El pasado fin de semana y el anterior intenté bañarme en la playa. Sin embargo, al ver unas cuantas medusas acabé decidiendo pasar el rato leyendo en la arena. Lo peor de la tarde no fue eso. Me resultaron más molestos unos cuantos adolescentes jugando al fútbol a pocos metros de mi toalla. Las medusas, al fin y al cabo, están en su hábitat. Pero sí que es cierto que nunca en toda mi vida había visto medusas en el mes de mayo. Me informé y descubrí que en los últimos años se está haciendo cada vez más frecuente su llegada al Mediterráneo a estas alturas de la primavera. Incluso empiezan a aparecer en otras aguas en las que normalmente no abundan tanto.
Lógicamente, el primer pensamiento que me vino a la cabeza fue que tenga relación con el calentamiento global. La temperatura del Mediterráneo ha subido en los últimos años a un ritmo vertiginoso. No obstante, tenía la sensación de que debe haber algo más. Al fin y al cabo, el agua lleva muchos años calentándose, pero ese boom en las poblaciones de medusas (conocido como bloom, por cierto) me parece más reciente. Para responder a mis preguntas, me he puesto en contacto con Jose Carlos Báez, Investigador Jefe de Programa del Instituto Español de Oceanografía, CSIC. Como me temía, el calentamiento del agua influye, pero aún hay más factores que afectan a esta proliferación descontrolada que cada vez se hace más notable.
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Tres fases para dar lugar a las medusas adultas
Aunque hay pequeñas variaciones entre unas especies y otras, en general el ciclo reproductivo de las medusas consta de tres fases. Por un lado están las larvas, que flotan en el agua hasta encontrar un lugar al que aferrarse en el fondo marino. Cuando lo logran, pasan a la fase de pólipo, que puede llegar a durar un año. En el momento en el que las condiciones son propicias, el pólipo se fragmenta, liberando las éfiras, que son pequeñas medusas inmaduras que, con el tiempo, se acaban convirtiendo en la medusa adulta.
El paso de pólipo a medusa se conoce como estrobilación y depende de factores como la temperatura del agua, el oxígeno disuelto en la misma o la disponibilidad de alimento. Las medusas solo se liberan al agua si van a poder vivir en ella. La temperatura superficial del agua es un factor determinante. De hecho, se ha observado que con un incremento de 1,7°C la tasa de reproducción asexual en los pólipos de algunas especies se acelera en un 20%. Por eso, normalmente la estrobilación suele producirse a principios de verano. Puede variar entre especies. En algunas ocurre a finales de primavera, pero es más habitual que tenga lugar a partir de junio.
Según señala José Carlos Báez, esto está provocando “una dilatación del periodo reproductor”, por lo que estamos viendo más generaciones de medusas en una sola temporada. Llegan antes y se van más tarde.
No todo va a ser el calentamiento global
Las proliferaciones masivas que estamos viendo con cada vez más frecuencias en las playas se conocen como blooms. Como hemos visto, el calentamiento global está provocando que empecemos a ver medusas antes y dejemos de verlas más tarde, pero no parece que sea la causa de los blooms.
“Es difícil afirmar con total certeza que la biomasa total de medusas en el Mediterráneo haya aumentado debido al cambio climático, principalmente porque no disponemos de series históricas suficientemente largas y homogéneas que permitan comparar la situación actual con la de décadas pasadas”, relata Báez. “Sin embargo, sí existe evidencia de que los blooms de medusas, así como la llegada de grandes enjambres a las zonas costeras, parecen ser cada vez más frecuentes y prolongados”.
El problema de la sobrepesca
“En un ecosistema sano, los peces teleósteos se comen sobre todo el zooplancton, en el que se encuentran las éfiras”, explica Báez. Entre esos peces que se comen las éfiras destacan, por ejemplo, las sardinas. Por otra parte, las medusas adultas son típicamente depredadas por las tortugas, pero también por peces grandes como los túnidos, a los que pertenece el atún. Todo esto, en su conjunto, ayuda a mantener las poblaciones de medusas más o menos estables.
A causa de la sobrepesca, hay cada vez menos depredadores para las medusas. Hay, por ejemplo, menos sardinas que se las coman en su fase de éfira y menos atunes comiendo medusas adultas. Si a todo eso le sumamos que en una temporada nacen más generaciones de medusas a causa del calentamiento del agua, tenemos el cóctel perfecto para la aparición de blooms.
La pescadilla que se muerde la cola (nunca mejor dicho)
En 2022, el equipo de José Carlos Báez publicó un estudio en el que se describía otra relación menos conocida entre las poblaciones de medusas y de sardinas o anchoas. Ya hemos visto que los peces se alimentan del zooplancton en el que se encuentran las éfiras, por lo que pueden ayudar a regular las poblaciones de medusas.
Sin embargo, no es tan conocido lo que pasa después. Y es que las medusas adultas también se pueden alimentar de los huevos de las sardinas y las anchoas. Por eso, si hay demasiadas medusas, pueden mermar la población de sardinas, de modo que habrá menos de estos peces adultos para seguir alimentándose de las éfiras. Como resultado, hay aún más medusas y vuelta a empezar. Se rompe el equilibrio entre un depredador y otro y claramente se decanta hacia la proliferación de las medusas.
Además, en ese estudio también se encontraba una relación entre la proliferación de las medusas y la disminución del peso de las sardinas adultas. Y es que, a su vez, las medusas adultas también se alimentan de zooplancton, por lo que compiten con las sardinas y anchoas por alimento. Si hay muchas, no permiten que se alimenten adecuadamente.
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No todo son medusas en la gelatinización del agua
Con la proliferación de medusas se está produciendo algo conocido como gelatinización del agua. Lógicamente, estos animales, con su aspecto gelatinoso, tienen una gran influencia. Pero no son los únicos que favorecen ese aspecto. También proliferan otros animales gelatinosos, como los ctenóforos. Además, el agua se ve más turbia por el exceso de algas. Esto se debe a que en el Mediterráneo se está produciendo una gran eutrofización. Es decir, la acumulación de un exceso de nutrientes como el fósforo y el nitrógeno, que a menudo llegan al mar por la escorrentía procedente de explotaciones agrícolas en las que se usan como fertilizantes.
Ese aumento de nutrientes causa, a su vez, una mayor proliferación de algas, que enturbian el agua y dificultan la llegada de luz solar hacia el fondo marino. Si las algas del fondo marino no pueden realizar la fotosíntesis por falta de luz, tampoco habrá suficiente oxígeno disuelto en el agua.
Además, volviendo a las medusas, hay estudios que demuestran que cuando estas mueren y son descompuestas por microorganismos en el fondo del mar ese proceso de descomposición puede alterar la difusión de oxígeno hacia el interior de los sedimentos. Si hay una cantidad razonable de medusas, esto entra dentro de lo esperable, pero cuando hay demasiadas se rompe el equilibrio que normalmente hay y sí pueden verse afectados otros organismos.
En definitiva, tenemos un agua turbia con restos de algas, medusas y otros organismos gelatinosos. Incluso puede haber algunas células urticantes sueltas en el agua, de modo que al bañarnos sentimos el picor sin que haya medusas. Para colmo, hay tal desequilibrio en el ecosistema que también se ven afectados los organismos que se encargan de fijar la arena del fondo marino. Las playas tienen más piedras que arena y ya no son tan cómodas. Además, si te quieres comer un espeto en el chiringuito, posiblemente sea menos carnoso de lo habitual.
La solución no es la que crees
Lo último que debemos hacer es caer en el error de culpar a las medusas de todos estos problemas. Ellas están en su hábitat. No son una especie invasora a la que haya que sacrificar o esterilizar para evitar que se reproduzca. En este caso, bajo la opinión de Báez, la solución pasa sobre todo por controlar la pesca.
Sin sobrepesca, el mecanismo natural que ayuda a mantener las medusas en equilibrio volvería a restablecerse. Es cierto que las veríamos en nuestras playas durante más tiempo a causa del calentamiento del agua, pero no se encontrarían en cantidades tan altas. El problema más grave, hoy por hoy, no es que haya medusas durante más tiempo en nuestras playas. Es que se encuentran en cantidades desproporcionadas. Pero eso no es culpa suya. Como casi siempre, la culpa es nuestra.
Imágenes | andre oortgijs |Wan et al.
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La noticia
Cada vez es más habitual encontrarse medusas en las playas del Mediterráneo antes del verano. Y es una mala señal
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Azucena Martín
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Cada vez es más habitual encontrarse medusas en las playas del Mediterráneo antes del verano. Y es una mala señal
El calentamiento del agua influye, pero hay muchos factores en los que no solemos pensar
El pasado fin de semana y el anterior intenté bañarme en la playa. Sin embargo, al ver unas cuantas medusas acabé decidiendo pasar el rato leyendo en la arena. Lo peor de la tarde no fue eso. Me resultaron más molestos unos cuantos adolescentes jugando al fútbol a pocos metros de mi toalla. Las medusas, al fin y al cabo, están en su hábitat. Pero sí que es cierto que nunca en toda mi vida había visto medusas en el mes de mayo. Me informé y descubrí que en los últimos años se está haciendo cada vez más frecuente su llegada al Mediterráneo a estas alturas de la primavera. Incluso empiezan a aparecer en otras aguas en las que normalmente no abundan tanto.
Lógicamente, el primer pensamiento que me vino a la cabeza fue que tenga relación con el calentamiento global. La temperatura del Mediterráneo ha subido en los últimos años a un ritmo vertiginoso. No obstante, tenía la sensación de que debe haber algo más. Al fin y al cabo, el agua lleva muchos años calentándose, pero ese boom en las poblaciones de medusas (conocido como bloom, por cierto) me parece más reciente. Para responder a mis preguntas, me he puesto en contacto con Jose Carlos Báez, Investigador Jefe de Programa del Instituto Español de Oceanografía, CSIC. Como me temía, el calentamiento del agua influye, pero aún hay más factores que afectan a esta proliferación descontrolada que cada vez se hace más notable.
Aunque hay pequeñas variaciones entre unas especies y otras, en general el ciclo reproductivo de las medusas consta de tres fases. Por un lado están las larvas, que flotan en el agua hasta encontrar un lugar al que aferrarse en el fondo marino. Cuando lo logran, pasan a la fase de pólipo, que puede llegar a durar un año. En el momento en el que las condiciones son propicias, el pólipo se fragmenta, liberando las éfiras, que son pequeñas medusas inmaduras que, con el tiempo, se acaban convirtiendo en la medusa adulta.
El paso de pólipo a medusa se conoce como estrobilación y depende de factores como la temperatura del agua, el oxígeno disuelto en la misma o la disponibilidad de alimento. Las medusas solo se liberan al agua si van a poder vivir en ella. La temperatura superficial del agua es un factor determinante. De hecho, se ha observado que con un incremento de 1,7°C la tasa de reproducción asexual en los pólipos de algunas especies se acelera en un 20%. Por eso, normalmente la estrobilación suele producirse a principios de verano. Puede variar entre especies. En algunas ocurre a finales de primavera, pero es más habitual que tenga lugar a partir de junio.
Según señala José Carlos Báez, esto está provocando “una dilatación del periodo reproductor”, por lo que estamos viendo más generaciones de medusas en una sola temporada. Llegan antes y se van más tarde.
No todo va a ser el calentamiento global
Las proliferaciones masivas que estamos viendo con cada vez más frecuencias en las playas se conocen como blooms. Como hemos visto, el calentamiento global está provocando que empecemos a ver medusas antes y dejemos de verlas más tarde, pero no parece que sea la causa de los blooms.
“Es difícil afirmar con total certeza que la biomasa total de medusas en el Mediterráneo haya aumentado debido al cambio climático, principalmente porque no disponemos de series históricas suficientemente largas y homogéneas que permitan comparar la situación actual con la de décadas pasadas”, relata Báez. “Sin embargo, sí existe evidencia de que los blooms de medusas, así como la llegada de grandes enjambres a las zonas costeras, parecen ser cada vez más frecuentes y prolongados”.
El problema de la sobrepesca
“En un ecosistema sano, los peces teleósteos se comen sobre todo el zooplancton, en el que se encuentran las éfiras”, explica Báez. Entre esos peces que se comen las éfiras destacan, por ejemplo, las sardinas. Por otra parte, las medusas adultas son típicamente depredadas por las tortugas, pero también por peces grandes como los túnidos, a los que pertenece el atún. Todo esto, en su conjunto, ayuda a mantener las poblaciones de medusas más o menos estables.
A causa de la sobrepesca, hay cada vez menos depredadores para las medusas. Hay, por ejemplo, menos sardinas que se las coman en su fase de éfira y menos atunes comiendo medusas adultas. Si a todo eso le sumamos que en una temporada nacen más generaciones de medusas a causa del calentamiento del agua, tenemos el cóctel perfecto para la aparición de blooms.
La pescadilla que se muerde la cola (nunca mejor dicho)
En 2022, el equipo de José Carlos Báez publicó un estudio en el que se describía otra relación menos conocida entre las poblaciones de medusas y de sardinas o anchoas. Ya hemos visto que los peces se alimentan del zooplancton en el que se encuentran las éfiras, por lo que pueden ayudar a regular las poblaciones de medusas.
Sin embargo, no es tan conocido lo que pasa después. Y es que las medusas adultas también se pueden alimentar de los huevos de las sardinas y las anchoas. Por eso, si hay demasiadas medusas, pueden mermar la población de sardinas, de modo que habrá menos de estos peces adultos para seguir alimentándose de las éfiras. Como resultado, hay aún más medusas y vuelta a empezar. Se rompe el equilibrio entre un depredador y otro y claramente se decanta hacia la proliferación de las medusas.
Además, en ese estudio también se encontraba una relación entre la proliferación de las medusas y la disminución del peso de las sardinas adultas. Y es que, a su vez, las medusas adultas también se alimentan de zooplancton, por lo que compiten con las sardinas y anchoas por alimento. Si hay muchas, no permiten que se alimenten adecuadamente.
Con la proliferación de medusas se está produciendo algo conocido como gelatinización del agua. Lógicamente, estos animales, con su aspecto gelatinoso, tienen una gran influencia. Pero no son los únicos que favorecen ese aspecto. También proliferan otros animales gelatinosos, como los ctenóforos. Además, el agua se ve más turbia por el exceso de algas. Esto se debe a que en el Mediterráneo se está produciendo una gran eutrofización. Es decir, la acumulación de un exceso de nutrientes como el fósforo y el nitrógeno, que a menudo llegan al mar por la escorrentía procedente de explotaciones agrícolas en las que se usan como fertilizantes.
Ese aumento de nutrientes causa, a su vez, una mayor proliferación de algas, que enturbian el agua y dificultan la llegada de luz solar hacia el fondo marino. Si las algas del fondo marino no pueden realizar la fotosíntesis por falta de luz, tampoco habrá suficiente oxígeno disuelto en el agua.
Además, volviendo a las medusas, hay estudios que demuestran que cuando estas mueren y son descompuestas por microorganismos en el fondo del mar ese proceso de descomposición puede alterar la difusión de oxígeno hacia el interior de los sedimentos. Si hay una cantidad razonable de medusas, esto entra dentro de lo esperable, pero cuando hay demasiadas se rompe el equilibrio que normalmente hay y sí pueden verse afectados otros organismos.
En definitiva, tenemos un agua turbia con restos de algas, medusas y otros organismos gelatinosos. Incluso puede haber algunas células urticantes sueltas en el agua, de modo que al bañarnos sentimos el picor sin que haya medusas. Para colmo, hay tal desequilibrio en el ecosistema que también se ven afectados los organismos que se encargan de fijar la arena del fondo marino. Las playas tienen más piedras que arena y ya no son tan cómodas. Además, si te quieres comer un espeto en el chiringuito, posiblemente sea menos carnoso de lo habitual.
La solución no es la que crees
Lo último que debemos hacer es caer en el error de culpar a las medusas de todos estos problemas. Ellas están en su hábitat. No son una especie invasora a la que haya que sacrificar o esterilizar para evitar que se reproduzca. En este caso, bajo la opinión de Báez, la solución pasa sobre todo por controlar la pesca.
Sin sobrepesca, el mecanismo natural que ayuda a mantener las medusas en equilibrio volvería a restablecerse. Es cierto que las veríamos en nuestras playas durante más tiempo a causa del calentamiento del agua, pero no se encontrarían en cantidades tan altas. El problema más grave, hoy por hoy, no es que haya medusas durante más tiempo en nuestras playas. Es que se encuentran en cantidades desproporcionadas. Pero eso no es culpa suya. Como casi siempre, la culpa es nuestra.