Vermú de domingo
Antonio Najarro: «La danza española debería tener mayor visibilidad»El bailarín y coreógrafo reclama más reconocimiento: «En otros países los bailarines son tan famosos como los futbolistas aquí»
Regala esta noticia Añádenos en Google El artista Antonio Najarro. (Javier Naval) 20/09/2026 a las 00:03h.Cuando a los seis años Antonio Najarro descubrió su pasión por el baile en la Feria de Málaga, no solo encontró su vocación, sino también ... su forma de estar en el mundo. Creador de su propia compañía y director del Ballet Nacional de España de 2011 a 2019, la visión abierta y creativa de Najarro le ha llevado a trasladar la danza española a la moda, al arte y hasta al deporte, ya que ha coreografiado rutinas de patinaje artístico (varias medallas olímpicas llevan su firma) y natación sincronizada. Al frente de una compañía que intercala giras por Europa y Asia con actuaciones en España, donde actualmente representa 'Les Ballets Espagnols de La Argentina', a los cincuenta cumplidos parece dispuesto a saborear lo logrado: «Estoy aprendiendo a estar tumbado en el sofá sin sentirme culpable».
—Bueno, he estado en Madrid unos días, y como buen madrileño y viviendo en El Rastro, algún vermú ha caído.
—¿Exportamos bien nuestra danza por el mundo?
—Sí. De hecho, es una de las grandes vitrinas culturales de nuestro país en el extranjero. Yo he ido dieciséis veces a Japón como profesional y allí se vuelven locos. Además de un amor enorme por nuestro arte, tienen un gran conocimiento: me atrevería a decir que en muchísimos casos saben más de nuestra danza española que aquí.
—¿Se reconoce más fuera que dentro?
—El problema no es que no se reconozca, el problema es que no se conoce. La danza española debería tener muchísima más visibilidad. No solo programarla en los teatros, sino también aparecer en los medios de comunicación para que a la gente le sonaran los nombres de los coreógrafos, de los bailarines, como ocurre en otros países. En Rusia, los bailarines del Bolshói y del Mariinski son verdaderas estrellas a nivel social, como los futbolistas en España.
—Madrileño de padres malagueños, descubrió su pasión por el baile siendo un chiquillo.
—Yo tenía seis añitos y era un niño muy introvertido, muy tímido. De repente, descubrí la Feria de Málaga con mi familia y vi a gente en la calle tocando instrumentos flamencos vestidos de faralaes. Y esa estética, esa forma de expresarse a través del baile, me cautivó. Ponerme a bailar en la feria era lo que más felicidad me daba, y mis padres me apoyaron desde el primer momento porque se dieron cuenta de que la danza me permitía desinhibirme, mostrar mi sensibilidad.
—No sé si descubrir una vocación tan fuerte a una edad tan temprana es una bendición o una maldición.
—Por una parte es maravilloso, pero por otra es un problema grande porque la danza es como un deporte de élite. Es una carrera muy temprana, muy precoz, en la que tomas decisiones y tienes responsabilidades a una edad que no te corresponde. Yo, con 15 años, ya estaba viajando y trabajando profesionalmente antes de terminar la carrera.
—¿Se perdió muchas cosas?
—Sí. Además, me obligaban a sacar muy buenas notas, así que pasaba la mañana en el conservatorio de danza, la tarde en el instituto y los fines de semana metido en casa para estudiar.
—Tras dirigir el Ballet Nacional de España, dijo que esa experiencia le había consumido la vida.
—Bueno, me consumió la vida porque yo quise que así fuera. Diez años antes, yo ya había estado como bailarín y coreógrafo. Conocía muy bien la estructura y también el déficit que podía tener, por eso mi obsesión era comunicar, aliarme con otras expresiones artísticas para crear sinergias y dar más visibilidad al Ballet Nacional y, en consecuencia, a la danza española. Fueron ocho años frenéticos donde hicimos mil cosas, y eso me consumió muchísimo. Pero estoy muy satisfecho, porque el Ballet Nacional de España empezó a tener una visibilidad nacional e internacional como nunca había tenido.
—Los puristas le dieron más de un palo por esas alianzas artísticas.
—Sí, pero tengo muy claro lo que quiero. Haber viajado muchísimo, tener una mente abierta y ser un gran consumidor de arte me ha dado una óptica que ha sido muy criticada en muchas ocasiones. Por ejemplo, cuando hice el primer desfile con Juan Duyos, con todas las bailarinas del Ballet Nacional y música de Björk, profesionales de mi sector se echaron las manos a la cabeza diciendo: «¿Qué hace el Ballet Nacional en un desfile de moda?». Y yo lo que pensaba era que millones de personas estaban viendo por primera vez unas castañuelas, unas bailarinas en una pasarela bailando danza española contemporánea. Afortunadamente, esa visión más abierta empiezan a tenerla los nuevos coreógrafos y bailarines, y eso es muy positivo.
—Hace unos días, el bailarín Juan Berlanga sufrió agresiones e insultos homófobos mientras representaba su obra 'Juancaballo'. ¿Usted ha sufrido la homofobia?
—La sufrí en el colegio. Aunque no es justificable, estamos hablando de la cabeza de un niño, y los padres tienen que educarlos para que eso no suceda. Pero la homofobia en gente con la cabeza sobre los hombros es algo que no concibo. Tienen un problema muy grande de educación, de visión de la vida. Y la cultura es el motor que más criterio puede introducir en las cabezas de las personas.
—¿Qué le pasó en el colegio?
—Que me insultaban cuando yo me ponía a bailar en una esquinita en el recreo, incluso intentaron pegarme alguna vez. Pero, años después, cuando estrené como director del Ballet Nacional en el Teatro de la Zarzuela, al salir por la puerta de artistas vi a un grupo de chicos con un ramo de flores. Eran los mismos compañeros que me habían insultado y pegado en el colegio, que habían venido al estreno. Me abrazaron, me pidieron perdón y me dijeron que estaban muy orgullosos de verme llegar adonde había llegado. Ahora vienen siempre a ver mis espectáculos.
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