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Cómo ser joven (y a veces gay) y hacer una fiesta por la visita del Papa

Cómo ser joven (y a veces gay) y hacer una fiesta por la visita del Papa
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Me dice un chico gay: “Jesús el único hombre que me entiende. Y que abraza mis imperfecciones”. Hay gente joven que viene rebotada del consumo rápido de la vida y del amor, así que ahora se pone "guapa para Dios", como canta Rosalía.

Imagen de jóvenes religiosos agolpados en las jornadas del sábado por la visita de León XIV.

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Me dice un chico gay: “Jesús el único hombre que me entiende. Y que abraza mis imperfecciones”. Hay gente joven que viene rebotada del consumo rápido de la vida y del amor, así que ahora se pone "guapa para Dios", como canta Rosalía.

Publicada 7 junio 2026 02:25h

Yo narrativamente siempre he preferido los Papas fríos, los Papas con cara de malos, los Papas que parece que están urdiendo un plan mundial que te volará la peluca cuando menos te lo esperes, un poco al estilo Ratzinger: me hacen más gracia, me resultan sombríos, intelectuales, fascinantes.

En el estreno de The Young Pope le pregunté a Sorrentino (en una rueda de prensa, claro, no cenamos juntos muchísimo ácido úrico, para mi desgracia) si le parecería deseable un Papa progresista. Me dijo que no, que sería “peligroso”, que “nuestras sociedades católicas funcionan bien en los juegos de contrapeso: los laicos y aperturistas por un lado y un elemento ‘frenante’ por otro, ese es un equilibrio sano”. Me hizo pensar.

Pero frente a los Papas reaccionarios y maquinantes, tan golosos para mis literaturas febriles, a la hora de la verdad celebro los rostros claros, los rostros mansos, lo de tener una cara de buena gente que no se pueda aguantar ahora que las élites del mundo andan tan taradas y dan tanto miedo.

Me gusta que León XIV sea fisionómicamente majo y que venga a España, siendo yo una niña de corte espiritual pero bastante sorda a la Iglesia (sorda porque ella está sorda también y a mí no me gusta hablar sola).

Me gusta que este Papa chulee a Trump, me gusta su pacifismo radical, me gusta su defensa de los trabajadores frente a la IA, me gusta que le ponga las banderillas a las élites tecnológicas y que nos recuerde que las máquinas nos alejan de dios, sea lo que sea dios, a veces el misterio y en todo caso la lentitud, la insuficiencia, la torpeza y la belleza inexplicable de estar humanamente vivo (yo soy de Sábato: sin negar que somos ciencia, también somos, y sobre todo, mito, símbolo y sueño; una dimensión gaseosa de poemas mentales, de partes raras del cuerpo a menudo rayanas en el alma).

Me gusta que el pontífice incomode a la extrema derecha y a su visión xenófoba y cruel de la migración, aunque para todos sea un problema complejo. Me divierte que se le llame “centroizquierda” a los derechos humanos.

Me hace sonreír que este señor tan amable ponga en un brete a los auténticos ultras, al facherío-capillita-premium: el mal rato que arrastra esta gente con los dos últimos Papas se alarga demasiado; quisieran decirle al negro puto negro, quisieran decir joder con el puto moro al toparse en el metro con el magrebí, pero al final se van a tener que callar un poco más porque el Papa es, desde San Pedro, la roca sobre la que se edifica la Iglesia y esto es lo que hay, artistas.

Otros quisieran decir viva el dinero, como dicen los evangélicos que tanto le molan a Ayuso (el brillo de dios está en el oro, menudos listos, jajá), o quisieran una Iglesia como networking o como mercado de emprendimiento, pero al final se cortan un poco.

Hay mucho lío, en esto y en todo.

Dice Marcos (30, ¿esto cuenta como joven?) con mucha gracia que “el Papa no es el Papa de los pobres, sino el Papa de todos, de las empresas privadas, del consumismo y de todo, si no la entrada al Vaticano sería gratuita y no te cobrarían por un rosario, entiéndeme, el propio Vaticano es lo más capitalista que hay, decir que el Papa es socialista y es rojo… joder, me cuesta mucho pensarlo”. Jajá.

No es que yo sea una santa ni una chica frugal. Yo hoy tampoco estaba precisamente zurciendo los calcetines de mi maridito: estaba almorzando en el Raza de Barquillo, un poco en el meollo, conversé con peña joven y no tan joven que cargaba banderas y gritaba “¡viva el Papa!” y anoté frases e ideas en el móvil que ahora les transcribo bajo el aire acondicionado.

Había muchos con camisetas blancas con el hocico rojo de un león estampado en el pecho y un “GRACIAS, LEÓN”. Cómo están los suscriptores de El Español, me dije, pero nada, al final eso iba por el otro felino, por el manager de dios en la tierra. Un rollo.

Otros llevaban escrito “alzad la mirada”.

He visto por Génova hordas de chicos gays ataviados papísticamente: este es un fenómeno que me conmueve y me genera una dulce extrañeza.

El marica folclórico que ama a las vírgenes (una ramificación del marica contradictorio y a veces armariado que se enchufa un bus de ocho horas desde el pueblo para ver al Pontífice) es siempre amigo mío, esto es así, yo defiendo con el cuerpo su derecho a amar a dios y a los hombres al mismo tiempo, pero tampoco nos llamemos a engaño: aunque León XIV diga que no hay que obsesionarse con la moral sexual porque hay otras prioridades, también te dice que no va a bendecir la unión entre personas del mismo sexo, te pongas como te pongas.

Veo mucha menos lesbiana papista, por lo que sea: estoy segura de que es porque han experimentado menos sexo esporádico, menos chills y menos culpa, y no han acudido tan rebotadas de las heridas de la libertad a las manos del Señor.

Dice un chico gay llamado Andrés: “Yo estoy abrazando a Jesús este 2026. Es el único hombre que me entiende. Y que abraza mis imperfecciones”. Me resulta una idea entrañable que dialoga con el Lux de Rosalía cuando se pilla por un Dios-novio (“me pongo guapa para Dios”), alguien que no la decepcionará como lo han hecho el resto de zafios varones. A este muchacho le he puesto un nombre falso porque así me lo ha pedido.

Esto en realidad nos ha pasado un poco a todos: la vida veloz nos aísla de los demás, los afectos contemporáneos nos hacen sentir manipulables y deshumanizados, no más que objetos de consumo (atrapados en la rueda: love bombing, devaluation, discard, hoovering, triangulación, refuerzo intermitente, breadcrumbing, ghosting, y ochocientas infamias psicológicas más), Instagram nos convoca al fracaso perpetuo del éxito y de la belleza.

El Papa lo sabe, por eso le ha dicho a los jóvenes que busquen "siempre la verdad", que no se dejen engañar "por las redes". Y también que busquen el silencio, que dejen tanto "auricular".

Será cierto que el ruido y la modernidad nos dejan vacíos.

El turbocapitalismo es nihilista. Todo ha sido una gran farsa. Me explica Valentín (tiene 37, pero creó un grupo de jóvenes en su parroquia, la Parroquia de Santa Bárbara) que él se reencontró con la fe porque “cada vez veía más difícil encontrar un lugar donde desarrollar y profundizar en el pensamiento en esta sociedad tan inmediata y exigente”.

Ir a misa era un “oasis” para él: “Es un espacio donde se comparten dos mil años de sabiduría con unos valores que prácticamente toda la sociedad comparte, incluso los que consideran que no los comparten”, cuenta.

“Yo iba una vez a la semana a la iglesia y me sentía feliz y realizado”. En su experiencia, “en un mundo de inmediatez y exigencias exacerbadas, a los jóvenes la fe les proporciona una plenitud que no les da lo material”.

Es la lucha de los polluelos contra la incertidumbre.

Curro (26) cree que hay muchos “niños nacidos y crecidos en una crisis permanente”: “No hemos visto bonanza, sólo crisis económica. Hemos vivido cambios importantes, todo el rato hay un fin de ciclo, tenemos desasosiego ante el futuro. Además, nos han engañado. Nos dijeron que llegaríamos lejos si estudiábamos, y veías ejemplos en tus padres… ellos tenían propiedades, podían irse de vacaciones… nosotros hemos hecho lo que teníamos que hacer y no tenemos nada. Algunos hemos encontrado ahí a dios como una solución”.

Vicente, por su parte, cree que “hay muchos jóvenes que no necesitan un regreso a lo espiritual porque nunca han dejado de estar ahí”: “Existen figuras virales del ámbito religioso como el Padre Guilherme, que es un DJ que hace sesiones de tecno combinando canciones de reggaeton actuales. También hay podcasts como ’10 minutos con Jesus’ que tienen muchos oyentes. Es decir, la religión se ha adaptado al mundo actual”.

Pienso en el final de Euphoria. Pienso en Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa. Pienso en la segunda temporada de Fleabag. Pienso en ese grupo horroroso llamado Hakuna.

Pienso en mis cosas, en las palabras que fueron importantes para mí, como ese poema de César Vallejo que me entristece tanto y que dice “yo nací un día / en que dios estuvo enfermo”. O el de Carlos Barral sobre Jesucristo, llamado Le asocio a mis preocupaciones. O en aquél de Manuel Alcántara: “No digo que sí o que no. / Digo que si Dios existe / no tiene perdón de Dios”.

Sonrío cuando un colega, también homosexual (ya te digo que en general tampoco es que quede un hetero) me escribe por WhatsApp desde el núcleo de la vigilia: “Oye, pues aquí hay mucha gente guapa. ¡El Espíritu Santo sopla, Lorena!”. Y yo también me siento esperanzada al leerle, no sé.

Hay muchos jóvenes que cogieron el amor de dios prestado bajo el papado de Francisco y ahora no quieren devolverlo porque les sienta bien: lo comprendo.

Mi amiga Ana Delgado cree que la visita de León XVI es “un aliciente para mucha gente a la hora de demostrar su fe públicamente”.

Es otra salida del armario.

Bienvenida sea. Bienvenidas sean todas.

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