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Ana Covadonga es inspectora en la Comisaría Provincial de Policía de Málaga. Antonio Contreras Escritora Ana Covadonga: «El mal, casi siempre, es más humano de lo que nos gustaría admitir»Esta inspectora de policía de Málaga se adentra en la novela negra con 'Hágase su voluntad', que ha sido reconocida con el Premio Letras del Mediterráneo 2026
Sábado, 25 de abril 2026, 00:41
... Psicóloga e inspectora de policía destinada en la Comisaría Provincial de Málaga, su trayectoria combina vocación temprana —ingresó en la escala básica con 23 años— y una progresión constante que la ha llevado a asumir responsabilidades en distintos destinos, desde Madrid hasta Marbella. Hija de policía, reconoce en su padre su principal referente, marcado por los años del terrorismo en el País Vasco. Hoy, asentada en Málaga junto a su pareja, también inspector, compagina el trabajo en un grupo de investigación con una faceta literaria que nació en los silencios de la maternidad y que terminó de tomar impulso cuando su marido, tras leer sus dos primeros capítulos, la animó a seguir escribiendo.–¿Siente que así puede controlar el final de las historias?
–Exactamente. En la vida real no siempre hay cierre, ni justicia, ni respuestas. En mis novelas puedo permitirme esa pequeña trampa: cerrar heridas, encajar piezas y, sobre todo, darle sentido al caos. Es, quizá, una forma de reconciliarme con lo que veo cada día.
–Deficiencias en el servicio, reconocimiento a las fuerzas policiales, sentimiento de culpa por no dedicar más tiempo a los suyos y el sufrimiento por no poder hacer más, ¿son confesiones entre líneas a los lectores?
–Es inevitable que lo que una vive se filtre en lo que escribe. Hay cosas que frustran y que también merecen ser contadas. Si además sirven para que el lector entienda mejor lo que hay detrás de una placa, entonces bienvenidas sean.
–La protagonista de su trilogía ('La muda', 'Una bala' y 'Dragón'), Julieta Collado, es jefa de Homicidios en Málaga, una treintañera con desparpajo, algo deslenguada y con mal genio a la que encantan las 'locas'. Casada y con una niña, se muestra sobrepasada por una conciliación que anhela. ¿Cuánto de autobiográfico tiene ese retrato que hace de ella y cuánto de la policía que quizá le gustaría ser?
–Julieta está claramente basada en mí, sería absurdo negarlo. Comparte mi forma de mirar el mundo, mis contradicciones y esa sensación constante de no llegar a todo. Pero también es una versión llevada un paso más allá: más valiente, más impulsiva, más temeraria en ocasiones. Digamos que hace sin dudar algunas cosas que yo, en la vida real, me pienso dos veces. Y ahí está parte de su encanto… y de su peligro.
–¿Cuándo la inspectora le dio permiso a la escritora para salir a la luz?
–En mi caso, la inspectora llegó mucho antes que la escritora. Llevo en la policía desde los 23 años, pero empecé a escribir hace apenas tres. Sí es cierto que de niña ya apuntaba maneras —un profesor de literatura me animó mucho—, pero durante años esa parte quedó en pausa. Hasta que un día reapareció. Y entonces entendí que no tenía que elegir entre una y otra: podían convivir… y, de hecho, se enriquecen constantemente.
–Sus primeras obras fueron autoeditadas, ¿le faltó confianza para ponerla en manos de una editorial?
–Más que falta de confianza, fue una mezcla de prudencia y necesidad. Tenía una historia que contar y no quería esperar. La autoedición fue mi forma de abrir la puerta. Luego, con el tiempo, llegaron otras oportunidades… y también más seguridad en lo que hacía.
–¿Qué queda de la escritora novel en su última entrega?
–La ilusión. Y cierto vértigo, que creo que es necesario no perder nunca. Técnicamente he evolucionado, por supuesto: hay más estructura, más conciencia narrativa… pero sigo escribiendo con la misma necesidad de contar una buena historia que obligue al lector a seguir leyendo un capítulo más.
–¿Cuánto condiciona que haya habido en su última novela una editorial detrás?
–Aporta rigor, acompañamiento y una mirada externa muy valiosa. Quizá ahora hay más responsabilidad, pero también más herramientas para hacerlo mejor.
–En 'Hágase su voluntad' vuelve a su Avilés natal, ¿era una deuda pendiente con Asturias?
–Totalmente. Asturias siempre está en mí, aunque viva lejos. Volver a Avilés literariamente era una forma de reconciliarme con mis raíces, de rendir homenaje a ese paisaje emocional que nunca se va.
–¿Es más fácil como psicóloga entender qué pasa por la mente de los asesinos y por qué matan de una determinada manera?
–Entender no es justificar, pero sí ayuda a construir personajes más complejos. La psicología te da herramientas para explorar motivaciones, conflictos internos y para huir de los clichés. El mal, casi siempre, es más humano de lo que nos gustaría admitir.
–¿Por qué ese punto de sadismo y escenas gore tan recurrentes?
–Porque la violencia existe y a veces es brutal. No la utilizo de forma gratuita, sino como parte del relato. Intento que tenga sentido, que incomode cuando debe incomodar.
–¿Cuánto de denuncia social tienen los temas de suicidios, violencia de género, salud mental, feminismo y prostitución que aborda en sus novelas?
–Mucho. No escribo panfletos, pero sí historias que reflejan problemas reales: violencia, salud mental, desigualdad… La novela negra siempre ha sido un espejo de la sociedad. Si además sirve como altavoz, mejor.
–¿Qué pesa más, la placa de inspectora o la pluma de escritora?
–Depende del momento del día. La placa implica responsabilidad, compromiso y una realidad muy tangible. La pluma, en cambio, es libertad. No podría renunciar a ninguna de las dos. Al final, ambas forman parte de quien soy.
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