Para Carlos Ruiz Zafón, los dragones eran animales de compañía. Los portaba estampados en sus camisas o colgaban de un pin en el ojal de la chaqueta. Dibujaba dragones en las dedicatorias de libros. Los coleccionaba: más de seiscientos, con pose diversa, hacían ... guardia en las estanterías de su casa. Y cada dragón era un objeto de memoria, una historia especial.
«Algunos son regalos de amigos de todo el mundo. Otros los he encontrado y adoptado en los lugares más inesperados y cada uno me trae recuerdos. Ya son muchos años coleccionando estas bestias, que ya van por las 600 o más, y creo que recuerdo las circunstancias en las que cada una ha llegado a mis manos», me dijo cuando inquirí sobre su pasión draconiana. Entre sus favoritos, un dragón francés de madera fragmentado en un puzle: «Lo encontré en un pueblo medieval del sur de Francia hace muchos años y me ha acompañado por varios continentes», recordaba.
En aquella imaginería mítica, los dragones barceloneses ocupaban un lugar preeminente: desde la leyenda medieval de Sant Jordi al Modernismo. Dragones asomados a la Rambla como aquel de hechuras orientales de la Casa Bruno Quadros, una antigua fábrica de paraguas y sombrillas. O el dragón que ensarta un Sant Jordi esculpido por Eusebi Arnau en la puerta de entrada de la modernista Casa Ametller y que ilustra la portada de 'La Barcelona de Carlos Ruiz Zafón', la guía de sus novelas.
Pero ninguno como el dragón de hierro forjado que diseñó Gaudí en la entrada a la Finca Güell, la primera obra que le encargó su mecenas. En una clara referencia a 'La Atlántida', de Jacinto Verdaguer, el dragón cancerbero del jardín de las Hespérides tiene la forma de las estrellas de tres constelaciones, explicaba Joan Bassegoda, el estudioso gaudiniano: la cabeza, el cuerpo y la lengua, la del Dragón; la pata, la de Hércules, y la cola, la Osa Menor.
La pasión por los dragones llevó a Ruiz Zafón a bautizar 'Dragonworks' la sociedad que gestionaba sus derechos de autor. El dragón de estirpe gaudiniana acompañaría al autor en la eternidad: es el emblema de la lápida de su tumba en el cementerio barcelonés de Montjuïc.
Gaudí atraviesa la obra zafoniana. La presencia del arquitecto cual Hacedor se manifiesta en 'Marina' y 'El juego del ángel'. En esta segunda, el luciferino Andreas Corelli tiene su residencia en una casa con vistas al Parque Güell, «aquella urbanización desierta que nunca había tenido más habitante que su arquitecto».
Nacido muy cerca del templo de la Sagrada Familia, Ruiz Zafón conoció en su infancia el desprecio hacia el Modernismo y la obra de Gaudí, hoy motor del turismo cultural en Barcelona: «Los bobalicones y sabihondos que tanto odiaban su belleza y su fuerza, o sus directos herederos, también siguen por aquí, aunque ahora han tenido que buscar otras dianas contra las que lanzar su estupidez, porque con Gaudí y sus colegas ya no se atreve casi nadie», decía el escritor acerca de quienes ningunearon al genio.
Al acabar su tetralogía, Ruiz Zafón rindió de nuevo homenaje al arquitecto en 'Gaudí en Manhattan', un relato recogido en su libro póstumo 'La ciudad de vapor'. Narrado en primera persona por un estudiante de arquitectura que admira a Gaudí, recrea el proyecto de aquel Hotel Attraction que no se llegó a edificar: «Gaudí. La sola mención de aquel nombre me producía escalofríos. Había crecido soñando con sus bóvedas imposibles, sus arrecifes neogóticos y su primitivismo futurista», proclama el narrador, que no oculta el ostracismo que padeció el arquitecto.
Para los guardianes de la modernidad, Gaudí era «un loco huraño y célibe, un iluminado que despreciaba el dinero (el más imperdonable de los crímenes) y cuya única obsesión era la construcción de una catedral fantasmagórica en cuya cripta pasaba la mayor parte de su tiempo ataviado como un mendigo, tramando planos que desafiaban la geometría y convencido de que su único cliente era el Altísimo».
El maestro informa a su discípulo del encargo del rascacielos neoyorquino y le propone que le acompañe como intérprete. Para Gaudí, un rascacielos «no es más que una catedral para gente que, en vez de creer en Dios, cree en el dinero». El joven acompaña al maestro a la isla de Manhattan; un carruaje negro les conduce hasta el hotel donde se hospeda su cliente, una enigmática dama de blanco. El encuentro dejará consternado al arquitecto que no está dispuesto a trabajar por un dinero que le podía ayudar en la construcción de la Sagrada Familia. ¿Un pacto demoniaco? El discípulo no alcanza a saber el motivo de aquella negativa, pero dedicará su vida a la construcción del templo expiatorio: «Porque, aunque Dios no tiene prisa, Gaudí, dondequiera que esté, sigue esperando».
GMV, el cerebro español detrás del control en tierra de Galileo
El número de extranjeros que adquirieron la nacionalidad española en Cádiz aumentó un 30% en 2025
Se disparan las agresiones sexuales con penetración, ocho frente a una durante el primer trimestre del año
El precio de los huevos desde hoy en los supermercados, de Mercadona a Consum, Alcampo o Carrefour
La DGT obliga a pasar la ITV cada seis meses a estos vehículos a partir de ahora
Las zonas de Andalucía que se verían inundadas por el mar en 2100 debido al calentamiento global
La DGT multa con 200 euros y la pérdida de 4 puntos del carnet a los motoristas que lleven el casco puesto pero no tenga esta condición
Garmin entra en modo Rebajas: relojes deportivos con descuentos y GPS para presumir de muñeca
Mamen Mendizábal, sobre la politización de la RTVE de Pedro Sánchez: «Tiene una obligación de servicio público»
Pedro Ruiz dice lo que muchos piensan sobre la batalla electoral entre Florentino Pérez y Enrique Riquelme: «Hay muchos intereses»
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Carlos Ruiz Zafón, Gaudí y los dragones, la historia de un vínculo
Carlos Ruiz Zafón, Gaudí y los dragones, la historia de un vínculo