Carmen Pacheco Rodríguez tomó su nombre artístico de su lugar de nacimiento, Linares (Jaén), y con él lleva instalada muchos años en la aristocracia del flamenco; su nombre acompaña a leyendas como Camarón, Paco de Lucía, Enrique Morente, Manolo Sanlúcar o José Mercé. Hace ... treinta años se asentó en este particular olimpo al grabar un disco, 'Antología de la mujer en el cante', que marcó un punto y aparte en la historia de la discografía del flamenco. El sábado, 21, en el Teatro Circo Price, Carmen Linares celebrará con un concierto los treinta años de aquella histórica grabación que sin embargo, recuerda, tuvo que esperar para ver la luz.
«Mi marido, Miguel Espín, y yo nos dimos cuenta de que en mis recitales hacía muchos cantes de mujeres pero sin pretenderlo… Y se nos ocurrió dedicarle ese trabajo para recordar a la Niña de los Peines, La Perla de Cádiz, la tía Marina Habichuela...» El propio Espín fue el documentalista y José Manuel Gamboa el productor del disco. Los «tres mosqueteros», como ella misma dice, se pusieron manos a la obra y llevaron el proyecto a la discográfica Polygram… «Y allí estuvo metido en un cajón durante ocho años -recuerda Carmen Linares-. No les debió parecer oportuno en ese momento... Y por otro lado, quizás fue mejor esperar, porque me pilló más madura cuando nos llamaron de la discográfica para decir que le interesaba ese proyecto. ¡Y estuvimos más de un año grabando!»
Intervinieron en aquel proyecto trece guitarristas -«doce más uno», se apresura a decir Carmen Linares-, entre ellos Vicente Amigo, Rafael Riqueni, Tomatito, Juan Habichuela, Enrique de Melchor, Moraíto, Pepe Habichuela o Paco Cepero. «Cuando les explicábamos que era una antología dedicada a la mujer se tomaban todavía más interés; hubo mucho entusiasmo porque era la primera vez que se hacía una antología dedicada a la mujer y hecha por una mujer».
El sol entra elegante por la ventana de la casa en la que viven Carmen Linares y Miguel Espín en un entorno pacíficamente universitario. Él se incorpora a la charla y ella le mira a cada rato buscando su complicidad. «¡Mi gran suerte fue cruzármelo!», dice orgullosa la cantaora. «El flamenco es uno solo -reflexiona cuando se le pregunta qué tiene el flamenco de mujer con respecto al flamenco de hombre-. La forma de afrontar el cante sí es diferente; los sentimientos son los mismos, pero quizás la forma de expresarlos sea distinta. La soleá de La Serneta la han cantado hombres y mujeres, lo importante es la personalidad que le imprimas, tu forma, tu verdad… Pero el flamenco es el mismo para todos».
«Yo no creo que el flamenco sea un arte machista -se apresura a contestar la siguiente pregunta-. El mundo que rodeaba al flamenco, a otras muchísimas profesiones, puede que lo fuera; el machismo estaba en el propio entorno. Pero yo personalmente no lo he sentido así. Yo ahora entiendo que los padres no querían que sus hijas fueran artistas, que salieran fuera, que se expusieran a 'peligros'…Pero yo no lo llamaría machismo. Y desde luego, la música flamenca no tiene nada de machista. ¿Que hay gente machista en el flamenco? Sí claro, y racista. Igual que fuera, qué le voy a contar».
Carmen Linares no tuvo problemas en este sentido. «Yo tenía a mi padre, comencé con él. Mi padre era ferroviario, pero en sus ratos libres cogía la guitarra; tocaba muy bien como aficionado y me animaba: 'cántate esto, cántate lo otro…'. Yo canto desde que era niña -recuerda-; en el cumpleaños de la maestra ya me decían: 'venga, canta'… Yo era la que cantaba siempre».
«Cantar hace mucho bien, aunque uno cante mal o le salgan gallos. Yo siempre lo recomiendo; canta, porque te ayuda a sacar todo afuera»
La vida llevó a Carmen Linares a Ávila: «a mi padre le trasladaron allí, estuve cuatro años y en Ávila fue donde conocí a Miguel. Había un concurso infantil y mi padre acompañaba a todos los niños. El premio era una tableta de chocolate. Yo cantaba porque me sentía muy bien cuando lo hacía, no sabía por qué… Ahora lo sé: porque lo llevo dentro y porque, además, cantar hace mucho bien, aunque uno cante mal o le salgan gallos. Yo siempre lo recomiendo; canta, porque te ayuda a sacar todo afuera».
Relata Carmen Linares que su infancia fue la de una niña normal, y que su decisión de convertirse en profesional la tomó al mudarse a Madrid. «Ya decidí que quería ser artista. Mi primer contrato fue en un tablao flamenco en Biarritz; después me fui a Estados Unidos. Empecé cantando para el baile, que eso es muy importante y ahí comenzó todo».
Pasar por el tablao y cantar para el baile es, para Carmen Linares, un aprendizaje muy importante, casi necesario: «estás en contacto con otros artistas, escuchas a otra gente; aprendes a estar en el escenario, a entrar en contacto con el público, a familiarizarte con él. Es como los médicos, cuando salen de la universidad y entran en un hospital; esto es lo mismo, adquieres unos conocimientos, pero los tienes que desarrollar. Y eso es el tablao para los flamencos». Ante un público nada sencillo. «Es difícil actuar en el tablao… Recuerdo que antes había un pase para los turistas, que estaban cenando y de repente empezaban a dar palmas sin saber muy bien por qué, y luego había otro pase para los aficionados, a las 12 de la noche, que iba a escuchar a Camarón, a La Perla de Cádiz, a Morente… Tener al público es por un lado más fácil, pero por otro lado impone mucho… El público del teatro quizás es más tímido, más distante, pero es muy bonito; el teatro tiene al público concentrado, escuchándote, y al final te aplauden mucho. Además, tiene siempre un buen sonido, unas buenas luces… Todo eso arropa y te inspira».
Bajo la atenta «vigilancia de los flamencólogos y los puristas» -sonríe con un punto de picardía-, cuenta la cantaora que la llegada del flamenco a la Universidad abrió este arte a un público más joven y aparecieron artistas como Paco de Lucía, Camarón, Morente, El Lebrijano, Meneses, Antonio Gades en el baile… «Ya era otra España. Era un flamenco muy bueno, muy auténtico, que no se salía de la tradición, pero era un flamenco con raíces y con alas… Como un disco que yo hice a partir de un aforismo de Juan Ramón Jiménez: 'raíces y alas, pero que las alas arraiguen y las raíces vuelen'. Es algo que define al flamenco». ¿Los artistas perdieron el miedo? «Sí, sí, sí… Aunque los hay que todavía lo tienen, no sé por qué, porque yo creo que que cada artista tiene que evolucionar, una evolución natural que es necesaria para expresarse como lo sienta. Miedo no hay que tener nunca a nada… Bueno, sí, a todos estos que están pululando y convirtiendo el mundo en un lugar tan feroz. ¿Pero miedo al arte? Nunca»
Defiende Carmen Linares el derecho, y la obligación, de los artistas de alzar la voz. «Cada uno tenemos un criterio y hay que manifestarse contra todo lo que sea guerra y sinrazón. Todo nos influye, y si dentro de tu profesión puedes expresar un sentimiento que despierte conciencias, bienvenido sea. La guerra no la quiere nadie». Y es que el flamenco no está separado de su sociedad… «En absoluto. El arte está en el mundo y los flamencos debemos estar atentos a lo que está pasando, no podemos aislarnos. Hay que estar ahí y hay que ayudar, hay que apoyar y arrimar el hombro siempre».
«El arte está en el mundo y los flamencos debemos estar atentos a lo que está pasando, no podemos aislarnos. Hay que estar ahí y hay que ayudar, hay que apoyar y arrimar el hombro siempre»
¿Qué motiva actualmente a Carmen Linares? Se le ilumina la cara. «Nuestro nieto de dos años, que nos tiene como locos. Cuando viene se nos cambia la cara… Cuando nace un hijo surge un sentimiento nuevo, se canta y se está de otra manera. Y ahora miro a mi nieto, veo a todos los artistas nuevos que salen, leo un libro, una poesía… Y todo ello me inspira. Es la propia vida, lo que me va a ofreciendo, lo que me motiva. Conforme vas cumpliendo años vas sintiendo de otra manera, vas descubriendo nuevos sentimientos»...
No canta todos los días. «Siempre me acuerdo de un compañero de Miguel en TVE, que le decía: 'Pero cómo aguantas que todas las mañanas Carmen empiece a cantar por granaínas?' Y contestaba Miguel: 'Pero si Carmen no canta en casa'. En algún momento dado sí puedo cantar, pero no es como antiguamente, que las mujeres cantaban haciendo las cosas de la casa, yo recuerdo a mi madre así. Pero yo ahora es que voy corriendo a todos los lados».
Como tantas mujeres artistas, Carmen Linares ha tenido que sacrificar cosas para poder compaginar la vida artística con la personal. «He intentado tener ayuda siempre, sin ella no se puede. Cuando estás de acá para allá no puedes estar centrada en tu casa; también he limpiado, he hecho lasaña, he cocinado, pero he tenido una persona en mi casa que me ha ayudado. Y luego la gran suerte de tener a mis padres que cuando iba de viaje me ayudaban».
Tiene Carmen Linares la mirada de una mujer feliz. ¿Lo es? «Sí, en líneas generales sí, ¿cómo me voy a quejar? Tengo una familia estupenda, una profesión de la que puedo vivir y que me da muchísimas satisfacciones -no solo cuando salgo a un escenario, también cuando escucho a otros artistas-. Cuando cantas y ves que haces feliz a mucha gente… Eso es la función principal del arte: remover y hacer sentir a las personas».
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Carmen Linares: «Solo hay que tener miedo a los que están convirtiendo el mundo en un lugar tan feroz»
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