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Cada vez toman decisiones más informadas y buscan un mayor retorno social.
¿Qué habría sido de Diego Velázquez si Felipe IV no lo hubiera nombrado pintor de cámara? ¿Y de Botticelli, Leonardo da Vinci y Miguel Ángel sin el apoyo de Lorenzo de Medici? ¿Y si Gertrude Stein no le hubiera abierto las puertas de su casa de París a Pablo Picasso? Todos ellos tenían capacidades para convertirse en algunos de los mejores artistas de su tiempo, pero es muy probable que, sin el apoyo de un mecenas, no hubieran pasado a la historia.
"La mayor parte de las obras de arte realizadas hasta el siglo XIX e incluso después se llevaron a cabo gracias a los encargos de mecenas que en muchas ocasiones no solo las pagaron, sino que se implicaron en su concepción, decidiendo los temas o incluso haciendo sugerencias estéticas. La historia del arte no se puede entender sin tener en cuenta la relación de los artistas con sus mecenas", asegura Alberto Pancorbo, director de Actividades de la Fundación Amigos del Museo del Prado, institución que formó parte la semana pasada en Madrid de la segunda edición del programa de formación Retos y desafíos del Patrocinio Cultural: claves para construir un modelo propio, que organizó junto al Museo Universidad de Navarra, en colaboración con IESE Business School.
En dicho evento, participó Valentina Montalto, profesora de Economía de la Cultura en Kedge Arts School y Kedge Business School de París, que cifra en un 3,4% la aportación del sector cultural al PIB mundial. Por eso, defiende la importancia de los mecenas -públicos y privados- también en el siglo XXI, aunque advierte de algunos riesgos. "Los indicadores económicos han permitido que la cultura y la creatividad adquieran legitimidad económica, pero también se puede caer en el reduccionismo. La importancia económica de la cultura no depende únicamente de su tamaño, sino de su posición dentro de la estructura productiva y de los sistemas socioeconómicos contemporáneos".
Montalto pone un ejemplo: "A diferencia de un sándwich o un helado, el consumo de cultura no reduce la disponibilidad del bien para futuros usuarios. Cuanto más se pone la cultura a disposición de todos, mayor es la posibilidad de disfrutarla y apropiarse de su valor. Esta característica implica que una gran parte de los bienes culturales no se pueden monetizar plenamente, por eso la provisión óptima de cultura no puede lograrse dejándola en manos del mercado. Un sistema así correría el riesgo de sostener exclusivamente los bienes culturales monetizables, cuyo espectro reflejaría solo una pequeña parte de lo que las comunidades reconocen como cultura".
Pero, ¿cómo es el mecenas del siglo XXI? "Ya no puede permitirse concebir el patrocinio cultural como un complemento reputacional, un logotipo en un cartel o un nombre en una pared. La evidencia disponible exige algo más ambicioso y más concreto", explica Montalto, que cree que los mecenas de hoy deben hacerse tres preguntas antes de patrocinar una obra o a un artista. "¿Contribuye a una economía que se vuelve cada vez más creativa? ¿Llega a personas que genuinamente necesitan lo que el compromiso con las artes puede ofrecer y no sólo a quienes ya consumen cultura? ¿Ayuda a reconstruir el sentido de orgullo y pertenencia en la comunidad?". Si un mecenas responde afirmativamente, implica que éste está "invirtiendo no sólo en arte, sino en la salud de la sociedad, en la competitividad de la economía y en la cohesión social".
Stacy Kangisser, encargada de captar fondos en National Trust, una de las organizaciones benéficas más reconocidas de Reino Unido fundada en 1895, destaca la importancia de la financiación, aunque hay pocas fórmulas mágicas. "La clave de la recaudación de fondos sigue siendo algo casi tan tradicional como las buenas relaciones humanas", afirma Kangisser, que sí destaca un cambio en el perfil del donante. "Ya no hay muchos filántropos que únicamente quieran donar a una causa porque es lo correcto. Estamos empezando a ver a gente más activa, personas informadas, que tienen datos y toman decisiones con conocimiento de causa. Quieren saber el impacto que está generando su aportación; ya no buscan únicamente sentirse bien al donar su dinero", señala Kangisser, que trabaja en una institución que es la mayor propietaria de tierras de Reino Unido. Lo es gracias a que recibe muchas herencias, pero también a que su misión es promover la preservación de zonas de interés histórico o natural y compra para ello casas, palacios y fincas con el dinero que reciben de sus más de 5,5 millones de donantes.
Montalto lamenta que aún hay muchos mecenas que "siguen eligiendo con demasiada frecuencia en función del prestigio y la visibilidad, un nombre famoso, un espacio icónico, una marca cultural segura y reconocible. Mientras ésta siga siendo la lógica dominante, el patrocinio cultural continuará reproduciendo las mismas desigualdades que podría contribuir a reducir, favoreciendo sistemáticamente a lo ya visible, a lo ya prestigioso, a lo ya alcanzado. El criterio más importante para un mecenas del siglo XXI no es la calidad artística, necesaria, pero no suficiente, ni la afinidad reputacional; es el alcance. ¿Quién se beneficia? ¿Quién no? ¿Y por qué?".
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