Los incendios en las terminales de crudo se han convertido en un grave problema para el Kremlin por sus perjuicios a la producción de combustible y un desastre medioambiental en ciernes
Regala esta noticia Añádenos en Google Una enorme columna de humo se alza de la refinería atacada a finales de abril en Tuapsé. (Reuters)Miguel Pérez
20/05/2026 a las 12:48h.Ucrania ha encontrado un talón de Aquiles en las refinerías rusas. Los ataques con drones contra estas instalaciones, que a finales de 2024 parecían únicamente ... una respuesta ocasional a los bombardeos de los invasores contra la infrestructura energética ucraniana, se han convertido en una práctica cotidiana, un golpe de martillo constante que mina la economía de Moscú y la confianza de los rusos en el desarrollo de la guerra.
De hecho, el ejército ucraniano consiguió a principios de mayo paralizar la planta de Lukoil en Perm, que sufrió un incendio de dos días después de un ataque de precisión con aviones no tripulados lanzados a 1.500 kilómetros de distancia. Las instalaciones procesaban 13 millones de toneladas de crudo al año, pero una de las razones de su valor clave para Kiev es que se trata de una de las principales abastecedoras de combustible al ejército ruso.
Las Fuerzas de Defensa saben que uno de los puntos débiles de Moscú es su red petrolera, especialmente en este momento, en el que el cierre del estrecho de Ormuz ha disparado los precios y el país se beneficia del aumento de ingresos por las ventas a China o India, dos de sus principales mercados.
Los bombardeos ucranianos han reducido un 43% el tráfico de crudo ruso en el Báltico por las continuas paralizaciones en la producción.
Kiev ha duplicado con holgura sus ataques en un año. Desde enero hasta mayo ha bombardeado al menos 51 instalaciones petroleras frente a las 20 perjudicadas en el mismo periodo de 2025. Y eso sin contar los daños en tanques y oleoductos. Este hecho ha obligado a realizar medio centenar de paradas en la producción, una parálisis que el Kremlin no se puede permitir sin que mermen sus arcas.
Rusia es el tercer productor mundial de crudo tras Estados Unidos y Arabia Saudí. Según la Agencia Internacional de la Energía, su rendimiento cayó en abril en 460.000 barriles diarios y las exportaciones bajaron en 340.000 unidades. En apariencia puede tratarse de una disminución ligera en comparación con su ritmo de producción total, 8,8 millones de barriles diarios con una exportación de 2,2 millones, pero empieza a marcar una tendencia angustiante.
Por una parte, reduce la capacidad de ingresos del Gobierno en un momento en el que las circunstancias internacionales le son favorables. Aparte de la subida general de precios, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos ha levantado este martes las sanciones contra el crudo ruso por otros treinta días para paliar la escasez de suministro global debido al cierre de Ormuz, con el fin de que «las naciones más vulnerables» tengan acceso a esta fuente energética, según el titular de la Secretaría, Scott Bessent.
Por otro lado, Ucrania está demostrando una sustancial mejora de sus ataques de precisión. Los drones son cada vez más sofisticados y llegan con apenas margen de error hasta instalaciones muy lejanas en el país vecino, lo que empieza a suponer un ciclo de destrucción constante en el negocio del petróleo ruso, cuyo impacto aumentará a medida que la guerra se prolongue.
La moral ciudadana
Y luego no hay que desdeñar la quiebra de la moral ciudadana. Los incendios en las refinerías y los problemas de suministro de gasolinas y diésel en algunas regiones colocan la invasión de Ucrania ante el propio rostro de los rusos. De hecho, las autoridades han prodigado los cortes de internet y luchan contra la difusión de vídeos que recogen los impactos de los drones contra las terminales de crudo, o las llamaradas que surgen de las refinerías y los depósitos atacados. Muchas de estas grabaciones las hacen los vecinos, testigos de las ofensivas, y se convierten en virales en cuestión de minutos.
Los medios independientes alojados fuera del país citan el bombardeo sobre la enorme refinería de Tuapse a finales de abril como un auténtico punto de inflexión en la mentalidad de los ciudadanos. Los drones desataron un incendio que se alargó varios días. Fueron necesarios 600 bomberos para sofocarlo. Se produjo una catástrofe ecológica inédita: «Llovió petróleo», los vecinos tuvieron que encerrarse en sus casas para evitar los tóxicos de una nube negra visible incluso desde el espacio y los servicios de emergencia se vieron obligados a afrontar un vertido al mar de toneladas de petróleo.
Los equipos profesionales y cientos de voluntarios continúan hoy retirando tierras contaminadas. Ríos y estanques están cubiertos de una densa capa de petróleo. La marea negra afecta a 64 kilómetros de una costa conocida por su atractivo turístico que todavía se reponía de un vertido registrado en 2024. Muchos negocios han cerrado.
La contaminación ambiental avanza a medida que los bombardeos llegan a las fábricas. Ya no es solo en la lejanía. Las acciones contra refinerías como las de Riazán han llevado las toxinas y el olor acre de los incendios a las inmediaciones de Moscú. A 190 kilómetros al sur de la metrópoli, las autoridades declararon el pasado 15 de mayo la emergencia en esta ciudad por un ataque que obligó a parar las instalaciones. Las llamas iluminaron espectacularmente el horizonte. De nuevo, los vecinos hablaron de una «lluvia negra» que inundó de grasa los coches y las fachadas de las casas.
Las nubes tóxicas ya no son sólo un concepto. En las ciudades situadas en los entornos de los yacimientos y las terminales de crudo, a la población se la pone al día sobre los elementos nocivos que contiene el humo de los incendios y cómo protegerse. Las reservas de mascarillas se agotan. De igual manera que los ucranianos sellaban con cinta adhesiva las ventanas de sus casas en invierno para tratar de frenar el frío ante la ausencia de calefacción, los rusos hacen lo propio ahora para luchar contra la polución ambiental.
Los satétiles meteorológicos y de observación registran habitualmente la huella de los ataques por el humo. El sistema NASA FIRMS, que se utiliza para detectar señales térmicas en la superficie terrestre y que tiene uno de sus focos de atención en Siberia debido a los frecuentes incendios forestales, también es otro agente fiable. Entre el 24 y el 27 de marzo, recogió al detalle la huella de calor de las llamas que afectaron a una refinería de Primorsk y calcinaron varios tanques de almacenamiento en Ust-Luga y Kirishi
Otros satélites de la Agencia Espacial de EE UU registraron las columnas de humo del complejo de Tuapsé, que se extendieron a 300 kilómetros de distancia. El incendio en la planta de Perm, por su parte, dejó una estela de 120 kilómetros, según pudo capturar el satélite Sentinel-2 de la Agencia Espacial Europea.
«Años» para recuperarse
Significativamente, el malestar por estos hechos se extiende a algunos blogueros afines al Kremlin, que han acusado a éste de intentar disimular la magnitud del desastre medioambiental en todo el país. Desde los medios críticos de fuera de Rusia, otros expertos aseguran que las consecuencias solo se conocerán después de la guerra y que la nación «tardará años» en recuperarse de la contaminación.
«Las proporciones de la polución son incalculables por la propia inercia de la guerra y el ocultismo institucional», explica un canal radicado en el extranjero. Su percepción coincide con la opinión de otros especialistas medioambientales sobre las masas de humo que se desplazan sobre el país y las toxinas presumiblemente depositadas en los ríos y acuíferos.
El apoyo de la población a la 'operación especial' contra Ucrania todavía es mayoritario, según las encuestas, aunque un sondeo elaborado en febrero apuntaba cómo el 34% de los ciudadanos se mostraba a favor de buscar una salida hacia la paz frente a un 27% que únicamente veía como solución continuar y escalar la guerra hasta una victoria definitiva sobre Ucrania. Otro cambio singular detectado por los analistas es que ya menos de un 10% de los encuestados responde a todas las preguntas que se les hacen sobre la guerra.
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