Una estudiante de Bachillerato de Málaga es seleccionada por la Agencia Espacial Española para un programa educativo, donde experimentará la ingravidez
Regala esta noticia Lucía Torres, en la base aérea de San Javier, donde ha asistido este pasado martes a unas jornadas técnicas y formativas. (SUR) 06/05/2026 a las 23:55h.Lucía Torres tiene 17 años, estudia segundo de Bachillerato tecnológico en el colegio Novaschool Añoreta, en Málaga, y de viaje en tren a Madrid atiende ... a SUR con una sonrisa que, según ella misma reconoce, no se le borra. Es mucho más que un viaje. Al otro lado del teléfono, transmite una mezcla de emoción y asombro difícil de disimular. «Estoy cumpliendo un sueño y aún no he empezado la carrera», resumía este pasado lunes, consciente de que estaba a punto de vivir una experiencia que, hasta hace muy poco, solo formaba parte de su imaginación.
Su historia con el espacio no comienza ahora. Se remonta a la infancia, a escenas que aún conserva con nitidez. «Recuerdo noches de verano en Málaga, en la playa, viendo las perseidas con mi familia. No había contaminación lumínica y se veía prácticamente la Vía Láctea entera. Me sentía tan pequeñita, pero tan grande a la vez en este universo. Y dije: 'Sé que este es mi camino, sé que quiero ayudar a entender esto'», explica. Tenía entonces siete u ocho años.
Inquietud compartida
A partir de ese momento, la curiosidad se transformó en hábito. «Fui a la biblioteca del Rincón de la Victoria y cogí el primer libro de astronomía que encontré. Era sencillo, con dibujos, pero me fascinaba. Quería más y más», recuerda. Aquella inquietud la compartió con su amiga Irina con la que intercambiaba libros, vídeos y descubrimientos. «Poco a poco fuimos construyendo esa pasión juntas», añade.
Con el tiempo llegaron nuevos estímulos: su primer telescopio, las lecturas de divulgadores científicos y el seguimiento de misiones espaciales. «He crecido leyendo a Stephen Hawking, a Carl Sagan…», comenta, aludiendo a referentes que han marcado su forma de entender el universo. También participó en actividades, como encuentros con profesionales o visitas a museos, y fue consolidando una vocación que ha guiado incluso sus trabajos escolares. «Siempre intentaba enfocarlos al espacio. Si nos pedían crear un producto innovador, yo diseñaba unas gafas para identificar constelaciones con inteligencia artificial», explica.
Ese interés constante se ha reflejado también en su rendimiento académico. Lucía obtuvo un 9,7 de media en primero de Bachillerato, un expediente que ha sido determinante en el proceso de selección. La convocatoria llegó, además, de manera inesperada. «Mi amiga me envió la información y me dijo: 'Lucía, tienes que presentarte, es tu oportunidad'. Lo leí y me enamoré del programa», relata.
La candidatura incluía varias fases. Entre ellas, la grabación de un vídeo de 45 segundos en el que debía explicar por qué quería ser embajadora del espacio. «Intenté reflejar la nostalgia que siento cuando vuelvo a esa astronomía de cuando era pequeña. Para mí ha sido casi un hogar», señala. A ese material se sumaban las calificaciones académicas y una evaluación progresiva que fue reduciendo el número de aspirantes.
La noticia de su selección llegó en un momento muy distinto al actual, pero igual de intenso. «Fue la mañana del Martes Santo. Estaba en el sofá descansando después de las procesiones y mi padre me llamó para decírmelo. No me lo creía», recuerda. Días después tuvo que desplazarse al Centro de Instrucción de Medicina Aeroespacial (CIMA), en Torrejón, para someterse a pruebas físicas y psicológicas. «Nos hicieron electrocardiogramas, nos midieron la tensión y tuvimos entrevistas bastante exhaustivas sobre miedos, antecedentes o cómo reaccionaríamos en determinadas situaciones», explica.
Superado ese paso y tras llegar a Madrid, los participantes se desplazaron a la base aérea de San Javier, en Murcia, donde este pasado martes conocieron las instalaciones de la Academia General del Aire y del Espacio y recibieron formación técnica. Al día siguiente, fue cuando experimentaron el vuelo parabólico. «Es como una caída libre controlada», describe. Durante aproximadamente una hora experimentaron la ingravidez en distintas maniobras.
«Me gusta construir, desmontar cosas. Siento que la mecánica es mi lugar»
Lucía vivió el momento con entusiasmo. La experiencia, sin embargo, fue más allá del propio vuelo. Destaca especialmente el ambiente generado entre los seleccionados. «He hecho amistades que sé que me van a durar toda la vida. Incluso, ante de iniciar el programa como tal», comenta. También valora el acompañamiento de los profesionales implicados. «Son como mentores, nos guían y nos mantienen conectados con el sector», añade.
Su objetivo a medio plazo es claro. Quiere estudiar Ingeniería Mecánica en Málaga y, posteriormente, especializarse en el ámbito aeroespacial. «Me gusta construir, desmontar cosas. Siento que la mecánica es mi lugar», afirma. Una decisión que le permitirá mantenerse cerca de su entorno mientras sigue avanzando hacia su meta.
Mientras tanto, compagina esta vocación con su vida cotidiana y sus tradiciones. Cada Lunes Santo sale como penitente en la cofradía de Estudiantes, una costumbre familiar que mantiene desde pequeña. Este año, reconoce, la vivió sin saber aún que pocos días después recibiría una de las noticias más importantes de su vida.
Ahora, inmersa en una experiencia única, Lucía resume su estado. «Solo con tener esta oportunidad ya me siento satisfecha», dice. Una emoción que nace de aquella niña que miraba al cielo en silencio y que hoy, paso a paso, empieza a acercarse a él.
comentarios Reportar un error