrativa en español en varios siglos. Noticia relacionada No No UNA VIDA DE NOVELA Carlos Granés—¿Y qué visión le parece se refleja en las novelas de Vargas Llosa? —La pregunta que hacen las novelas de Vargas Llosa concierne a todos. ¿Es el heroísmo una causa perdida en los tiempos que corren? Su obra es una exploración de esa interrogante. Su vida, también.—¿Por qué cree eso?—Creo o me parece, no sé, que los protagonistas de sus historias buscan ensayar en todo momento alguna gesta personal en base a un impulso de la dignidad . Todos están buscando validar sus vidas en algún acto moral. Y lo hacen en medio del anonimato y la corrupción de la rutina. Es lo que ocurre cuando el Jaguar no delata al Poeta en 'La ciudad y los perros' y prefiere sufrir los castigos de los otros cadetes, o cuando Ambrosio se decide a no revelar la verdad a Santiago sobre la muerte de la Musa en 'Conversación en la Catedral'. Es un impulso común. Otros personajes como Urania, el teniente Gamboa, el Consejero, buscan de algún modo impugnar el sistema y recuperar la verdad , lo cual en ellos se convierte en una gesta personal. —¿Y la rebelión no es necesaria para lograrlo?—Claro. Para eso necesitan rebelarse. La obra de Vargas Llosa es un largo elogio a los insurrectos. Y lo que se esconde detrás de esa visión es la idea de que no hay mejor elogio a la vida que llamarla movimiento. Para Vargas Llosa, en sus luchas públicas, la entrega a una causa era similar a la que tenían sus personajes. Era una entrega sustentada por un instinto moral—¿Qué modelos literarios españoles pueden haber sido un estímulo?—No sé. Yo diría que hay dos novelas españolas en el origen de toda su obra. La primera es 'Tirante el Blanco'. La segunda es 'El Quijote'. Ambos modelos de caballeros coexisten en sus novelas.—¿Los caballeros andantes son modelos en su obra? —Sí. En alguna conversación con Mario se lo comenté y me contestó que tal vez tenía razón. Sigo pensando lo mismo: sus personajes son caballeros andantes perdidos en el mundo moderno. Por eso es que por lo general fracasan. Son desterrados, muertos, humillados. Pero vuelven a aparecer, bajo otra forma, en la siguiente novela. Nunca dejan de rebelarse. Mario admiraba novelas como 'Sostiene Pereira' o 'El extranjero' porque su protagonista se rebelaba y adquiría una dignidad propia. Para Vargas Llosa, en sus luchas públicas, la entrega a una causa era similar a la que tenían sus personajes. Era una entrega sustentada por un instinto moral. La otra gran pregunta en su obra es si podemos vivir fuera de la lucha por el poder. —Usted fue uno de sus amigos cercanos. ¿Lo convierte en un lector privilegiado de su obra? ¿Cómo era Vargas Llosa hablando de sus propios libros? —Muy abierto. Recuerdo muy bien cuando nos contaba de toda su investigación sobre Rafael Trujillo para 'La fiesta del chivo' . Se sabía de memoria cada época de su vida, que explicaba con gran precisión. Gozaba mucho de la investigación y de ir componiendo los personajes agregándoles aspectos de ficción a figuras históricas. Fui amigo cercano suyo, lo que es un privilegio, pero en el libro que he escrito primó la visión de un lector neutro, salvo en los testimonios personales que pude incluir. —¿Cómo fue el Vargas Llosa que regresa desde España, el Vargas Llosa del final? —Lo vi muy debilitado en lo físico, pero con una energía hasta el final. Recordaba con mucha frecuencia a sus antiguos amigos, Sebastián Salazar Bondy, Luis Loayza, José Miguel Oviedo, Abelardo Oquendo, y a su gran maestro Raúl Porras. Nunca los olvidó. La última vez que lo vi fue hace poco menos de un año, el día de su cumpleaños. Le faltaba poco tiempo. En esa ocasión me contó que se levantaba todos los días a caminar durante una hora. No era cierto (estaba en silla de ruedas) pero tampoco era un farol. Era una muestra de lo que su imaginación todavía le dictaba . «Patricia es una persona extraordinaria. A ella le debemos que haya podido dedicarse a su obra»—Alguien fundamental en su vida fue su mujer, Patricia Llosa. ¿Cómo la definiría? —Patricia es una persona extraordinaria. A ella le debemos que haya podido dedicarse a su obra. Fue quien creó todas las condiciones en las que él podía escribir. Alguna vez, refiriéndose al aspecto físico de ambos, la poeta Blanca Varela me dijo que Patricia y Mario estaban hechos el uno para el otro. Tengo la impresión de que nunca dejaron de estar juntos. Todos los lectores tenemos mucho que agradecerle a Patricia. Su constancia, su fe, su discreción, su elegancia, son ejemplares. —¿Cuáles serían los momentos claves que permiten relacionar la vida y la obra de Vargas Llosa? —Bueno, cada uno podrá sacar sus conclusiones, pero hay un hecho crucial. El me dijo más de una vez que nunca habría sido escritor si no hubiera ocurrido el episodio en el que su madre lo lleva a conocer a «ese señor que era su padre» en Piura cuando tenía diez años. «Si eso no hubiera ocurrido, yo hubiera sido abogado o cualquier otra cosa», me dijo. Fue en ese momento en el que se abrió el abismo terrible entre la realidad y la ficción y la urgencia de la rebeldía. El otro episodio fundamental fue su ingreso en la política , un modo de reconocer su lugar en la literatura y la acción cívica. Fue un escritor consagrado a su oficio, pero al mismo tiempo pensaba que la palabra no era suficiente. Había que ir a la acción. Me parece que esa fue una de las lecciones que aprendió de Sartre . Alonso Cueto, autor de 'Palabras en el mundo'. Luis Rodríguez Pastor—Hábleme de la rebeldías políticas y literarias de Vargas Llosa.—Siempre he pensado que el Vargas Llosa político también es el que escribe novelas. En su vida y en su literatura la rebeldía es una postura moral. La realidad nunca tiene una forma definitiva. La palabra tiene un valor moral mientras que el silencio es culpable . Hay que ver que el Esclavo es justamente el que no se rebela y la novela se desentiende de él muy pronto. Pero la rebeldía no solo es política. Sus personajes son rebeldes múltiples en el amor y en las relaciones. Hay que tener en cuenta también que Vargas Llosa, en el Perú al menos, fue el último intelectual cuyas opiniones influyeron en la política. Sus protestas públicas, contribuyeron a la fuerza social que llevó a la dimisión del entonces presidente Manuel Merino en el 2020. —¿Qué relación mantuvo Vargas Llosa con el poder, con la maldad del poder? —Él se transformaba cuando hablaba de la miseria moral de alguien. Creo que identificaba el poder con la maldad. Todos los personajes que detentan el poder en sus novelas son malignos. Pero el mal es un asunto complejo , que captura a través del poder a sus víctimas y las pervierte, como ocurre con Cayo Bermúdez. El que se rebela contra el poder, en cambio, es un personaje positivo. Contra lo que muchos dicen, los personajes femeninos de Vargas Llosa son extraordinariamente complejos, llevan las marcas de la opresión y su insurrección es una necesidad vital.Noticia relacionada No No Elecciones de Perú en 1990 Vargas Llosa: la conspiración que impidió que fuera presidente Paola Ugaz | Corresponsal en Lima—Usted habla de que Vargas Llosa fue un 'minucioso muralista de la diversidad', esto es, alguien que puso su escritura para reflejar todos los tipos de la comedia humana, pero para ello fue un gran creador de lenguajes.—Sí, eso es importante, muy importante. Buscó todos los mundos, todos los personajes y los retrató a través de todos los lenguajes. Al crear un universo de reemplazo , que sustituyera la realidad enorme en la que vivía su padre, Vargas Llosa busca que en ese cosmos literario aparezcan todos los tipos humanos. En ese sentido, crea un mural en movimiento. En ese mural hay historias de amor, historias de guerra, historias de familias. La violencia, el amor, el fanatismo y otras emociones no son compartimentos estancos. Están todas integradas en un gran movimiento. —Era un contador de historias. —Por supuesto, eso era. Incluso en lo privado. En las conversaciones en grupo, a Mario le encantaba narrar y escuchar relatos. También era un gran contador de chistes (esos relatos breves) y un bromista excepcional. Tenía un gran sentido del humor. Como escritor, le interesaba sobre todo contar una historia bien contada, como afirmó alguna vez. Me dijo con frecuencia que el corazón de una novela debía poder definirse en una sola frase. De esa frase saldrían todas las demás. —Para Vargas Llosa la novela es siempre una travesía, un movimiento, ¿no lo fue también su vida? —Así es. Fue un viajero permanente. Reflejó todos los universos. Usó todos los lenguajes de Martorell a Flaubert y a Faulkner. Fue también periodista, dramaturgo, actor. La totalidad era su meta y como sabía que la totalidad es inalcanzable, nunca dejó de viajar. Fue muy amigo de sus amigos y tuvo a su familia muy cerca pero también fue un aventurero. 'Ítaca', el poema de Kavafis, que a veces recitaba, era una inspiración permanente. —Un gigante también de la vida, un vitalista irremediable. ¿Cómo era ser amigo suyo? —Algo importante, sin duda. Valoraba infinitamente a sus amigos. Le gustaba sentir la compañía de los amigos como una forma del refugio . Esa experiencia viene de una época esencial en su vida: cuando visitaba a sus primos y tíos Llosa en la calle Diego Ferré, donde se sentía a salvo de su padre. Pero también hablaba mucho de sus amigos de la Universidad y, en concreto, de la célula Cahuide del Partido Comunista peruano en la Universidad de San Marcos. Desde el punto de vista literario, fue importante la lectura de 'Los tres mosqueteros' . Ahora bien, no toleraba ninguna forma de la traición a la amistad. Era especialmente duro en esto.«El infierno social del Perú fue el paraíso para un novelista como él»—¿Qué representó Perú para él?—Fíjese, su interés por abrazar la vida, por integrar a personajes diversos y variados, por subrayar la variedad y la intensidad de las relaciones y las luchas de poder, encontró en el Perú un escenario ideal. Era el mejor lugar para un novelista con una vocación local y a la vez universal como la suya. En el suelo peruano coexisten desde hace varios siglos las etnias originarias de Europa, Asia, África y Oceanía, junto con las tribus nativas. La idea que tuvo José María Arguedas d el país de «todas las sangres» incluía el universo de los conflictos y las luchas. Era por lo tanto también un lugar perfecto para la vocación de Vargas Llosa. El infierno social del Perú fue el paraíso para un novelista como él. —Me gustaría terminar hablando de usted: se cumple ahora veinte años de la publicación de 'La hora azul', una de sus grandes novelas y premio Herralde. ¿Qué relación guarda con ella?—Una relación muy feliz porque tiene que ver con mi vida. En 1984, después de graduarme en la Universidad de Texas, y contra el consejo de todos mis amigos, decidí volver a vivir al Perú. Era el momento de máxima tensión de la guerra de Sendero Luminoso . Yo me sentía muy estimulado porque las guerras son una ocasión extraordinaria para un escritor. Un día supe de la historia de un general de Lima que protegió y acaso se enamoró de una prisionera en el cuartel de Ayacucho durante la guerra de Sendero. Ahí nació mi novela. Me interesó sobre todo la mezcla de violencia y compasión detrás de ese relato. Fui contando la historia desde el punto de vista del hijo que quiere encontrar en esa mujer que estuvo con su padre. Creo que escribir una novela es una aventura donde uno va haciendo viajes de descubrimientos junto con el personaje. Es como salir a buscar un tesoro, que a veces uno encuentra.

Poco antes de morir Mario Vargas Llosa en Lima, Alonso Cueto, célebre novelista peruano, escribió un ensayo en el que analiza lúcidamente las líneas de fuerza de la obra del Nobel. 'Palabras en el mundo' refleja el retrato de una larga lectura y el ... de una larga pasión, la que le ha acompañado desde que cayó en sus manos 'La ciudad y los perros' a los catorce años. Cueto se asoma a ese universo para mostrar la gran ambición de Vargas Llosa: dar cuenta de la comedia humana, de todo lo que forma parte de ella: riqueza, pobreza, corrupción, amor… 'Palabras en el mundo' es un derroche de lucidez, una reflexión sobre cómo vio Vargas Llosa las leyes de la vida y las leyes de la escritura novelística de nuestro tiempo.

—¿Cómo valora su legado a la literatura?

—Creo que podemos llegar a una conclusión. Por el número de sus grandes obras, Vargas Llosa es el novelista en español más importante del siglo XX y lo que va del XXI. Lo digo porque escribió al menos cinco obras maestras ('La ciudad y los perros', 'La casa verde', 'Conversación en la Catedral', 'La guerra del fin del mundo', 'La fiesta del chivo', y podría añadirse alguna otra a esa lista). Luego, dos grandes ensayos literarios, los de Flaubert y García Márquez. Y también un descarnado libro de memorias, 'El pez en el agua'. Solo Faulkner y Thomas Mann acaso tienen un número tan significativo de grandes novelas o de obras en prosa. Por otro lado, el periodo que va de 1940 a 1970 es el más importante para la narrativa en español en varios siglos.

—¿Y qué visión le parece se refleja en las novelas de Vargas Llosa?

—La pregunta que hacen las novelas de Vargas Llosa concierne a todos. ¿Es el heroísmo una causa perdida en los tiempos que corren? Su obra es una exploración de esa interrogante. Su vida, también.

—Creo o me parece, no sé, que los protagonistas de sus historias buscan ensayar en todo momento alguna gesta personal en base a un impulso de la dignidad. Todos están buscando validar sus vidas en algún acto moral. Y lo hacen en medio del anonimato y la corrupción de la rutina. Es lo que ocurre cuando el Jaguar no delata al Poeta en 'La ciudad y los perros' y prefiere sufrir los castigos de los otros cadetes, o cuando Ambrosio se decide a no revelar la verdad a Santiago sobre la muerte de la Musa en 'Conversación en la Catedral'. Es un impulso común. Otros personajes como Urania, el teniente Gamboa, el Consejero, buscan de algún modo impugnar el sistema y recuperar la verdad, lo cual en ellos se convierte en una gesta personal.

—¿Y la rebelión no es necesaria para lograrlo?

—Claro. Para eso necesitan rebelarse. La obra de Vargas Llosa es un largo elogio a los insurrectos. Y lo que se esconde detrás de esa visión es la idea de que no hay mejor elogio a la vida que llamarla movimiento.

Para Vargas Llosa, en sus luchas públicas, la entrega a una causa era similar a la que tenían sus personajes. Era una entrega sustentada por un instinto moral

—¿Qué modelos literarios españoles pueden haber sido un estímulo?

—No sé. Yo diría que hay dos novelas españolas en el origen de toda su obra. La primera es 'Tirante el Blanco'. La segunda es 'El Quijote'. Ambos modelos de caballeros coexisten en sus novelas.

—¿Los caballeros andantes son modelos en su obra?

—Sí. En alguna conversación con Mario se lo comenté y me contestó que tal vez tenía razón. Sigo pensando lo mismo: sus personajes son caballeros andantes perdidos en el mundo moderno. Por eso es que por lo general fracasan. Son desterrados, muertos, humillados. Pero vuelven a aparecer, bajo otra forma, en la siguiente novela. Nunca dejan de rebelarse. Mario admiraba novelas como 'Sostiene Pereira' o 'El extranjero' porque su protagonista se rebelaba y adquiría una dignidad propia. Para Vargas Llosa, en sus luchas públicas, la entrega a una causa era similar a la que tenían sus personajes. Era una entrega sustentada por un instinto moral. La otra gran pregunta en su obra es si podemos vivir fuera de la lucha por el poder.

—Usted fue uno de sus amigos cercanos. ¿Lo convierte en un lector privilegiado de su obra? ¿Cómo era Vargas Llosa hablando de sus propios libros?

—Muy abierto. Recuerdo muy bien cuando nos contaba de toda su investigación sobre Rafael Trujillo para 'La fiesta del chivo'. Se sabía de memoria cada época de su vida, que explicaba con gran precisión. Gozaba mucho de la investigación y de ir componiendo los personajes agregándoles aspectos de ficción a figuras históricas. Fui amigo cercano suyo, lo que es un privilegio, pero en el libro que he escrito primó la visión de un lector neutro, salvo en los testimonios personales que pude incluir.

—¿Cómo fue el Vargas Llosa que regresa desde España, el Vargas Llosa del final?

—Lo vi muy debilitado en lo físico, pero con una energía hasta el final. Recordaba con mucha frecuencia a sus antiguos amigos, Sebastián Salazar Bondy, Luis Loayza, José Miguel Oviedo, Abelardo Oquendo, y a su gran maestro Raúl Porras. Nunca los olvidó. La última vez que lo vi fue hace poco menos de un año, el día de su cumpleaños. Le faltaba poco tiempo. En esa ocasión me contó que se levantaba todos los días a caminar durante una hora. No era cierto (estaba en silla de ruedas) pero tampoco era un farol. Era una muestra de lo que su imaginación todavía le dictaba.

«Patricia es una persona extraordinaria. A ella le debemos que haya podido dedicarse a su obra»

—Alguien fundamental en su vida fue su mujer, Patricia Llosa. ¿Cómo la definiría?

—Patricia es una persona extraordinaria. A ella le debemos que haya podido dedicarse a su obra. Fue quien creó todas las condiciones en las que él podía escribir. Alguna vez, refiriéndose al aspecto físico de ambos, la poeta Blanca Varela me dijo que Patricia y Mario estaban hechos el uno para el otro. Tengo la impresión de que nunca dejaron de estar juntos. Todos los lectores tenemos mucho que agradecerle a Patricia. Su constancia, su fe, su discreción, su elegancia, son ejemplares.

—¿Cuáles serían los momentos claves que permiten relacionar la vida y la obra de Vargas Llosa?

—Bueno, cada uno podrá sacar sus conclusiones, pero hay un hecho crucial. El me dijo más de una vez que nunca habría sido escritor si no hubiera ocurrido el episodio en el que su madre lo lleva a conocer a «ese señor que era su padre» en Piura cuando tenía diez años. «Si eso no hubiera ocurrido, yo hubiera sido abogado o cualquier otra cosa», me dijo. Fue en ese momento en el que se abrió el abismo terrible entre la realidad y la ficción y la urgencia de la rebeldía. El otro episodio fundamental fue su ingreso en la política, un modo de reconocer su lugar en la literatura y la acción cívica. Fue un escritor consagrado a su oficio, pero al mismo tiempo pensaba que la palabra no era suficiente. Había que ir a la acción. Me parece que esa fue una de las lecciones que aprendió de Sartre.

—Hábleme de la rebeldías políticas y literarias de Vargas Llosa.

—Siempre he pensado que el Vargas Llosa político también es el que escribe novelas. En su vida y en su literatura la rebeldía es una postura moral. La realidad nunca tiene una forma definitiva. La palabra tiene un valor moral mientras que el silencio es culpable. Hay que ver que el Esclavo es justamente el que no se rebela y la novela se desentiende de él muy pronto. Pero la rebeldía no solo es política. Sus personajes son rebeldes múltiples en el amor y en las relaciones. Hay que tener en cuenta también que Vargas Llosa, en el Perú al menos, fue el último intelectual cuyas opiniones influyeron en la política. Sus protestas públicas, contribuyeron a la fuerza social que llevó a la dimisión del entonces presidente Manuel Merino en el 2020.

—¿Qué relación mantuvo Vargas Llosa con el poder, con la maldad del poder?

—Él se transformaba cuando hablaba de la miseria moral de alguien. Creo que identificaba el poder con la maldad. Todos los personajes que detentan el poder en sus novelas son malignos. Pero el mal es un asunto complejo, que captura a través del poder a sus víctimas y las pervierte, como ocurre con Cayo Bermúdez. El que se rebela contra el poder, en cambio, es un personaje positivo. Contra lo que muchos dicen, los personajes femeninos de Vargas Llosa son extraordinariamente complejos, llevan las marcas de la opresión y su insurrección es una necesidad vital.

Vargas Llosa: la conspiración que impidió que fuera presidente

—Usted habla de que Vargas Llosa fue un 'minucioso muralista de la diversidad', esto es, alguien que puso su escritura para reflejar todos los tipos de la comedia humana, pero para ello fue un gran creador de lenguajes.

—Sí, eso es importante, muy importante. Buscó todos los mundos, todos los personajes y los retrató a través de todos los lenguajes. Al crear un universo de reemplazo, que sustituyera la realidad enorme en la que vivía su padre, Vargas Llosa busca que en ese cosmos literario aparezcan todos los tipos humanos. En ese sentido, crea un mural en movimiento. En ese mural hay historias de amor, historias de guerra, historias de familias. La violencia, el amor, el fanatismo y otras emociones no son compartimentos estancos. Están todas integradas en un gran movimiento.

—Por supuesto, eso era. Incluso en lo privado. En las conversaciones en grupo, a Mario le encantaba narrar y escuchar relatos. También era un gran contador de chistes (esos relatos breves) y un bromista excepcional. Tenía un gran sentido del humor. Como escritor, le interesaba sobre todo contar una historia bien contada, como afirmó alguna vez. Me dijo con frecuencia que el corazón de una novela debía poder definirse en una sola frase. De esa frase saldrían todas las demás.

—Para Vargas Llosa la novela es siempre una travesía, un movimiento, ¿no lo fue también su vida?

—Así es. Fue un viajero permanente. Reflejó todos los universos. Usó todos los lenguajes de Martorell a Flaubert y a Faulkner. Fue también periodista, dramaturgo, actor. La totalidad era su meta y como sabía que la totalidad es inalcanzable, nunca dejó de viajar. Fue muy amigo de sus amigos y tuvo a su familia muy cerca pero también fue un aventurero. 'Ítaca', el poema de Kavafis, que a veces recitaba, era una inspiración permanente.

—Un gigante también de la vida, un vitalista irremediable. ¿Cómo era ser amigo suyo?

—Algo importante, sin duda. Valoraba infinitamente a sus amigos. Le gustaba sentir la compañía de los amigos como una forma del refugio. Esa experiencia viene de una época esencial en su vida: cuando visitaba a sus primos y tíos Llosa en la calle Diego Ferré, donde se sentía a salvo de su padre. Pero también hablaba mucho de sus amigos de la Universidad y, en concreto, de la célula Cahuide del Partido Comunista peruano en la Universidad de San Marcos. Desde el punto de vista literario, fue importante la lectura de 'Los tres mosqueteros'. Ahora bien, no toleraba ninguna forma de la traición a la amistad. Era especialmente duro en esto.

«El infierno social del Perú fue el paraíso para un novelista como él»

—Fíjese, su interés por abrazar la vida, por integrar a personajes diversos y variados, por subrayar la variedad y la intensidad de las relaciones y las luchas de poder, encontró en el Perú un escenario ideal. Era el mejor lugar para un novelista con una vocación local y a la vez universal como la suya. En el suelo peruano coexisten desde hace varios siglos las etnias originarias de Europa, Asia, África y Oceanía, junto con las tribus nativas. La idea que tuvo José María Arguedas del país de «todas las sangres» incluía el universo de los conflictos y las luchas. Era por lo tanto también un lugar perfecto para la vocación de Vargas Llosa. El infierno social del Perú fue el paraíso para un novelista como él.

—Me gustaría terminar hablando de usted: se cumple ahora veinte años de la publicación de 'La hora azul', una de sus grandes novelas y premio Herralde. ¿Qué relación guarda con ella?

—Una relación muy feliz porque tiene que ver con mi vida. En 1984, después de graduarme en la Universidad de Texas, y contra el consejo de todos mis amigos, decidí volver a vivir al Perú. Era el momento de máxima tensión de la guerra de Sendero Luminoso. Yo me sentía muy estimulado porque las guerras son una ocasión extraordinaria para un escritor. Un día supe de la historia de un general de Lima que protegió y acaso se enamoró de una prisionera en el cuartel de Ayacucho durante la guerra de Sendero. Ahí nació mi novela. Me interesó sobre todo la mezcla de violencia y compasión detrás de ese relato. Fui contando la historia desde el punto de vista del hijo que quiere encontrar en esa mujer que estuvo con su padre. Creo que escribir una novela es una aventura donde uno va haciendo viajes de descubrimientos junto con el personaje. Es como salir a buscar un tesoro, que a veces uno encuentra.

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Alonso Cueto: «Vargas Llosa exploró si el heroísmo es una causa perdida en los tiempos que corren»

Alonso Cueto: «Vargas Llosa exploró si el heroísmo es una causa perdida en los tiempos que corren»

Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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