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Cómo evitar ser un líder tóxico

Cómo evitar ser un líder tóxico
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El cine, incluso desde sus relatos más perturbadores, puede ofrecer lecturas útiles para el mundo empresarial. Es el caso de Willard, una película que, bajo la metáfora de las ratas, expone los efectos del liderazgo tóxico, la deshumanización laboral y la ausencia de estructuras que protejan la salud mental de los equipos. Un retrato que la evidencia académica respalda y que sigue vigente en muchas organizaciones actuales. Leer
DIRECTIVOSCómo evitar ser un líder tóxicoActualizado 26 MAR. 2026 - 02:07El próximo viernes a las 00:05 horas, VEO7 emitirá 'Willard', una película sobre las consecuencias del liderazgo autoritario.

El cine, incluso desde sus relatos más perturbadores, puede ofrecer lecturas útiles para el mundo empresarial. Es el caso de Willard, una película que, bajo la metáfora de las ratas, expone los efectos del liderazgo tóxico, la deshumanización laboral y la ausencia de estructuras que protejan la salud mental de los equipos. Un retrato que la evidencia académica respalda y que sigue vigente en muchas organizaciones actuales.

La cultura punk española, en especial la vasca, se ha nutrido a lo largo de su inconformista historia de iconografías ligadas a las alimañas. Murciélagos, ratas o cualquier otra criatura de la noche han representado tenebrosamente a bandas patrias como Eskorbuto o estadounidenses como The Misfits. Más allá del discurso político de este género, las impías sabandijas tienen una lectura interesante: los punkis sienten que animales repudiados tienen más dignidad que algunos seres humanos.

De todas estas criaturas, las ratas ocupan un lugar privilegiado a la hora de representar las inclemencias humanas. Estos roedores se han empleado ampliamente como metáfora antropomórfica. Ejemplos de ello pueden ser el grabado Reunión de ratas (1868) de Gustave Doré, o la grafitera rata de Banksy. Sin embargo, las historias sobre ratas han tenido un peso muy importante en el cine, en especial en la animación. De Fievel y el Nuevo Mundo (Don Bluth, 1986) a Ratatouille (Brad Bird, 2007), las ratas han servido para poner frente a nosotros un espejo incómodo sobre los prejuicios y también sobre el trato que damos como sociedad a las personas que consideramos distintas o inferiores.

Entre toda esa narrativa sobre roedores destaca una película que puede resultar interesante para la dirección ejecutiva. Willard (Glen Morgan, 2003) relata la vida de un hombre introvertido, socialmente aislado, que vive con su madre enferma y trabaja en la compañía que fundó su difunto padre. No obstante, lejos de ocupar una posición respetable, es relegado a un rol humillante por su jefe, quien ha usurpado el control del negocio. Ante este contexto, la cinta —que podrá disfrutarse el próximo viernes a las 00:05 horas en VEO7— nos conduce hacia un relato perturbador: el protagonista, fruto de la invisibilidad, abuso y frustración acumulada, encuentra consuelo en una colonia de ratas.

Aunque el giro de guion pueda resultar extravagante, el largometraje tiene una lectura en clave laboral muy interesante: cómo un jefe tóxico puede acabar con su equipo o con la salud mental de un trabajador. La alienación y deshumanización que representa el personaje de Willard emerge dentro de una estructura laboral rígida que le desposee de su identidad. Asimismo, su entorno laboral no solo ignora su legado familiar, sino que lo reduce a una función mecánica, evidenciando procesos de deshumanización habituales en culturas empresariales tóxicas.

En el metraje, la responsabilidad de este trato descortés recae sobre la figura del líder. Un jefe que, bajo un modelo autoritario, intimida, desprecia y explota emocionalmente al personaje de Willard. Además, y sin entrar en spoilers, la falta de liderazgo ético y de estructuras de apoyo llevan al protagonista a encontrar en las ratas más humanidad y comprensión que entre sus compañeros.

Ausencia de valores

Aunque llegar a ser amigo de una rata pueda resultar algo extremo y poco higiénico, el discurso de la película es respaldado por distintas universidades de prestigio. Por ejemplo, el estudio Toxic workers (2015) de la Harvard Business School demuestra empíricamente que la toxicidad laboral no es un fenómeno aislado, sino contagioso dentro de las organizaciones.

El documento detalla que aquellos jefes que tienen conductas tóxicas incrementan la probabilidad de que sus empleados adopten comportamientos similares. Además, estos perfiles generan mayor rotación, caída de productividad y deterioro del clima laboral, lo que eleva el coste económico para las organizaciones.

Para evitar caer en esta dinámica, la profesora Amy C. Edmondson recomienda aplicar el concepto de psychological safety (seguridad psicológica): cuando un líder genera confianza, evita que los empleados oculten errores por miedo y fomenta la innovación.

Por otro lado, la profesora Modupe Akinola, de Columbia, advierte que el estrés en entornos volátiles deteriora la capacidad de decisión, la creatividad y el juicio, además de propiciar decisiones impulsivas.

La evidencia académica confirma que lo que Willard dramatiza no es una exageración, sino una representación de dinámicas reales: el liderazgo tóxico, la falta de seguridad psicológica y el estrés sostenido erosionan tanto al individuo como a la organización.

Un apunte más: según un estudio de la Cornell University, la toxicidad aumenta el tiempo necesario para resolver tareas en equipo hasta en un 25% y genera absentismo laboral. El ejercicio arbitrario del poder, la humillación y la falta de empatía no deben formar parte del manual de ningún directivo

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Fuente original: Leer en Expansión
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