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Cómo la generación del baby boom ha fastidiado a Europa

Cómo la generación del baby boom ha fastidiado a Europa
Artículo Completo 1,336 palabras
La numerosa generación del rock 'n' roll está dejando que sus pocos hijos paguen la factura

The Economist

Cómo la generación del baby boom ha fastidiado a Europa

La numerosa generación del rock 'n' roll está dejando que sus pocos hijos paguen la factura

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The Economist

10/06/2026 a las 00:11h.

Hubo un tiempo en que la desigualdad en Europa era principalmente horizontal. La rica mitad occidental conducía BMW y se iba de vacaciones al extranjero, ... mientras que el este más pobre reparaba sus propios electrodomésticos y hacía cola para comprar pan. Sin embargo, tres décadas de crecimiento de los antiguos países comunistas para igualar a sus homólogos occidentales han acabado con las bromas sobre los coches rumanos cuya velocidad máxima se alcanzaba «cuesta abajo».

Si el estado del bienestar europeo se asemeja a un esquema piramidal, sus faraones son los baby boomers. La generación del baby boom nacida en las dos décadas posteriores a 1945, con edades comprendidas aproximadamente entre los sesenta y los ochenta años —¡hola, mamá!, ¡hola, papá!— querría pasar a la historia como la primera en siglos que no ha iniciado una guerra que enfrentara a una parte del continente contra otra. Los sociólogos seguramente celebrarán los años sesenta, cuando los baby boomers intentaron sustituir el chovinismo por el rock 'n' roll. Sin embargo, los economistas los juzgarán con menos benevolencia. Los baby boomers se concedieron a sí mismos generosas pensiones, confiando en tendencias demográficas que desde entonces han caducado. Los costes dejaron a Europa letárgica. Los abuelos de hoy heredaron un continente que se reconstruía tras la guerra; legarán uno que necesita reparación tras el daño que ellos mismos ayudaron a causar.

Las ganancias más evidentes de este atraco intergeneracional son las viviendas, que los baby boomers compraron por cuatro duros y que ahora valen millones. Sí, lo hicieron pidiendo dinero prestado a tipos de interés desorbitados, pero luego se beneficiaron cuando los precios inmobiliarios siguieron subiendo tras haber pagado las hipotecas. Incluso ajustado por la inflación, el precio de la vivienda en Europa ha subido un 25% en solo una década, y los alquileres también aumentan más rápido que los ingresos. El resultado, más allá de hacer que los baby boomers se sientan genios financieros cuando simplemente tuvieron suerte, es impedir que los jóvenes puedan acceder a la propiedad.

La proporción de europeos que viven en casa de sus padres hasta bien entrada la mediana edad —no del todo por voluntad propia, cabe suponer, por muy bien que cocine mamá— ha aumentado de forma constante con el tiempo. Entre los nacidos en la década de 1980, casi una cuarta parte seguía viviendo en casa a los treinta, el doble que entre las personas nacidas dos décadas antes. La propiedad de la vivienda solía ser el camino hacia la independencia financiera. Ahora, la herencia parece una apuesta más segura —si es que llega—.

Europa no es, ni mucho menos, el único lugar donde hay personas mayores en residencias caras. Sin embargo, su estado del bienestar, que abarca toda la vida, ha trasladado una mayor parte del coste del envejecimiento a los jóvenes. En la mayoría de los demás países ricos, incluidos Estados Unidos, Japón y Corea del Sur, las personas mayores de 65 años obtienen la mayor parte de sus ingresos trabajando un poco y recurriendo a las pensiones privadas que financiaron durante su vida laboral. Los europeos dejan sus trabajos pronto, viven mucho tiempo y esperan que el Estado —es decir, los contribuyentes actuales— corra con los gastos de sus planes de jubilación.

Entre los nacidos en la década de 1980, casi una cuarta parte seguía viviendo en casa a los treinta, el doble que entre las personas nacidas dos décadas antes. La propiedad de la vivienda solía ser el camino hacia la independencia financiera. Ahora, la herencia parece una apuesta más segura

En Estados Unidos, los billones de dólares acumulados en pensiones privadas proporcionaron el capital para los fondos de capital riesgo y de capital inversión, lo que a su vez permitió a las empresas estadounidenses convertirse en gigantes. En la mayoría de los países europeos, las pensiones actuales las pagan los trabajadores de hoy, con la expectativa de que los trabajadores del mañana, aún por nacer, tomen el relevo y financien a sus propios padres a medida que estos envejecen —parte se financia vía déficit público, que los que aún no han nacido también tendrán que pagar algún día—. Esto significa menos capital para las empresas europeas, una de las razones por las que hay tan pocas grandes empresas en sectores como el tecnológico. En cambio, existe un enorme coste no cubierto que lastra las arcas públicas.

2,5

trabajadores por cada pensionista en Europa

Los jóvenes de hoy saben que deben ocuparse, al menos en parte, de sus propias pensiones, como hacen los estadounidenses, además de tener que pagar las prestraciones de sus padres

Nada de esto importaba cuando tanto la economía como la población crecían, como recuerdan de su juventud los nacidos en la posguerra. Sin embargo, la población europea está ahora alcanzando su punto álgido, en gran parte gracias a que los baby boomers iniciaron la tendencia de tener menos hijos. En 1960, más de cinco trabajadores mantenían a cada pensionista en Europa occidental. Ahora solo hay 2,5 trabajadores por cada pensionista. El resultado es que los jóvenes de hoy saben que deben ocuparse, al menos en parte, de sus propias pensiones, como hacen los estadounidenses, además de tener que pagar las prestaciones de sus padres. La única otra opción fácilmente disponible para mejorar la proporción entre trabajadores y jubilados es importar a muchos inmigrantes. Sin embargo, los esfuerzos por hacerlo han contribuido a envenenar la política europea al impulsar a partidos desagradables de la derecha populista.

No es un continente para los hombres jóvenes

Nadie va a envidiar a los baby boomers por su mayor esperanza de vida —de nuevo, este columnista envía un incómodo saludo a sus padres—, pero una sociedad que envejece es aquella que se centra en el presente inmediato, no en el futuro. La edad media de los votantes en las últimas elecciones presidenciales de Francia fue de 52 años, en gran parte porque los mayores son más propensos que los jóvenes a arrastrar los pies hasta las urnas. Esa cifra se sitúa a menos de una década de la edad efectiva de jubilación. Como era de esperar, los políticos han hecho suyas las prioridades de las personas mayores. Cuando los presupuestos son ajustados, siempre se encuentra dinero para proteger las pensiones y las residencias de ancianos; en cambio, es mucho más fácil imponer recortes en educación e innovación. «El futuro de la democracia lo deciden cada vez más votantes que no tienen futuro», se lamenta Maxime Sbaihi, economista del Club Landoy, un think tank centrado en estudios demográficos en Francia.

Las cosas podrían haber cambiado tras la Covid-19, cuando los jóvenes soportaron años de restricciones sociales en gran medida para proteger a los mayores. Por desgracia, aún no se ha devuelto el favor, aunque hoy en día existe un comisario europeo para la equidad intergeneracional. Raymond Aron, un pensador francés, advirtió en su día que una sociedad que envejece es aquella que «se verá acechada por el espíritu de la abdicación». Ese estado de ánimo de hastío resulta demasiado real para los europeos de hoy, mientras pasan con pesadez junto a otra guardería más que se está convirtiendo en una residencia de ancianos.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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