El cantante puertorriqueño inicia en el Estadi olímpic de Barcelona ante 59000 eufóricas personas su 'residencia' española.
Más información:Bad Bunny, el reguetonero que convirtió el perreo en protesta: así es la conquista mundial del nuevo rey del pop.
Kiko Amat Barcelona Publicada 23 mayo 2026 03:04hHa sido una mala semana para el rock blanco. Primero Pantomima Full sacaron su vídeo Banda indie, donde satirizaban de forma inmisericorde a los grupos de indie “sensible” español (“Duele Pari-i-i-i-i-ís”), y a los pocos días, en una escala -de acuerdo- distinta, Bad Bunny empieza su serie de conciertos españoles en el Estadi Olímpic de Barcelona. El lector quizás no vea a primera vista qué relación hay entre ambos fenómenos, pero en esto debe tomar mi palabra: están relacionados.
El ambiente en el estadio, dos horas antes de que aparezca la estrella de la noche, está compuesto por tres elementos patentes: a) aire de revuelta juvenil, b) completa ausencia de rock blanco, apolítico, anglosajón, c) homenaje a los palos tradicionales de la música latina (el sound system no deja de lanzar boleros, salsas y sones). Benito Antonio Martínez Ocasio, 32 años, portorriqueño, hijo de camioneros y exreponedor en un supermercado, ha devuelto la política al pop, y lo ha hecho de forma natural, desde la base y el corazón, en el extremo opuesto del We are the world, U2 y Bob Geldof, protagonistas de nuestras peores pesadillas 80’s. Reguetón de lucha, resistencia boricua y orgullo latino. They are really the world. Uno tiene la impresión de haber salido a beber, no con los muchachos, como dice mi canción favorita del músico, sino con el planeta entero (exceptuando unos cuantos millonarios, fachas y fans de Guns’n’Roses).
En la fiesta del Conejo Cabrón, en efecto, todo el mundo está invitado, pero en el acceso viene implícito que, para estar aquí, tienes que ser entusiasta, no-solemne, joven (la media de edad empieza en los 20 años, y el percentil va bajando década a década; casi no hay boomers) y, de manera casi tácita, sentir una cierta simpatía por la liberación nacional de Puerto Rico, y por consiguiente un parejo recelo hacia la globalización, el capitalismo y los manejos estadounidenses. Hay muchas casi-teens con camperas y pareos, pero también pavas (el sombrero típico portorriqueño) y camisetas de Puerto Rico.
Bad Bunny, durante un momento de su concierto en Barcelona. Efe
Chuwi, la banda de merengue, salsa y son que abre el concierto despierta una de las primeras ovaciones al declarar, como introducción a su canción Tierra, que “es un derecho humano vivir una vida en el sitio en que naciste”. Esto es política sin panfleto ni chapa, comunicada de la manera que menos bola hace: con baile.
Cuando, en el hiato entre shows, los altavoces pinchan el Dile de Don Omar, estalla entre el público una ovación que se siente himno nacional. A los pocos segundos nace un lo-lo-ro-lo espontáneo y general, gozoso y no-hooliganesco, nada viril (en el estadio, por cierto, la división de géneros es de 60% chicas por 40% hombres; no tengo estadísticas para backear esto). Bad Bunny está a punto de salir: se intuye por el uuuuuuuh multivocal, el chillido excitado, que nace de todas las bocas. Es pura Beatlemanía, pero aquí el mensaje no es I want to hold your hand, precisamente (para la audiencia presente, esa mano sólo tendría utilidad si se dirigiese a otro emplazamiento). En las pantallas ponen un vídeo que está a punto de cruzar la aduana del cringe, hasta que los dos actores se ponen a cantar “La mudanza (“Guiando camione' como el pai y el abuelo…”) y el público se une al tema, y uno no puede evitar preguntarse (emocionado) cuándo fue la última vez que escuchó un cántico proleta cantado así, por tanta peña a la vez.
Sale Bad Bunny, en traje cruzado, corbata y mocasines, fronteando una orquesta de salsa, los Pleneros de la Cresta, y se mantiene en silencio durante una larga ovación (“Beni-i-i-i-to, Beni-i-i-i-ito”). Se llama showmanship y oficio; el mismo que tenían James Brown o los artistas de Fania. El cantante empieza ahí la primera de las tres partes: la arraigada, salsera, con metales y percusiones y espíritu de viejas big bands latinas. Callaíta, mítico reguetonazo, desata la locura del público, incluso en versión salsera: “si hay alcohol hay sexo”, claro que sí. Weltita cuenta con la colaboración de la Chuwi, y las cámaras que regalaban en la puerta, y todo el mundo lleva colgadas al cuello, se activan al unísono. Bad Bunny se permite baladorros y boleros, sin temer perder a un público entregado, y va a por Baile inolvidable, la canción que todo Cristo le dijo que era insensato hacer, con la conciencia triunfante del que se ha salido con la suya. Por las razones justas, además.
Bad Bunny alimenta el efecto ‘gig-tripping’ en España: hoteles y trenes se llenan de fans en Madrid y BarcelonaUn interludio populista con el sapo Concho, otro icono nacional, estructurado a base de preguntas sobre Barcelona, confirma que la audiencia está a favor de los calçots y el Barça y en contra de lo que sea que el ayuntamiento está haciendo con las Ramblas (la pregunta sobre si merece la pena visitarlas es respondida con un ensordecedor NO). “¡Visca el Barça i visca Catalunya y todo el mundo a perrear!”. Si Rafel Casanova hubiese gozado de este lema en 1714 otro proverbial gallo nos hubiese cantado.
Cambio de escenario a la ya mítica Casita, en el otro lado del campo. Es el segmento pop-perreador, que el público celebra enfáticamente. La salsa ha sido disfrutada, sin duda, pero el reguetón crea el delirio. El Bunny lleva ahora chaqueta de chándal Adidas, bermudas blancas, gorra y gafas de sol. Suenan Titi me preguntó (“Ya quisiera enamorarme / pero no puedo”), Neverita, la espectacular Y si veo a tu mamá (que siempre me ha recordado a Frankie Valli y el doo-wop neoyorquino). Al terminar la triada, un besamanos litúrgico del cantante, silencioso, casi místico, con el estadio silente y el Conejo en modo Papal, hace sospechar que este podría ser un excelente líder religioso (o, mucho mejor, de ejército liberador).
Siguen Me porto bonito (“pa que to’l mundo vea lo rica que tu está”), Yo perreo sola, con la colaboración danzante de Bad Gyal -que luego canta un hit propio, Da Me- y otra favorita personal (y de la mayor parte del globo), Safaera (“Hoy se bebe / Hoy se gasta / Hoy se fuma / Como un rasta”, que también incluye la celebrable frase “Si tu novio no te mama el culo…”). Al término de la última, la pantalla anuncia que la canción exclusiva para Barcelona será (cuenta atrás) La Santa. La Casita se llena de músicos para interpretar Café con ron (“¡Esta noche todos somos portorriqueños!”, anuncia BB).
Así es la colección de Bad Bunny x Zara: la gorra viral, llamativos bañadores y una sobrecamisa por 169 eurosPara el último tercio del show, Benito recupera el gorro ruso de orejeras y el escenario principal, y se suceden La canción, Slowfriens, Moscow mule, Dakiti y otra favorita personal, Yonaguni, fuera de setlist. El apagón oscurece el estadio, en homenaje a los problemas eléctricos de Puerto Rico, y ponen punto final al show DtmF y EeO, mientras la palabra perreo pulsa en la gran pantalla. El rock ha muerto, larga vida a Bad Bunny.