Donald Trump gesticula desde la primera fila del escenario preparado para el REUTERS/Evan Vucci
EEUU Apuestas, retransmisión por TV de pago y criptomoneda: Trump y sus aliados hacen caja con la pelea de UFC en la Casa BlancaMark Zuckerberg o David Ellison son algunos de los magnates que se han beneficiado del espectáculo en sede del Gobierno de EEUU. La propia familia de Trump ha participado.
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Itziar Nodal Denver Publicada 16 junio 2026 02:08h Las clavesLas claves Generado con IA
Donald Trump acababa de anunciar el fin de la guerra con Irán cuando salía del Despacho Oval camino de un octágono instalado en los jardines de la Casa Blanca. La escena habría resultado imposible en cualquier otra presidencia. En la suya ha parecido casi natural.
Bajo una estructura metálica de 30 metros bautizada como The Claw, la residencia oficial se ha convertido esta madrugada en un recinto deportivo para más de 4.000 espectadores. UFC Freedom 250 ha conmemorado el 250 aniversario de Estados Unidos y ha coincidido con el 80 cumpleaños del presidente.
En la jaula había luchadores. Alrededor se veía algo más revelador: el jefe de la UFC Dana White, el periodista conservador Joe Rogan, el FBI, el gabinete, aviones militares... Meta, criptomonedas, apuestas, patrocinadores privados y una Casa Blanca convertida por unas horas en el punto de encuentro de las fuerzas políticas, culturales y empresariales que han acompañado el regreso de Trump al poder.
Ilia Topuria cede su trono en la Casa Blanca: pierde el título de la UFC y el invicto en una terrible batalla ante GaethjeNo ha sido sólo una pelea organizada en Washington. Ha sido Washington convertido en espectáculo.
La cultura que encumbró a Trump
La imagen de Trump y Dana White caminando juntos resumía una relación de más de dos décadas. Cuando las artes marciales mixtas todavía eran vistas como un espectáculo marginal, abrió las puertas de sus casinos a la UFC. White nunca olvidó aquel respaldo y, años después, se convirtió en uno de los aliados más fieles de Trump.
La relación encaja con una trayectoria más larga. Antes de la UFC, Trump ya había hecho de los deportes de combate parte de su negocio y de su imagen pública. Grandes veladas de boxeo en Atlantic City, vínculos con Don King, cameos junto a Vince McMahon y una intuición que ha marcado toda su carrera pública: dinero, cámara, violencia, celebridad y poder mezclados en primera fila.
La diferencia es que aquel espectáculo de nicho se ha convertido en una industria multimillonaria y en uno de los espacios culturales donde el trumpismo se siente más cómodo. Durante la campaña, White ayudó a conectar a Trump con podcasts, creadores de contenido y audiencias digitales decisivas para su regreso a la Casa Blanca.
Rogan, el podcaster más influyente de Estados Unidos y comentarista de la noche, simboliza esa nueva geografía del poder. Hace una década, los presidentes buscaban legitimidad en las grandes cadenas de televisión. Trump la encuentra en otros lugares. Así lo resumió durante la retransmisión: "He visto cosas surrealistas en mi vida, pero esto no parece real".
La UFC encaja además con otra de las obsesiones políticas de Trump: proyectar vigor, dureza y una masculinidad sin disculpas ante un público joven y mayoritariamente varón.
Justin Gaethje, homenajeado en la Casa Blanca. Jacquelyn Martin/Pool via REUTERS
Durante la velada, los luchadores fueron grabados saliendo por estancias de la residencia y calentando descalzos en el Indian Treaty Room del antiguo edificio ejecutivo. Bo Nickal, estrella de la lucha universitaria y viejo conocido de Trump desde una visita a la Casa Blanca en 2019, estrechó la mano del presidente y de Melania tras ganar su combate. Hacía falta, dijo, alguien con "pelotas" para organizar algo así.
Dominick Cruz, Chris Weidman y Michael Bisping —británico y excampeón del peso medio— mezclaron el análisis deportivo con elogios al patriotismo. Bisping dijo que la energía de la semana le había puesto la piel de gallina. Weidman aseguró que nunca había sentido algo semejante como estadounidense. Cruz recordó el vuelo de un águila sobre el recinto y admitió que derramó una lágrima.
La estética acompañaba. Bruce Buffer, la voz histórica de la UFC, apareció con una americana plateada cubierta de estrellas bordadas en oro. Las azafatas del octágono desfilaron con versiones patrióticas de minifaldas y corsés. Las banderas estaban por todas partes: sobre los hombros de los luchadores, impresas en el suelo de la jaula, iluminando The Claw.
El tono también dejó espacio para la crueldad. Uno de los vencedores tomó el micrófono e insultó a Michelle Obama, asegurando que era un hombre, justo frente a la casa en la que la ex primera dama vivió durante ocho años con su familia.
Hasta los anuncios formaban parte de la puesta en escena. Antes del combate principal, el rebautizado Departamento de Guerra estrenó un spot de reclutamiento titulado Peace Through Strength. Celebraba la preparación militar y el espíritu guerrero mientras animaba a los jóvenes a alistarse en las Fuerzas Armadas.
En una retransmisión llena de salidas de luchadores, sobrevuelos militares y liturgia presidencial, no sonaba como una interrupción publicitaria. Sonaba como una continuación del tema de la noche.
La Casa Blanca como negocio privado
El acto ha concentrado buena parte de las críticas por conflicto de intereses. En las primeras filas estaban JD Vance, Stephen Miller, Pete Hegseth, Robert F. Kennedy Jr., Scott Bessent, Howard Lutnick, John Ratcliffe y buena parte del núcleo duro de la Administración. También estaban Melania Trump, vestida de negro, y los hijos y nietos del presidente.
Mark Zuckerberg saluda a Donald Trump. REUTERS/Evan Vucci
Aunque la escena más peculiar la captaban las cámaras. Vance presentando al presidente a Louis Prevost, hermano del Papa León, y a su esposa. Vestía una camisa de manga corta cubierta por una bandera estadounidense y las letras “USA”. Trump ya lo había descrito como “muy MAGA”.
Mark Zuckerberg tampoco se lo ha perdido y no ha acudido únicamente como espectador. Durante el evento, Meta ha anunciado junto a Dana White un programa para donar gafas Ray-Ban Meta con inteligencia artificial a más de 130.000 veteranos estadounidenses con discapacidad visual.
Y justo cuando parecía imposible que las anomalías fuesen a más, ha aparecido el director del FBI. Kash Patel ha protagonizado un vídeo promocional en el que presumía de una colaboración que ha permitido a cientos de agentes federales entrenar junto a luchadores y entrenadores de la UFC.
La imagen resultaba difícil de imaginar en cualquier otra administración: el máximo responsable de la principal agencia federal de investigación promocionando un evento organizado por uno de los aliados políticos más cercanos al presidente.
Sin embargo, el acceso al recinto contaba otra historia a la del anuncio. Trump disponía de 1.400 invitaciones. Dana White, de 300. Ari Emanuel, consejero delegado de la empresa matriz de la UFC, de otras 200. El resto de los alrededor de 4.000 asistentes en la propiedad de la Casa Blanca eran militares.
La paradoja era evidente. Trump llevaba meses presumiendo de llevar la UFC a la llamada “Casa del Pueblo”, pero la mayoría de los estadounidenses solo ha podido verla a través de clips en redes sociales o pagando una suscripción. Las entradas eran casi imposibles de conseguir y algunos paquetes de patrocinio se vendían, según la prensa estadounidense, por hasta 1,5 millones de dólares.
Quienes querían ver la velada completa tenían que hacerlo en Paramount+, plataforma propiedad de David Ellison, aliado de Trump y presente también entre el público.
El coste ha ayudado a explicar la dimensión del espectáculo. La UFC y sus empresas vinculadas han asumido más de 60 millones de dólares, una cifra muy superior a la de una noche habitual. El consejero delegado de TKO Group Holdings, matriz de la UFC, ha defendido que la publicidad compensaba el desembolso. Para los críticos, el dato añadía otra capa al conflicto ético: Trump conserva una pequeña participación en la compañía.
Los muros de la jaula lucían logos de Polymarket, la plataforma de apuestas. Los usuarios no sólo jugaban dinero por los combates, sino por detalles del propio presidente: si Melania aparecería, si habría tarta de cumpleaños o si Trump se quedaría dormido durante alguna pelea.
Vista del ring frente a la Casa Blanca. REUTERS/Evan Vucci
Los vínculos comerciales iban más allá. La UFC ha anunciado que algunos luchadores recibirán bonificaciones por rendimiento en una criptomoneda emitida por World Liberty Financial, la empresa de la familia Trump que se ha convertido en patrocinadora oficial del evento.
Incluso la cobertura periodística ha quedado atrapada en esa confusión de esferas. Según la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, los periodistas acreditados no podían acceder libremente al recinto salvo que la UFC lo autorizara.
La residencia presidencial se había convertido en el escenario de un evento privado. Y la empresa privada decidía quién podía mirar.
Una oposición sin tormenta
Fuera del recinto, la excepcionalidad también se ha notado. La jornada ha estado marcada por tormentas, calor, retrasos, cortes de tráfico y preocupación por los rayos alrededor de una estructura metálica de casi 30 metros. Algunos asistentes denunciaban falta de señalización. Otros descubrían en la puerta que habían comprado entradas falsas.
La protesta también tenía forma de espectáculo. Activistas del grupo Third Act Virginia coreaban en el Ellipse: “¿De quién es esta casa? Nuestra casa. ¿De quién es este jardín? Nuestro jardín”. Al otro lado, los seguidores respondían con gritos de “USA, USA” y “UFC, UFC”.
Los manifestantes levantaron una jaula improvisada con marionetas de Trump y varios miembros de su gabinete. Querían mostrarles “entre rejas”, explicaba uno de ellos: no en la jaula de la UFC, sino en una cárcel.
Los críticos hablan de conflicto de intereses, de uso de espacios públicos para beneficio particular y de una presidencia convertida en marca personal. Una encuesta de Reuters/Ipsos reflejaba esa incomodidad: solo el 16% de los estadounidenses considera apropiado celebrar una velada de UFC en la Casa Blanca, frente al 46% que lo ve inapropiado.
Pero lo más llamativo quizá haya sido la escasa intensidad de la reacción política.
Más allá de las protestas frente a la Casa Blanca y de las organizaciones que intentaron bloquear el evento en los tribunales, la oposición apenas ha conseguido convertir la velada en un gran escándalo nacional. Gavin Newsom ironizaba días antes sobre las prioridades de la Administración. Desde el propio universo trumpista, Marjorie Taylor Greene cuestionó inicialmente el evento, aunque después deseó éxito al presidente.
Esa ausencia de una ofensiva coordinada dice tanto sobre el momento actual como el propio combate. Hace una década, una pelea profesional en los jardines de la Casa Blanca habría desencadenado una tormenta política inmediata. Esta vez, la discusión parecía librarse en otro lugar: no sobre si el evento debía celebrarse, sino sobre quién tenía derecho a apropiarse de él.
La escena tampoco encajaba del todo en la caricatura fácil. Había votantes republicanos, seguidores de Trump y activistas conservadores, pero también jóvenes que habían acudido simplemente porque aman la UFC y querían presenciar algo irrepetible.
Así llegó la trágica derrota de Topuria: un golpe al ojo que le dejó sin ver y que obligó a su hermano a parar la peleaEse matiz importa. Trump ha logrado colocar en el centro de la presidencia una cultura que no pertenece sólo a sus votantes, pero que él ha sabido ocupar políticamente mejor que nadie.
La única escena realmente descontrolada llegó fuera del octágono. Sean Strickland, campeón del peso medio y una de las figuras más controvertidas de la UFC, era escoltado por varios agentes fuera de la zona de visionado del Ellipse e introducido en un vehículo de la Policía de Parques. Iba descalzo y con una chaqueta negra.
Pero eso se olvidará. Lo que se recordará realmente de esta noche será un presidente de 80 años, un octágono frente al Despacho Oval y una Casa Blanca en la que el poder político, el negocio privado y el espectáculo ya no son esferas claramente separadas.
Durante décadas, la residencia presidencial fue el escenario desde donde los presidentes intentaban proyectar solemnidad institucional. Trump ha elegido otro camino. Esta madrugada ha demostrado que el espectáculo ya no rodea al poder. Forma parte de él.