- SERGIO SAIZ Nueva York
Un nuevo virus pandémico siembra el pánico en Wall Street.
La tasa de contagio es alta, aunque solo afecta a los hijos de los ultrarricos del país. Se estima que es necesario tener un patrimonio de 100 millones de euros para estar expuesto. Se llama affluenza y le quita el sueño a los padres de quienes heredarán algún día los grandes imperios financieros de EEUU. El vocablo con el que se ha bautizado al temido virus nace de la combinación de affluence (riqueza) con influenza (gripe). Tiene especial incidencia en hogares donde los hijos crecen totalmente protegidos ante cualquier dificultad gracias al dinero, hasta el punto de que terminan desarrollando una sensación de derecho adquirido sobre la fortuna paterna. En los casos más graves, incluso pierden la motivación para lograr cualquier cosa por sí mismos, más allá del deseo incontrolable de derrochar el patrimonio familiar.
No hay vacuna contra el virus de la affluenza, que campa a sus anchas entre los herederos de Wall Street. Hasta que la ciencia dé con una molécula mágica, la única fórmula que han encontrado los multimillonarios norteamericanos para inocular a sus hijos es enviarlos a alguno de los exclusivos campus de verano que ya no admiten a más participantes y donde aprenden a ser herederos responsables. Vendida hasta la última plaza. Hay lista de espera. La mayoría tienen lugar en sitios discretos, a medio camino entre Nueva York y Silicon Valley. Lejos también de las tentaciones del dinero. En plena naturaleza, no hay ningún sitio donde gastar y el momento estrella de la jornada es sentarse al anochecer alrededor de una fogata para compartir los traumas de ser multimillonario.
La escena podría parecer anecdótica, pero lo cierto es que es una tendencia al alza en Wall Street, donde las firmas que planifican la sucesión en grandes empresas familiares, bancos privados o family offices no solo buscan este tipo de campus, sino que desarrollan programas propios destinados a enseñar algo que no suele aprenderse en Harvard, Stanford o Wharton: cómo vivir siendo inmensamente rico sin que el dinero termine convirtiéndose en un problema vital. Es la gran obsesión que siempre han perseguido a Warren Buffett o Bill Gates, y que ahora se contagia más allá del top ten de las grandes fortunas mundiales.
Firmas como BDT & MSD organizan este tipo de campus. También entidades como Bank of America. Entre los más exclusivos figuran los programas de R360. Para ser miembro de la organización, hay que tener más 100 millones de dólares. Fundada por veteranos gestores de patrimonio de Wall Street, exige una cuota inicial cercana a los 140.000 euros, además de pagos anuales de 33.000 euros. Cuenta con alrededor de dos centenares de miembros, la mayoría fundadores de empresas, líderes que forman parte de la primera generación que busca inmortalizar su legado a través de unos herederos responsables que hagan crecer la fortuna familiar y no se conformen solo con gastarla.
Grupo de apoyo
Estos retiros mezclan emprendimiento, psicología, liderazgo, relaciones familiares e inversión. Los asistentes debaten cómo manejar amistades cuando proceden de familias multimillonarias. Hablan sobre el síndrome de vivir bajo la sombra de padres o abuelos extraordinariamente exitosos. Discuten cómo afrontar relaciones sentimentales cuando existe una herencia multimillonaria de por medio o cómo encontrar un propósito vital cuando nunca han necesitado trabajar para pagar las facturas o llegar a fin de mes. Son conversaciones que difícilmente pueden mantener en otros entornos sin las miradas inquisidoras de quienes les acusan de ser, simplemente, unos malcriados.
Hay que tener en cuenta que EEUU atraviesa un período excepcional de creación de riqueza. Entre 2020 y 2025, el 0,0001% más rico de la población -unas 250 personas- acumuló 2,5 billones de euros de nueva riqueza, según estimaciones de Realtime Inequality. Ajustada a la inflación, esa cifra equivale a toda la riqueza generada por ese mismo grupo durante las cuatro décadas anteriores, pero concentrada en un lustro. Ese éxito se replica en otras escalas patrimoniales, aunque el múltiplo se reduce gradualmente.
Nunca ha habido tantos multimillonarios en el mundo como ahora, y la mayoría de ellos se concentra en Nueva York, una ciudad que no conoce límites cuando de gastar dinero se trata. Tienen entre 50 y 70 años. Sus hijos y nietos heredarán una riqueza sin precedentes, que podría sostener varias generaciones, como fue el caso de los Rockefeller, el espejo en el que todos se miran como ejemplo de legado familiar, siempre y cuando no sean víctimas de la affluenza, ese virus que se cobró otros grandes apellidos, como el de los Vanderbilt. Cornelius, el patriarca, amasó una de las mayores fortunas de la Edad Dorada de EEUU. Hoy, pese a que su apellido da nombre a rascacielos, universidades y largas avenidas, de su fortuna prácticamente no queda nada tras años de excesos de sus descendientes.
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