¿Y si Ábalos no viene del pasado, sino del futuro? Pocas cosas convendrían tanto al Gobierno como que la opinión pública viese los escándalos y las causas vinculadas al exministro como el eco de un tiempo anterior. Una etapa desagradable y dolorosa, sí, pero que a efectos prácticos concluyó con su cese en 2021. Algo parecido a lo que significa la Kitchen para el PP, obviando el pequeño detalle de que quien nombró a Fernández Díaz fue desalojado del poder hace ocho años, mientras que quien nombró a Ábalos sigue en la Moncloa. Lo deseable, en cualquier caso, sería que los votantes asociaran las noticias sobre el antiguo secretario de Organización del PSOE con una fase del proyecto sanchista que ya ha sido superada. Una fase inferior a la actual, cuando los adversarios del presidente no eran Trump y los tecnooligarcas, sino Susana Díaz y Mariano Rajoy. Por suerte ahora los objetivos son más grandes. ¿Cómo iba nadie a dar la espalda al faro del progresismo global por su falta de ojo para elegir colaboradores hace mucho tiempo, en una España muy, muy lejana?
No necesitábamos el juicio del caso mascarillas para saber que esto era imposible, que no habría manera de encerrar a Ábalos en el pasado. Para empezar, porque la figura de Cerdán prolonga y aumenta todas las preguntas incómodas que plantea este caso: qué corruptelas se desarrollaron bajo la fachada del Gobierno de la ejemplaridad, qué responsabilidad política tiene quien nombró a estos personajes, etc. Sin embargo, sigue sorprendiendo hasta qué punto el juicio en el Supremo no ha aludido únicamente una etapa anterior, sino que también apunta hacia el futuro. En concreto, a las investigaciones sobre el dinero en efectivo que habría estado circulando en Ferraz, y a lo que pueda suponer la causa que permanece bajo secreto en la Audiencia Nacional. Incluso si solo fuera por eso -es decir: incluso si nos olvidáramos de los otros escándalos que salpican al Gobierno, desde los que implican a la mujer y el hermano del presidente hasta el de la fontanera Leire Díez- ya daría la impresión de que el porvenir político de Sánchez es una carrera de relevos en forma de titulares dañinos; el tipo de horizonte que ningún presidente querría afrontar.
A esto hay que añadir la incapacidad de Moncloa para superar el desgaste que ha supuesto la corrupción. Este no es el único motivo por el que una mayoría de ciudadanos parece haber dado la espalda al presidente -y seguramente pesa menos que cuestiones como la inmigración, o la ineficacia ante problemas estructurales como la crisis de la vivienda- pero sí parece un lastre ante cualquier intento de revertir de forma duradera la impopularidad del Gobierno. Lo más llamativo de encuestas como la que publicó este diario el lunes es que dan fe de lo insuficientes que resultan los éxitos políticos de Moncloa. Incluso después de jugar con habilidad la baza del rechazo a Trump y el «no a la guerra», el PSOE sigue encontrándose ante un panorama en el que le resultaría imposible reeditar una coalición de investidura. Lo -poco- que crece es a costa de aquellos partidos que necesitaría para mantenerse en el poder: la pescadilla que se muerde la cola. El problema no es lo que ocurre cuando Sánchez fracasa en la búsqueda de temas que le puedan favorecer; el problema es lo que ocurre cuando tiene éxito. Y descubre que, al día siguiente, Ábalos sigue allí.