Nemesio Oseguera Cervantes, también conocido como "El Mencho", era el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación y considerado por muchos como uno de los criminales más violentos del país.
Reportajes guerra del narco "Cayó el Mencho": el capo que gobernó sin dejarse ver e hizo del Cártel de Jalisco la mayor empresa criminal de MéxicoDurante una década tejió alianzas con funcionarios, compró silencios en municipios clave y desplegó una capacidad de fuego inédita frente al Estado; su final activa un tablero imprevisible de disputas internas y represalias.
Más información: Las Fuerzas Armadas de México abaten a 'el Mencho', el narco más buscado y capo del Cártel Jalisco Nueva Generación.
Julio César Ruiz Aguilar Publicada 23 febrero 2026 02:24hA El Mencho lo mataron muchas veces antes de matarlo de verdad. En México, la muerte de un capo suele circular como un rumor útil: sirve para medir lealtades, para reordenar mandos, para tentar a los enemigos y para que el Estado —cuando le conviene— insinúe que controla lo que no controla.
Con Nemesio Oseguera Cervantes ocurrió durante años: enfermedad renal, hospital propio, diálisis, desapariciones, resurrecciones. Un fantasma que convenía a todos: a los suyos, porque la sombra intimida; a sus rivales, porque el mito se desgasta; y a las instituciones, porque el "se está muriendo" aplaza el fracaso de no capturarlo.
Hasta hoy. La Secretaría de la Defensa ha confirmado que El Mencho, capo del Cártel de Jalisco Nueva Generación, ha muerto tras un operativo en la sierra de Jalisco. La versión oficial describe un intento de detención, un ataque contra personal militar y una respuesta "en defensa de su integridad" que dejó varios fallecidos.
Fotografía tomada a través de rastreo de redes del líder del Cartel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho. EFE.
En el despliegue se incautaron armas de guerra —incluidos lanzacohetes— y hubo dos detenidos. La noticia no llegó sola. Como casi siempre con el CJNG, la comunicación fue doble: el Estado anunció el golpe y la organización contestó con fuego.
Hubo bloqueos, vehículos incendiados, carreteras cerradas, ráfagas en puntos del centro del país. La coreografía de la intimidación: "pueden abatir al hombre, pero no pueden apagar la capacidad de caos".
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El Mencho es, quizá, el narcotraficante más poderoso de los últimos años cuyo rostro es menos contemporáneo. Hay pocas fotos y son antiguas. Esa rareza —en un tiempo donde todo se exhibe— no fue casual: fue método.
Oseguera construyó el poder desde el bajo perfil, no desde el narcofolclore. No necesitó corridos ni series; le bastó con que su nombre activara un reflejo de prudencia en pueblos, carreteras y comisarías.
En los territorios donde el CJNG se asentó, la vida cotidiana aprendió a moverse con un sexto sentido: persianas que bajan antes de tiempo, conversaciones que cambian de tono al pronunciar "cuatro letras", policías municipales que miran a los lados antes de mirar la libreta.
Pintadas reivindicando al Cártel de Jalisco Nueva Generación en las cercanías de San Cristóbal de las Casas. Julio César R. A.
Nemesio mandaba con una frialdad casi administrativa. No gritaba para hacerse oír: daba órdenes para que se cumplieran. Quienes trabajaron a su alrededor lo describen como un jefe obsesionado con el control, capaz de cambiar de refugio por una sospecha mínima y de castigar una filtración con una violencia quirúrgica.
No necesitó construir un personaje público: le bastó con que su nombre operara como un interruptor del miedo. Aunque, más que miedo, fue un aprendizaje de supervivencia.
El cártel operó como una administración paralela: decidió quién podía abrir un negocio, quién debía pagar por "protección", quién podía circular por una carretera secundaria. El Estado formal quedó, demasiadas veces, como un actor que competía con otro Estado clandestino.
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Nemesio Oseguera Cervantes nació en 1966 en Michoacán, en la región de Tierra Caliente, una geografía marcada desde hace décadas por la mezcla de agricultura de subsistencia, migración forzada y economías criminales.
Hijo de campesinos, cruzó a Estados Unidos siendo joven y fue detenido y deportado en los años noventa por delitos relacionados con drogas. Ese vaivén —México–Estados Unidos–México— forma parte del ADN del narcotráfico contemporáneo: redes transfronterizas, aprendizaje del mercado, retorno con contactos.
Su ascenso no fue dinástico. Fue un ascenso de escalera: narcomenudeo, pistolero, jefe de sicarios, jefe de plaza, mando regional.
En esa progresión se forjó una cultura de cuartel que luego impregnó al CJNG: disciplina, jerarquía, castigo ejemplar. De ahí el perfil paramilitar de la organización y su capacidad para desafiar abiertamente al Estado cuando lo consideró necesario.
Soldados revisan a conductores de motocicletas después de que el crimen organizado quemara vehículos para bloquear carreteras tras el operativo federal en el que fue asesinado el narcotraficante mexicano Nemesio Oseguera. Reuters.
La empresa criminal
El Cártel de Jalisco no se convirtió en la organización más poderosa del país por dominar una ruta, sino por entender antes que otros que el negocio había cambiado.
El narcotráfico dejó de ser un mapa de corredores para convertirse en un ecosistema de rentas: extorsión a comerciantes, cobro de piso, secuestros, robo de combustible, control de mercados locales, fraudes. Los de El Mencho aprendieron a capturar valor en cualquier punto de la vida económica de un territorio.
Integrantes del CJNG, en el estado de Michoacán, México. Cuartoscuro.
Al mismo tiempo, industrializó las drogas sintéticas. La metanfetamina —producida en laboratorios— y, más tarde, el fentanilo, convirtieron el negocio en una cadena de suministro global: precursores que entran por puertos del Pacífico, cocinas clandestinas en el interior, redes de distribución hacia la frontera norte.
Ese salto transformó al CJNG en una empresa criminal moderna, con logística, contabilidad, reclutamiento, abogados, blanqueo y un sistema de "recursos humanos" que incluía el reclutamiento forzado de jóvenes en zonas empobrecidas.
Para un lector europeo, el paralelo más útil no es el del "capo romántico", sino el de una multinacional del delito. Una estructura que funciona por departamentos, con mandos intermedios que gestionan territorios como si fueran sucursales, y un liderazgo que marca la estrategia general.
De Sinaloa a Jalisco
Esa mutación del negocio no se explica sin la relación ambigua —de sangre y conveniencia— que el CJNG mantuvo durante años con el Cártel de Sinaloa. Al principio no fueron enemigos: fueron socios tácticos.
El grupo que levantó El Mencho nació a la sombra del imperio sinaloense, como su brazo armado en el occidente del país cuando la guerra contra Los Zetas exigía algo más que pactos.
De aquella alianza heredó métodos, rutas y, sobre todo, una lección: que en el narcotráfico contemporáneo no basta con mover mercancía; hay que gobernar territorios.
La alianza duró lo que duran las conveniencias en el crimen organizado. Es decir: hasta que el aprendiz aprende demasiado. Cuando el CJNG dejó de ser un satélite útil para convertirse en un competidor con músculo propio, la relación viró de la tutela al choque frontal.
Sinaloa había construido su poder desde la negociación, la infiltración política y el control de corredores históricos; el grupo de Jalisco llegó con una lógica distinta, más vertical, más paramilitar, más dispuesta a disputar plaza a balazos aunque el costo fuera incendiar la calle.
Donde Sinaloa buscaba pactos, el CJNG imponía hechos consumados. Ese cambio de tono alteró el mapa criminal del país. Las plazas que durante años habían sido zonas de influencia compartida se convirtieron en frentes abiertos.
En estados como Colima, Guanajuato o Michoacán, la guerra no fue solo por rutas de salida de droga, sino por el control de economías locales. Puertos para los precursores, oleoductos para el robo de combustible, corredores industriales donde la extorsión se volvió un impuesto clandestino.
La pelea con Sinaloa dejó de ser una guerra de narcos por la frontera: pasó a ser una guerra por la recaudación cotidiana.
Un integrante del CJNG muestra un arma pesada en el estado de Michoacán. Reuters.
Hubo, sin embargo, treguas de conveniencia. En el mundo del narco, la enemistad es porosa: hoy se dispara, mañana se comercia. En momentos puntuales, facciones del CJNG y de Sinaloa volvieron a coordinarse para no estorbarse en determinadas rutas o para enfrentar a terceros que amenazaban el negocio de ambos.
No eran alianzas de confianza, sino pactos de respiración: acuerdos frágiles para que el flujo no se cortara mientras cada uno consolidaba su parcela. El crimen organizado mexicano aprendió a funcionar como un mercado: competencia feroz, colusión ocasional.
La ruptura definitiva llegó cuando el CJNG dejó de aceptar el papel de socio menor. La generación de El Mencho no quería heredar la arquitectura de Sinaloa: quería sustituirla.
Donde el viejo cártel se apoyaba en una red de lealtades tejidas durante décadas, el de Jalisco construyó poder con una velocidad que solo se logra a base de intimidación masiva.
Esa prisa tuvo un precio: más muertos, más ciudades paralizadas, más escenas de guerra a plena luz del día. La violencia se volvió una herramienta de posicionamiento de marca: una forma de decir "esta plaza ya no se negocia".
En pocas palabras, no se trató de una pelea entre dos bandas por un cargamento, sino de un choque entre dos modelos de crimen.
Uno, el de Sinaloa, más flexible, más político, más dado al pacto. Otro, el del CJNG, más militarizado, más centralizado, más dispuesto a gobernar con terror.
El ascenso de El Mencho fue, en buena medida, el relevo de un paradigma: del narco que corrompe en silencio al narco que impone a tiros. Y esa mutación explica por qué el país entró en una fase de violencia más visible, más caótica, más difícil de contener.
El Cártel de Jalisco de 'el Mencho' opera en España desde el 2023: trae metanfetaminas de México mientras se prepara para producir fentaniloLa ley de la plata y el plomo
Analistas de seguridad resumen la expansión del CJNG con una fórmula vieja y eficaz: plata o plomo. Comprar voluntades donde es posible; intimidar o matar donde no.
Esa combinación permitió al cártel penetrar en policías municipales, fiscalías locales y administraciones frágiles. En muchos municipios, la infiltración fue tan profunda que distinguir entre autoridad y crimen se volvió un ejercicio teórico.
Esa capacidad de corrupción explica por qué El Mencho burló durante años cercos que parecían definitivos. No se trata solo de esconderse bien, sino de moverse en un territorio donde las alertas llegan antes que los operativos. El fantasma sobrevivió porque el entorno estaba preparado para protegerlo.
Una de las escasas imágenes públicas de Nemesio Oseguera Cervantes: el jefe del CJNG, retratado en una escena doméstica que contrasta con la violencia que ordenó durante años desde la sombra. El Español.
Aunque discreto en lo personal, el CJNG fue estridente en lo operativo. En 2011, 35 cadáveres arrojados en Boca del Río, Veracruz, una carta de presentación con firma paramilitar.
En 2015, el derribo de un helicóptero militar con un lanzacohetes tras un intento fallido de captura, un punto de inflexión que mostró hasta dónde estaba dispuesto a llegar el cártel.
A partir de ahí, atentados, convoyes armados, videos de hombres encapuchados jurando lealtad al "patrón".
Cada vez que una pieza del clan era tocada —extradiciones, detenciones de operadores—, la respuesta fue colectiva: carreteras ardiendo, ciudades paralizadas, un recordatorio de que el castigo no era individual, sino territorial.
Un integrante del Cuerpo de Bomberos de Guadalajara intenta apagar un vehículo incendiado este domingo, en Guadalajara (México). EFE.
El enemigo de Washington
Estados Unidos convirtió a El Mencho en objetivo prioritario y puso precio a su cabeza: hasta 15 millones de dólares por información que condujera a su captura o condena.
No es una cifra simbólica: refleja la centralidad del CJNG en el tráfico de metanfetamina y fentanilo hacia Norteamérica.
La presión de Washington ha marcado la agenda de seguridad mexicana en los últimos años, con cooperación de inteligencia y exigencias de resultados.
El operativo que terminó con su muerte se inscribe en ese contexto de colaboración tensa: soberanía en el discurso, coordinación en la práctica.
El golpe al hombre funciona también como mensaje político hacia el norte: México puede —cuando quiere y cuando puede— alcanzar a los objetivos que Washington prioriza.
Mural pintado con las cuatro letras, CJNG, en Puerto Vallarta, Jalisco. Julio César R. A.
Su muerte llega en un momento en que el Gobierno necesitaba demostrar capacidad de golpeo real, no solo detenciones periféricas. No es casual que el objetivo abatido sea el nombre que durante años simbolizó el límite de lo posible para el Estado.
Si El Mencho hubiera sido detenido vivo, habría expediente psicológico, manías, excentricidades, detalles domésticos. Pero su método de discreción le negó al país esa anatomía del poder.
La leyenda se sostuvo en lo que no se veía. Un capo sin biografía pública, un jefe sin presente fotográfico. El mito funcionó como una tecnología de control: lo invisible intimida más.
Por eso su muerte tiene un efecto simbólico inmediato: rompe el hechizo. El cuerpo, confirmado, pone fin al rumor. El fantasma deja de ser útil.
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La caída de El Mencho no es el final del CJNG. Es, como ocurrió con otros grandes capos, el inicio de una fase más inestable. Las organizaciones criminales de este tamaño no desaparecen con la muerte del líder: se fragmentan. Y la fragmentación suele multiplicar la violencia.
La sucesión en el CJNG es incierta. Familiares encarcelados o perseguidos, mandos regionales con poder propio, operadores que conocen el negocio y pueden disputar el mando. Ese vacío es terreno fértil para la guerra interna.
Para el contexto español, la lección es incómoda pero clara: en México, el problema no es un hombre, sino un modelo de negocio criminal que se ha incrustado en territorios, economías locales e instituciones.
Un soldado mexicano, durante el decomiso de un laboratorio clandestino de metanfetaminas del CJNG. AP News.
El Mencho fue el arquitecto de una fase de ese modelo: la del cártel como empresa total, como Estado paralelo. Su muerte cierra una biografía oscura, pero deja intacta la pregunta central: cómo desmontar el sistema que permitió que un fantasma gobernara durante años sin dejarse ver.
La sierra de Jalisco, donde terminó su huida, vuelve a ser geografía: carreteras despejadas a trompicones, pueblos que levantan persianas con cautela, un silencio raro después del ruido. Pero el mapa que él ayudó a dibujar —el de un país con economías criminales que administran el miedo— seguirá ahí mañana. Y pasado.