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Arqueólogos dan con una fosa común vikinga con un 'gigante' que fue sometido a cirugía cerebral hace 1.200 años

Arqueólogos dan con una fosa común vikinga con un 'gigante' que fue sometido a cirugía cerebral hace 1.200 años
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Los científicos consideran que los ocupantes del enterramiento podrían ser personas ajusticiadas más que caídos en una batalla. Más información: El misterioso cráneo cuadrado con 1.400 años de antigüedad que ha aparecido en México: "Podría ser un chamán"

Excavación de estudiantes y profesores. Universidad de Cambridge

Ciencia Arqueólogos dan con una fosa común vikinga con un 'gigante' que fue sometido a cirugía cerebral hace 1.200 años

Los científicos consideran que los ocupantes del enterramiento podrían ser personas ajusticiadas más que caídos en una batalla.

Más información:El misterioso cráneo cuadrado con 1.400 años de antigüedad que ha aparecido en México: "Podría ser un chamán"

Publicada 15 febrero 2026 01:50h

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Arqueólogos hallan una fosa común vikinga de 1.200 años cerca de Cambridge, con esqueletos completos y restos humanos desmembrados.

Las evidencias sugieren ejecuciones o castigos controlados, más que muertes en combate, incluyendo decapitaciones y restos posiblemente exhibidos antes de ser enterrados.

Entre los restos destaca un hombre de casi dos metros con señales de trepanación craneal, posiblemente debido a gigantismo hipofisario.

El hallazgo ofrece pistas sobre la violencia punitiva y las prácticas sociales en la Inglaterra altomedieval, en una región de tensiones entre anglosajones y vikingos.

En un parque arbolado a las afueras de Cambridge, donde lo normal es que una excavación formativa termine con cerámicas dispersas o zanjas de manual —con suerte—, un equipo de arqueólogos y estudiantes se topó con una escena mucho más incómoda: una fosa estrecha, de unos cuatro metros de largo, que no contenía un enterramiento, sino un rompecabezas humano.

Dieron con cuatro esqueletos completos, sí, pero lo más extraño llegó con un racimo de cráneos sin cuerpo, huesos de piernas apilados y restos desarticulados que parecían haber llegado allí en distintos estados de integridad. La propia Universidad de Cambridge lo describió como un hallazgo raro por esa mezcla: cuerpos enteros junto a partes separadas que no encajan con un entierro convencional.

La excavación se realizó en Wandlebury Country Park, Reino Unido, cerca de un antiguo recinto fortificado de la Edad del Hierro. El dato es importante porque la topografía histórica suele atraer usos posteriores: espacios de reunión, lugares con prestigio simbólico o escenarios de castigo público. Según los arqueólogos de la unidad de arqueología de Cambridge, la fosa estaba justo fuera del viejo asentamiento —un tipo de asentamiento de la Edad de Bronce—, y la lectura preliminar no habla de un combate caótico o espontáneo, sino de violencia ejercida con control.

Algunas posiciones de los cuerpos sugieren que pudieron estar atados; además, la ausencia de heridas típicas de una batalla medieval —cortes defensivos, golpes de hoja en cráneo o costillas, fracturas asociadas a armas— empuja a pensar en ejecuciones, castigos corporales o muertes bajo custodia más que en una refriega como tal.

El detalle más desconcertante es el escenario donde están los restos. No es solo que haya decapitaciones o miembros separados (eso, por desgracia, aparece en otros contextos de violencia histórica), sino que convivan con esqueletos completos depositados en el mismo hoyo. El equipo plantea una hipótesis tan macabra como verosímil: que algunas cabezas y extremidades hubieran sido exhibidas antes —como trofeos o advertencia— y que, cuando la descomposición avanzó, esas piezas terminaran recogidas y arrojadas a la fosa junto a otras víctimas. Si la exposición fue real, el tiempo habría hecho el resto: articulaciones que ceden, tejidos que desaparecen y huesos que se desprenden literalmente al moverlos.

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Para ubicar la historia en su mapa político, los arqueólogos tiran de calendario: el radiocarbono de uno de los individuos apunta a una horquilla entre 772 y 891, pleno siglo IX. Esa fecha coloca el hallazgo en una zona de fricción en la Inglaterra altomedieval: el territorio que hoy es Cambridgeshire se describe como frontera cambiante entre reinos anglosajones —como Mercia y Anglia Oriental— y la presión de grupos vikingos que, con el tiempo, acabarían dejando huella en el este y el norte de Inglaterra. La Universidad habla de una zona fronteriza y de décadas de guerras y disputas por el territorio, sin asegurar aún si los muertos eran locales, cautivos o recién llegados.

El equipo planea análisis de ADN antiguo y química ósea para reconstruir procedencias, parentescos y dieta. En yacimientos de este tipo, los isótopos (estroncio y oxígeno, entre otros) pueden sugerir si alguien creció en la zona o si pasó su infancia en otra región geológica; el ADN puede indicar afinidades biológicas y, a veces, conexiones con poblaciones escandinavas o británicas. También se puede leer la salud: marcas de estrés, infecciones, carencias nutricionales o lesiones antiguas que ayuden a entender quiénes eran esos jóvenes y por qué acabaron así.

Un gigante de casi dos metros

Hay otro detalle llamativo en el yacimiento: entre los diez individuos habría un hombre gigante para su época, de unos 1,95 metros, muerto entre los 17 y los 24 años. Ese cuerpo apareció boca abajo y con un agujero ovalado de unos tres centímetros en el cráneo, compatible con trepanación, una forma antigua de cirugía craneal que abre una ventana en el hueso para aliviar presión o tratar problemas. La osteóloga del equipo sugirió una posibilidad médica concreta: que sufriera gigantismo hipofisario por un tumor en la hipófisis que disparase la producción de hormona de crecimiento.

Hoy se sabe que el exceso de hormona de crecimiento en edades de crecimiento puede provocar estaturas extremas; en la práctica clínica, la gran mayoría de casos de acromegalia —la versión adulta del trastorno— se asocia a adenomas hipofisarios secretores de GH, y en jóvenes el fenómeno se encuadra como gigantismo si ocurre antes del cierre de las placas de crecimiento.

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La medicina moderna ofrece un espejo útil para entender por qué alguien, hace más de mil años, habría intentado perforar un cráneo. El gigantismo hipofisario puede acompañarse de cefaleas y síntomas por presión intracraneal cuando hay una masa tumoral; además, el exceso hormonal tensiona el sistema cardiovascular y el esqueleto, algo que complica la vida cotidiana incluso hoy.

Revisiones médicas sobre gigantismo describen ese marco: crecimiento acelerado, alteraciones endocrinas y tumores hipofisarios como causa frecuente, con diagnósticos actuales basados en GH/IGF-1 e imagen. En el siglo IX no había resonancias magnéticas, claro, pero sí experiencia empírica: si un joven crece demasiado, sufre dolor de cabeza y empeora, alguien puede decidir que abrir el hueso —como se hacía por traumatismos u otras dolencias— es una opción desesperada.

Parece una cirugía imposible en un mundo sin anestesia ni antibióticos. Sin embargo, la trepanación no es una rareza aislada: aparece en numerosos contextos arqueológicos y, en bastantes cráneos, el borde del orificio muestra señales de cicatrización, lo que implica que el paciente sobrevivió un tiempo tras el procedimiento. Ensayos y revisiones históricas citan rangos de supervivencia sorprendentemente altos en ciertas series osteoarqueológicas (aunque dependen de cómo se mida supervivencia y del sesgo de lo que llega hasta nosotros).

Un estudio sobre trepanaciones de la Edad del Hierro en Suiza, por ejemplo, estimó tasas elevadas de supervivencia en su muestra; y trabajos divulgativos con base histórica señalan que muchas perforaciones muestran remodelación ósea clara. Dicho de otra manera: no era magia, era técnica acumulada, higiene variable y, a veces, suerte.

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Que ese gigante termine en una fosa con decapitados y huesos amontonados añade una última incógnita, una pregunta incómoda para los arqueólogos: ¿estamos ante víctimas homogéneas —un grupo castigado de una sola vez— o ante una suma de episodios que acabaron confluyendo en el mismo hoyo?

Hallazgos de violencia punitiva en la Inglaterra altomedieval muestran que el castigo podía dejar marcas extremas en el cuerpo y en la memoria pública: mutilaciones, exhibiciones y entierros sin ceremonia. Hay literatura académica que analiza cómo ciertas lesiones deliberadas funcionaban como "mensaje" social, más que como daño colateral. En Wandlebury, la mezcla de restos podría estar contando justo eso: no solo muerte, sino escarmiento.

La fosa de Wandlebury funciona como recordatorio de algo que los libros suelen suavizar: la frontera del siglo IX no era una línea en un mapa, sino un paisaje donde la política podía acabar en una zanja y donde, incluso en medio del terror, alguien intentó operar un cráneo para aliviar el dolor de un joven.

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