Hay familias en las que el afecto, si llega, llega a destiempo; y el silencio termina ocupando demasiado espacio. En 'Pajaritos preñados', Andrea Abreu (Icod de los Vinos, Tenerife, 1995), se adentra en una de esas familias para hablar de la ausencia, el dolor ... y las formas de violencia que se heredan casi sin darse cuenta.
Todo ocurre en ese territorio íntimo donde querer a alguien no siempre significa saber cómo hacerlo. Un libro experimental, terroso, insular, denso, con las esquinas llenas de arena volcánica y una humedad que convierte el papel en materia viva. Llegó a mis manos en un agosto de calor inmisericorde, bajo un sol que amasa, y sus quinientas páginas, su ritmo demorado y su respiración ahogada, se me han ido pegando al cuerpo con una lentitud pesada, casi corporal.
Seis años después de su celebrada 'Panza de burro', Abreu regresa a Tenerife para mirar de frente una isla partida entre la vida de los pueblos y la transformación feroz de su litoral sur, entregado al 'boom' turístico. Entre verbenas, cocinas y huertos, parentescos y una tierra donde el pasado aún ocupa su sitio, aparece Cathaysa, con sus recién cumplidos dieciséis años, hija de El Tiznado, de quien se dice que desciende de los guanches. A través de dos voces, Abreu entrelaza varias generaciones y habla también de la ausencia, el dolor, la precariedad y los afectos que se heredan.
En el fondo, plantea una pregunta incómoda: cuánto de lo aprendido puede desandarse, de cuánto de la herencia familiar logramos desprendernos y cuánto, pese a todo, acabamos reproduciendo. No ofrece respuestas; deja abiertas esas heridas, porque también, y sobre todo, de ellas está hecha la novela. Ahí reside su inteligencia.
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Si 'Panza de burro' fue un experimento, 'Pajaritos preñados' parece la prueba definitiva de hasta dónde puede llevar Abreu una literatura que ya no necesita parecerse a ninguna otra, ya es inconfundible. Su lenguaje canario vuelve a ser una de sus grandes fuerzas, pero reducirlo todo a «escribir en canario» sería quedarse en la superficie. Abreu transcribe la oralidad: el ritmo de las conversaciones, las interrupciones, las repeticiones, la textura de una voz que parece escucharse antes de leerse.
Al principio exige cierta adaptación; después, más que comprenderlo, hay que atender a su cadencia. No suaviza la lengua ni la acomoda al lector: la deja crecer con sus asperezas, sus ritmos y sus palabras hasta convertirla en territorio.
En el fondo, plantea una pregunta incómoda: cuánto de lo aprendido puede desandarse
Ahí reside buena parte de su solidez, pero también de su dificultad. Las quinientas páginas escritas de esta manera no mantienen siempre el mismo pulso; hay momentos de enorme potencia y otros en los que el peso de la novela acaba lastrando su avance. La lectura oscila entre la fascinación y el cansancio, como quien atraviesa una isla a pie y pierde por momentos la noción de la distancia. Pero incluso en ese trayecto desigual resulta imposible no reconocer el talento.
Abreu escribe con verdades indomesticables y una valentía feroz. Puede que a 'Pajaritos preñados' le sobren páginas, pero no le sobra ni un 'fisco' de voz. Y esa voz —extraña, indómita, nacida de una geografía propia— es probablemente una de las más singulares de su generación.
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