- ADELA BALDERAS
El clásico de Mary Shelley sigue estando vigente a día de hoy. 'Frankenstein' explora la necesidad de crear y advierte de las consecuencias de un talento irresponsable y aislado.
Leer Frankenstein o El moderno Prometeo es un pequeño acto de valentía. No por el monstruo. Sino porque nos pone delante de un espejo. Nos recuerda lo fácil que es llamar monstruo a aquello que no entendemos, rechazar lo que nos incomoda y abandonar aquello que deja de responder a nuestras expectativas.
Quizá por eso Frankenstein sigue inquietándonos doscientos años después. La obra habla de nuestra necesidad de crear, de nuestro deseo de hacer posible lo imposible. Y de algo mucho más incómodo: de lo que ocurre después de crear, llevados a veces por el orgullo, la soberbia y la osadía. Porque crear algo extraordinario puede ser un acto de talento. Pero hacerse responsable de ello es otra cosa.
Joyce Carol Oates señala en El ángel caído de Frankenstein, epílogo de la novela de Mary W. Shelley, que el monstruo es una de esas "creaciones colectivas; nos pertenecen a todos".
Cada época parece volver a Frankenstein y encuentra algo distinto. Cada generación proyecta sobre la criatura sus propios miedos, sus propios dilemas y sus propias preguntas. Hoy podemos leer la novela también como una advertencia sobre la responsabilidad científica y sobre lo que ocurre cuando creamos algo poderoso y no medimos sus consecuencias.
El 10 de septiembre de 1797, Mary Wollstonecraft, escritora, filósofa y defensora de la educación y los derechos de las mujeres, murió pocos días después de dar a luz a su hija Mary. William Godwin, su marido, filósofo y escritor, anotaba con precisión sus días, sus visitas, sus lecturas, sus pensamientos. Pero aquel día no encontró palabras. Su diario quedó suspendido en una fecha y una hora.
Mary Shelley creció rodeada de libros, ideas y nombres extraordinarios. Pero también con una ausencia que nunca podría llenar. Anne K. Mellor escribe en Mary Shelley. Su vida, su ficción, sus monstruos que aquella niña quedó marcada por "una potente necesidad de tener una madre, destinada a frustrarse a perpetuidad, al tiempo que heredaba un nombre que la vinculaba directamente con uno de los matrimonios intelectuales más radicales de la Inglaterra de su tiempo".
La propia historia de Shelley, como la de su criatura, fue una mezcla de afecto y dolor. Como afirma Mellor, "debido a sus circunstancias históricas, Mary Shelley fue privada durante su infancia de una familia nuclear amorosa. Buscó desesperadamente crear una familia así, tanto en su vida, como en su ficción".
Y entonces llegó aquel verano que no parecía verano. En junio de 1816, Mary llegó a Villa Diodati, a orillas del lago Lemán, acompañada de Percy Bysshe Shelley. Allí estaban también Lord Byron, el médico John Polidori y Claire Clairmont, hermanastra de Mary. La erupción del volcán Tambora había alterado el clima y aquel 1816 se convertiría en un año extraño, frío y oscuro, conocido como "el año sin verano". Las tormentas obligaban al grupo a permanecer dentro de la villa, donde las veladas transcurrían entre libros, historias de fantasmas y conversaciones.
Tal y como escribe Mary W. Shelley en la introducción a la edición de 1831, Byron propuso un desafío: "escribamos cada uno una historia de terror. Y su proposición fue aceptada". Aquella invitación acabaría dando lugar a Frankenstein. Villa Diodati era un laboratorio: poesía, filosofía, ciencia, medicina, literatura. Y de aquella mezcla nació la criatura.
Durante días, Mary escuchó hablar de ciencia, de electricidad y de galvanismo, de aquellos experimentos que parecían acercarse peligrosamente al límite entre la vida y la muerte, y de las especulaciones de Erasmus Darwin sobre la posibilidad de reanimar la materia. Las conversaciones se sucedían, pero la historia no llegaba. Hasta que una noche, entre el sueño y la vigilia, apareció una imagen. "La idea se apoderó de mí de tal modo que me recorrió un escalofrío de miedo". Además añadió que "la circunstancia en la cual se basa mi relato me fue sugerida en una conversación trivial. Lo comencé en parte como diversión y en parte como pretexto para ejercitar cualquier recurso de mi mente que aún tuviera intacto".
Hay una palabra especialmente reveladora: conversación. Shelley no creó Frankenstein en aislamiento. El talento era individual, pero el laboratorio era colectivo. Y quizá esta sea una de las grandes paradojas del talento: necesitamos desarrollar una voz propia, pero rara vez la desarrollamos completamente solos. Las organizaciones hablan mucho de talento. Pero quizá deberían preguntarse algo diferente: ¿estamos creando espacios en los que ese talento pueda encontrarse con otros talentos? Porque a veces las mejores ideas nacen de la unión.
Pero Frankenstein guarda una... o muchas lecciones más incómodas. Víctor Frankenstein consigue lo extraordinario: crear vida. Pero fracasa en lo esencial. Le embarga el miedo y no se hace responsable de aquello que ha creado. La criatura no nace siendo un monstruo. Busca ser reconocida. Busca afecto. Busca pertenecer. Y cuando encuentra rechazo, aprende del mundo que la rechaza. En ese momento la obra deja de ser novela, de hablar únicamente de literatura. Habla de nosotros. De la tecnología. De cualquier creación que pueda transformar la vida de otros. Porque crear es solo el principio.
Adela Balderas es doctora ADE, profesora investigadora en la Deusto Business School, investigadora en la Universidad de Oxford y profesora afiliada en el City Science MIT Media Lab.
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