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Beatriz Serrano: “Es lo mismo tomarse un orfidal que fumarse un porro: ambas son drogas que tapan las mismas heridas”

Beatriz Serrano: “Es lo mismo tomarse un orfidal que fumarse un porro: ambas son drogas que tapan las mismas heridas”
Artículo Completo 1,098 palabras
"Chiquito de la Calzada es el pegamento que une las dos Españas". "He aprendido a convivir con la inseguridad de que le presten más atención a una amiga que a mí". "Admiro a Federico Jiménez Losantos aunque sea facha: es divertido, lúcido, chisporroteante".

Es lo mismo tomarse un Orfidal que fumarse un porro | Beatriz Serrano en 'UnaHoraConLorena'

Opinión Una hora con Lorena Beatriz Serrano: “Es lo mismo tomarse un orfidal que fumarse un porro: ambas son drogas que tapan las mismas heridas”

"Chiquito de la Calzada es el pegamento que une las dos Españas".

"He aprendido a convivir con la inseguridad de que le presten más atención a una amiga que a mí".

"Admiro a Federico Jiménez Losantos aunque sea facha: es divertido, lúcido, chisporroteante".

Publicada 4 septiembre 2026 14:00h

Cuaderno de bitácora (una conversación también es un viaje)

10/06/2026

Beatriz Serrano escribe porque una vez tuvo inocencia y la perdió, y escribe también porque no la busca: avanza sin ella.

Es un caso interesante, uno de los más interesantes de nuestra generación. Se me ocurre que cuando a uno se le agrieta el imperio hermoso de la infancia y empieza a perderlo todo, lo primero que se le cae es el candor, sí, o la ingenuidad, como quieras llamarlo, pero enseguida uno pierde también el interés por las cosas (esa es la siguiente gasolinera de la vida donde abandonar algo o donde dejar que se vaya), y esto sucede una vez, de golpe y para siempre.

Pero a mí Beatriz me fascina porque escribe justo ahí en medio, entre esas dos pérdidas míticas, en esa intersección rara: aunque la puerilidad se fue hace rato, ella resiste inéditamente en su curiosidad bestial por el mundo y por las entrañas humanas.

Estudia nuestra extrañeza. Nuestros cinismos.

Todo lo observa con atención aunque nada sea ya sagrado, aunque todo sea decadente y cómico al mismo tiempo y estemos llenos de zozobra.

Beatriz Serrano y yo durante esta conversación. Cristina Villarino.

Mi abuela hablaba de la “sinvenia”. Se inventó esa palabra para referirse a la angustia. Yo la rastreo, pienso en ella, ¿de dónde la sacaría?: ahora intuyo que si “con la venia” en el lenguaje jurídico es “con el permiso”, la sinvenia debe ser el desasosiego que se siente cuando no te dejan ser. Digamos que hay una falta de permiso para vivir la propia experiencia humana.

Esta idea atraviesa la literatura de Beatriz: no te dejan ser porque eres un esclavo moderno, porque estás un poco solo y si no lo estuvieras tampoco sabrías qué ofrecer, porque te preguntas por quién vas a sentirte visto (visto de verdad, vista la criatura magnífica que eres y que se esconde tras el zombi nihilista), porque ya no hay drogas de la ansiedad ni drogas del placer, sino que son todas lo mismo, las de tapar el pánico.

Abraza un químico, o un dios, o un deporte compulsivo, o mañana caerás desplomado en el suelo.

La suya es una escritura de la desolación, de la desubicación, de la extranjería permanente. Sus protagonistas son niñas raras de todas las edades. La rareza es lo lógico: cómo se va a habitar si no un mundo loco.

Eso tienen en común El descontento (ese pelotazo generacional traducido a más de diez idiomas) y Fuego en la garganta (ese otro pelotazo con el que quedó finalista del Planeta, se embolsó 200.000 pavos y se pidió una excedencia en El País).

Beatriz Serrano. Cristina Villarino.

Hay que aclarar que, en todo caso, siempre hay una carcajada oscura de Beatriz Serrano resonando de fondo en el texto o en la vida. Una carcajada indica que uno aún no está cayendo en picado hacia la muerte, ¿no?

Sé que lo mejor es su risa.

Una risa contra los santurrones, contra los cursis, contra los beatos. Una risa contra la flacidez intelectual, contra el lugar común biensonante. Una risa suya sostenida entre la perversidad y la inteligencia. Digamos que ella se ríe un poco como una villana con charm, como alguien que acaba de incendiar un coche pero para quien, sorprendentemente, te ves comprando otro bidón de gasolina.

Yo durante la conversación con Beatriz. Cristina Villarino.

También ha ganado un Ondas con su podcast Arsénico Caviar. Te quiero decir: yo también me descojonaría del mundo si fuese ella.

A Beatriz no me la imagino llorando. No sé si eso es bueno o malo. Me la imagino riendo o con gesto serio. Pero llorando no.

Creo que esto tendrá que ver con que es una escritora adulta y para adultos, con todo lo que eso significa. La escritora de después de los reyes magos, de después de la caída de todos los pactos, de todas las mitologías. Parece decirte “estas son conversaciones de mayores, zorra”. Igual nunca fuimos inocentes, o lo fuimos media hora.

Pienso en eso que dijo Goethe: “Quiero ser bueno y malo, como la naturaleza”. Es hermoso y verdadero, ¿no?

Beatriz tiene una elegancia natural extraordinaria, sin artificios. Una belleza de pájaro cruzado con serpiente. Le digo que me recuerda a Joan Didion, su escritora favorita, pero me es difícil aterrizar la idea: hay una cosa muy de intelectual estadounidense en ellas, no sé cómo explicarlo. Algo como de ser interesante sin darse mucha cuenta, o sin poner ningún esfuerzo en ello.

Beatriz Serrano, autora de El descontento y Fuego en la garganta. Cristina Villarino.

Ella puede ser morena o rubia o lo que le dé la gana (ahora tiene el pelo como si le estuviera cambiando de estación), porque siempre será lista y peligrosa y muy divertida. Tiene los labios finos y rojos como una cuchilla ensangrentada.

Hablamos de la tiranía del físico, de qué tipo de loca somos, de las españoladas, de tener o no tener hijos, de ser independientes pero querer que nos hagan la cucharita, de anarquismo, de zapatos de Prada, de Sorrentino, de cigarros, de Chiquito de la Calzada, de Andrés Pajares, de Fabio Mcnamara, del look Marc Ostarcevic, de Las cosas de Perec, de ser Didion o Babitz, de ser la misteriosa o la verborreica.

Bienvenidos.

Beatriz Serrano en Una hora con Lorena. Cristina Villarino.

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