- TOM BURNS MARAÑÓN
Los europeístas no pueden menos que tener todas sus esperanzas puestas en Mark Carney, que es un liberal de los pies a la cabeza.
Estos días Europa tiembla cuando votan los alemanes. Las elecciones estatales ayer en Mecklemburgo-Pomerania y en Berlín se ajustaron a la norma. Avanzó Alternativa por Alemania, AfD, que hunde sus raíces en el Tercer Reich y que ya arrasó hace dos domingos en las de Sajonia-Anhalt. AfD es un partido "patriótico" para unos y es temido por otros que detestan el pensamiento único de su política identitaria, y su querencia por la Rusia de Putin.
A Friedrich Merz, el canciller democristiano desde mayo del año pasado, puede que le quede un cuarto de hora al frente de la República Federal porque el griterío de la islamofobia silencia la política moderada del liberal conservadurismo. La popularidad de Merz anda por los suelos y en Francia la de Emmanuel Macron, también.
Muchos en Francia aseguran que la histriónica Marine Le Pen, al frente de Agrupación Nacional y al grito de Francia para los franceses, ganará las elecciones presidenciales el año que viene. Pero puede que se adelante a su toma de poder Alice Weidel, la fría y calculadora colíder de AfD. Ambas comparten un nativismo de mirada estrecha.
Francia es el pilar europeo de la inteligencia y Alemania lo es de la disciplina. Cuesta creer en Europa cuando sus pacientes políticas de consenso son rechazadas sin miramientos en las urnas francoalemanas. Y, sobre todo, cuesta tener fe en el futuro de Europa cuando no la tiene el Gobierno de Estados Unidos.
En el National Security Strategy de 2025, un documento oficial que establece las prioridades de la política estadounidense, se afirma que Europa se enfrenta a "civilizational erasure", literalmente a la borradura de su civilización, en los próximos veinte años. Esto se debe a masivos movimientos migratorios, al multiculturalismo y a la misma Unión Europea que socava la soberanía nacional. El documento cuestiona la sostenibilidad de la OTAN y la fiabilidad de los socios europeos.
Ante tal decepcionante panorama los euro optimistas, que los hay, han sacado de la chistera al primer ministro de Canadá, Mark Carney. La semana pasada pidió que su país sea un miembro asociado de los Veintisiete, fue abrazado por la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, y fue ovacionado sin cesar cuando se dirigió a los europarlamentarios en inglés y en francés y citó a Goethe en alemán.
Los europeístas no pueden menos que tener todas sus esperanzas puestas en Carney que es un liberal de los pies a la cabeza, educado en Harvard y en Oxford, y que fue gobernador del Banco Central de Canadá y del de Inglaterra antes de reinventarse como político. Carney les habla de valores, de la dignidad humana, y de la libertad y el imperio de la ley como en otro tiempo hablaba un Churchill, un de Gaulle, o un Adenauer. Sabe dónde estamos porque conoce de dónde venimos y a dónde se ha de ir.
Carney tocó todas las fibras sensibles del parlamento reunido en Estrasburgo cuando habló a los eurodiputados de un soldado canadiense que después de sobrevivir a un durísimo combate en un cerro cerca de Calais en la Primera Guerra Mundial recogió unas bellotas que encontró en el campo de batalla y las llevó consigo hasta que, declarada la paz, volvió a casa y las plantó en las afueras de su pueblo. Creció ahí un hermoso robledal y ya muy mayor el hombre recogió sus bellotas canadienses y las llevó a Francia donde las enterró en la misma colina donde había luchado décadas antes.
La historia que contó Carney me trasladó al sencillo monumento en Londres, donde nací y me crié, que honra a los muchos miles de canadienses que combatieron y cayeron en Europa durante las dos grandes guerras del siglo pasado. Se encuentra en Green Park que linda con el Palacio de Buckingham y, con su arbolado y sus praderas, es uno de los espacios más tranquilos del centro de Londres.
El monumento, que está en la parte más cercana a la residencia real, consiste en dos largas losas rectangulares, levemente inclinadas, de granito enrojecido sobre las cuales están empotradas hojas de arce, el emblema de Canadá, esculpidas en bronce. Aguas que surten de fuentes ocultas discurren sobre las losas y parece que flotan los brotes de ese árbol tan canadiense.
Entre la tropa canadiense que honra el monumento está la que desembarcó en junio de 1944 en una de las cinco playas de Normandía que fueron elegidas por el mando aliado para comenzar la liberación de la Europa ocupada por los nazis. La británica y la norteamericana se repartieron, dos cada una, las otras cuatro. El heroísmo de los canadienses se suele olvidar y Carney lo recuerda. Con el Reino Unido de capa caída y América ensimismada por Trump, atentos a Canadá. Con Carney al frente, los canadienses acuden en solitario al rescate de Europa.
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