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Reuters Carlos III se cita con Trump para mantener a flote una «relación especial» que ya no resiste el peso de la políticaMiércoles, 1 de abril 2026, 23:02
... llamada «relación especial» entre el Reino Unido y Estados Unidos en términos que remitían a una continuidad histórica definida por el presidente estadounidense como un «vínculo de parentesco invaluable y eterno, insustituible e inquebrantable», en una escenografía cuidadosamente diseñada para subrayar la solidez de un vínculo que, apenas unos meses después, ha entrado en una fase de desgaste visible, atravesada por desacuerdos estratégicos y por una exposición pública de las diferencias que rompe con la tradición de discreción diplomática que durante décadas caracterizó la interlocución entre ambos países.El desencuentro entre Washington y Londres tiene su origen inmediato en la guerra con Irán. La negativa inicial del premier a implicar al Reino Unido en los ataques estadounidenses, así como su reticencia a autorizar el uso de bases británicas para operaciones ofensivas, marcó un punto de inflexión en la relación personal entre ambos líderes. Aunque Downing Street acabó permitiendo acciones que ha definido como «defensivas», la reacción de Trump no se moderó, sino que derivó en una serie de críticas públicas que cuestionan no solo la decisión concreta, sino la fiabilidad en general del aliado británico.
El presidente estadounidense ha llegado a afirmar que Starmer «no es Winston Churchill» y ha sostenido que el Gobierno británico ha debilitado una alianza histórica que se había presentado como uno de los pilares de la estabilidad occidental. En uno de sus mensajes, Trump advirtió que los aliados que no contribuyan «tendréis que empezar a aprender a luchar por vosotros mismos, Estados Unidos no estará ahí para ayudaros más», y ahora ha amenazado incluso con abandonar la OTAN.
Starmer ha evitado una confrontación directa, ha reiterado que la relación bilateral sigue siendo sólida y ha insistido en el compromiso británico con las estructuras de seguridad colectiva, incluida la OTAN. En rueda de prensa este miércoles, afirmó que ha habido «una gran presión sobre mí para cambiar mi posición en relación con la participación en la guerra, y no voy a cambiar mi posición». «Sea cual sea la presión, sea cual sea el ruido, soy el primer ministro británico y tengo que actuar en función de nuestros intereses nacionales», zanjó.
En paralelo, el Gobierno británico ha comenzado a explorar un refuerzo de sus vínculos con la Unión Europea, en lo que algunos analistas interpretan como un intento de diversificar sus apoyos estratégicos ante la volatilidad de la relación transatlántica. «Creo que es de nuestro interés tener una relación sólida tanto con Estados Unidos como con Europa», señaló Starmer, antes de matizar que, en ámbitos clave como la defensa, la seguridad, la energía o la economía, «necesitamos una relación más fuerte con Europa».
Es en este escenario donde la figura del Rey adquiere una relevancia particular. La monarquía británica, sin poder ejecutivo pero con una capacidad simbólica potente, se ha utilizado históricamente como instrumento de proyección diplomática en momentos de tensión, bajo la premisa de que su neutralidad política permite mantener abiertos canales de interlocución que el ámbito gubernamental no siempre puede sostener. Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, Downing Street ha recurrido a esta vía con una frecuencia, consciente de la afinidad que el presidente ha manifestado hacia la institución y de su disposición a responder favorablemente a este tipo de gestos.
Sin embargo, el monarca deberá interactuar con un presidente cuyas posiciones en cuestiones clave, como el cambio climático o el multilateralismo, se sitúan en contraste con las preocupaciones que él mismo ha defendido siempre, y además debe preservar una estricta neutralidad en un contexto de confrontación política explícita. A ello se suma el factor interno, ya que la impopularidad de Trump en el Reino Unido y el cuestionamiento público de la conveniencia del viaje introducen un elemento de presión adicional.
Diversos sectores han planteado dudas sobre la oportunidad de la visita, argumentando que podría interpretarse como una legitimación simbólica de la postura estadounidense. Ed Davey, líder de los Liberal Demócratas, advirtió que la visita supondría «una humillación» para el Reino Unido y un «gran triunfo diplomático» para Trump. Otros análisis, sin embargo, advierten de que una cancelación podría tener efectos contraproducentes, en la medida en que sería percibida en Washington como un desaire y podría desencadenar una escalada adicional de tensiones. Jawad Iqbal, columnista de The Times, considera que cancelar el viaje «equivaldría a un acto monumental de autolesión nacional en un momento en el que Reino Unido necesita a Estados Unidos más que nunca», y consideró que «la visita real no podría llegar en un momento más oportuno» ya que «Trump siente una gran fascinación por todo lo relacionado con la realeza, en particular por la pompa y la ceremonia» y «eso le hace especialmente receptivo a este tipo de halagos institucionales».
Así, la visita de Carlos III a Washington se perfila menos como una reafirmación de certezas y más como un intento de ganar tiempo en un escenario en el que la estabilidad de la relación bilateral ya no puede darse por sentada.
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