Opinión
Camisa blanca de mi esperanzaLa épica del éxito en los mundiales de fútbol es un pegamento social invisible pero poderoso en una España polarizada hasta el extremo
Regala esta noticia Añádenos en Google Jugadores de la selección española saltan al terreno de juego en Dallas antes del partido contra Francia. (Efe)Alberto Surio
19/07/2026 a las 00:02h.La épica del éxito en los mundiales de fútbol, ese pegamento social invisible, nos proyecta hacia el exterior con una luz cegadora. En la tribuna ... de invitados de Nueva York, la estampa rozará el surrealismo político o la consumación de una era: Pedro Sánchez y Donald Trump, dos polos magnéticos de la narrativa global, comparten palco e intensas miradas de reojo mientras el destino de once jugadores decide el humor de un país. Es la espectacularización de la política fundida con el clímax deportivo. La expectativa del triunfo adquiere un gran valor en un país polarizado hasta el extremo en el que casi nada es compartido. El fútbol, aún, puede serlo y la camiseta roja, o la blanca, pueden reemplazar la camisa blanca de la esperanza con la que soñaba Blas de Otero.
Mientras tanto, en la Audiencia de Madrid el guion continúa, aunque con matices sustanciales. El tribunal mantiene abierto el proceso contra Begoña Gómez, pero se ha visto obligado a limar los aspectos más chirriantes y prospectivos de la instrucción del juez Peinado. Lo que queda sobre el tapete es un artefacto jurídico casi inédito: la posibilidad de que un jurado popular deba dilucidar si existió tráfico de influencias basado en una suerte de «presión moral» por ser la esposa del presidente.
Sostener un caso penal sobre el peso intangible de la influencia que la esposa del presidente ejercería al frente de su cátedra universitaria es adentrarse en un terreno insólito. Un veredicto en manos de ciudadanos de a pie sobre conceptos tan etéreos como la 'presión moral' amenaza con convertir el derecho penal en un juicio de intenciones políticas.
Los claroscuros se vuelven más nítidos es en el frente territorial. El aval de la Justicia europea a la estrategia de Sánchez en Cataluña no es ya una hipótesis de laboratorio, sino una realidad palpable. La tensión secesionista que paralizó al país durante casi una década ha sido desactivada, anestesiada por una mezcla de audacia política y pragmatismo normativo. El PSC maneja hoy las riendas del Govern, devolviendo la centralidad a la gestión del 'mientras tanto'.
Sin embargo, la calma es aparente. El paisaje post-procés ha dejado al descubierto nuevos y preocupantes monstruos. Junts, en pleno proceso de reconfiguración y buscando su sitio en la oposición, ya no solo compite contra el fantasma de su propio pasado unilateral, sino contra el espejo incómodo de Aliança Catalana. El ultranacionalismo xenófobo de Sílvia Orriols representa el verdadero peligro emergente en Cataluña; un virus identitario que ya no habla de la Arcadia feliz de la independencia, sino de exclusión y repliegue identitario. Los ecos del procés demostraron sus límites estructurales, pero el vacío que han dejado amenaza con ser llenado por un populismo de tintes oscuros.
Así llega España al desenlace de su verano: con el corazón en Nueva York persiguiendo la gloria futbolística, los ojos en las filtraciones judiciales de Madrid y el oído puesto en la mutación política catalana. Un país que se debate, como siempre, entre la luz de sus éxitos colectivos y las sombras de sus trincheras partidistas. Al final, gane o no la selección, el lunes volverá a amanecer sobre la misma España compleja, fascinante e inacabada.
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