La primera fase del ciclo electoral que concluirá en 2027 -aunque Sánchez tiene en mente que concluya en 2031- finaliza confirmando las premisas y tendencias apuntadas en las convocatorias anteriores: el PP renueva mayoría, con más o menos holgura, pero no rasguña a Vox; Sánchez no hace ni le interesa campaña regional y los censores de Vox deben perder toda esperanza de que sus críticas surtan efecto entre sus electores.
Cuando el asustadizo oficialismo desaprueba lo que hace, dice o propone Vox -orgánica o programáticamente- piensa más en herirle que en contarlo. Ese matiz ejerce una influencia reactiva en su electorado, que desconfía de los medios convencionales. Vox ha purgado cuadros; y a sus votantes, plin. Zapatero, el mediador de la dupla Xi-Maduro, reactiva e incluso entusiasma a las bases socialistas, como lo hizo Cerdán en el 41º Congreso, cuando la concurrencia aplaudió a los condenados por los ERE y jaleó a Begoña Gómez. El PP todavía es un partido convencional; PSOE y Vox, con inercias caudillistas, no. Así que, curiosamente, algunos de los atributos que reúne un partido convencional limita su crecimiento. Aunque este es otro asunto.
Hoy Sánchez se conforma con rondar el 30% de los votos. Como considera que está cerca de ello, irrumpió en campaña con su No a la guerra. Se rodeó de su canciller o embajador para los países no alineados -mal y confusamente englobados en el Sur Global-, el conseguidor Zapatero, y de su ministro para la arrabalera propaganda, Óscar Puente -bien es cierto que ambos son de la tierra-. Así flanqueaba, marcaba y acotaba las expectativas de su candidato, Carlos Martínez, en el cierre de campaña.
El No a la guerra en la región mide la potencia de arrastre socialista del voto comunero y de izquierda radical. Pase lo que pase, Sánchez no se inmutará porque la competición autonómica no le interesa. Recuerden: Sánchez tardó un mes y medio en valorar los resultados extremeños -cuando penó el empleador de su hermano- y 11 días en comentar el otro varapalo aragonés, sufrido por su ministra y portavoz. Lo hizo con claridad. Tras considerar que los votantes socialistas se quedaron en la abstención, les animó en aras de su duración: "En todo caso, lo que sí que les digo es que trabajaremos precisamente para que todo el electorado se movilice cuando lleguen las elecciones generales". Así que el tercer engorroso trámite de la primera fase del ciclo será un último trago y menos amargo. La segunda fase se abre con Andalucía, donde su indolencia resulta más espinosa.
Por su parte, Mañueco adelantó hace cuatro años los comicios para desprenderse de la cansina ambición y sospechosas inclinaciones de Igea y por anticiparse a los planes del ex secretario general de su partido, García Egea, que no le incluían en el futuro. Por los pelos: el PP implosionó a los pocos días y Mañueco forjó su mayoría con Vox. El PP hace bien cuando le ofrece a Vox ser parte de la alternativa a Sánchez y hace mal en desear que no le vaya bien a su íntimo adversario. Si Vox se cree alternativa en solitario, estará dando la razón a Sánchez: el ciclo acabará en 2031, quizás demasiado tarde para cualquier alternativa; y si a Vox le va bien en estos comicios, a poco que suba unos peldaños como tercera fuerza, puede perjudicar y arañar algún escaño al PSOE. Vox se equivoca de guerra y la guerra de Sánchez no es la del soriano Martínez.