Procrastinar o la autocrítica excesiva son comportamientos perjudiciales, pero en realidad nos intentan proteger. Este psicólogo escocés lleva años investigando cómo tratar estos procesos dañinos.
Regala esta noticia Añádenos en Google 24/06/2026 a las 16:48h.En nuestro cerebro actúa un escuadrón antibombas. No es tu enemigo, intenta protegerte, pero, ¡ojo!, puede hacerte daño. Se activa cuando percibimos un peligro o ... una amenaza, real o imaginada, y la mente prepara una respuesta –confrontación, huida, bloqueo...– para ayudarnos a sobrevivir, el gran objetivo vital de nuestra biología.
XLSemanal. ¿Qué son «explosiones controladas» en salud mental?
Charlie Heriot. Es una idea que surgió de un momento de revelación. Estaba viendo una serie sobre un equipo de desactivación de explosivos y, de repente, pensé: «Esto de crear una pequeña explosión controlada para prevenir una catástrofe mucho mayor es lo mismo que a veces hace nuestro cerebro».
XL. Efectiva metáfora, pero ¿qué le rondaba la mente para llegar a ella?
C.H. En mi trabajo he visto a personas lidiando con patrones como autocrítica, procrastinación, perfeccionismo, autolesión... Pueden parecer irracionales o autodestructivos, pero suelen tener una función protectora.
XL. ¿Autolesionarse o procrastinar es protegerse?
C.H. Para el cerebro puede ser, sí, una respuesta protectora. Nosotros nos fijamos en el daño causado: estrés, sufrimiento, autolesión..., pero él se enfoca en el daño evitado: vergüenza, rechazo, pérdida de control...
XL. Identifica 15 comportamientos de este tipo: sumiso, culpabilizador, perfeccionista, procrastinador, analgésico, reorientador... ¿Qué mecanismos los desencadenan?
C.H. La propia función primaria del cerebro, que es detectar amenazas y peligros y responder con celeridad. El problema es que no distingue bien si se trata de un peligro físico o emocional, como el rechazo social o el miedo al fracaso.
XL. ¿No funciona bien entonces?
C.H. No es que el cerebro funcione mal. Cumple con su cometido, pero las amenazas ya no son las mismas que afrontaban nuestros antepasados. Ante un peligro físico es útil limitar nuestra atención, simplificar la toma de decisiones y adoptar estrategias que nos funcionaban antes, pero en la vida moderna esas reacciones defensivas nos llevan a sobreestimar los riesgos y subestimar nuestra capacidad de afrontarlos.
XL. Adaptar el cerebro a la sociedad contemporánea ¿sería una evolución necesaria como especie?
C.H. Es un modo de verlo, porque no se trata de impedir que nos proteja, sino de actualizar ante qué cree que necesitamos protección. Bajo amenaza, el cerebro prioriza la seguridad sobre la flexibilidad.
XL. ¿Implica esto que no podemos confiar en él para tomar decisiones?
C.H. Depende en buena medida de nuestra autoconciencia. Si logramos reconocer por qué amenaza está motivada nuestra respuesta, nos podremos distanciar de ella y no seguirla de forma automática, inflexible y prolongada, que es lo que pone en riesgo nuestra salud mental.
XL. ¿Cómo identificamos estas tendencias autodestructivas?
C.H. Lo básico es observar patrones en los que nuestro comportamiento nos genere problemas repetidamente: postergar las cosas, exceso de autocrítica, establecer estándares imposibles... A menudo nos sentimos atrapados en un círculo vicioso haciendo algo que sabemos que nos perjudica, pero que nos resulta difícil detener. En lugar de preguntarte: «¿Por qué me hago esto?», pregunta: «¿De qué intenta protegerme esto?». Al cambiar el enfoque y comprender qué hay detrás dejas de ver ese comportamiento como un problema. El primer paso es reconocer que hasta los patrones más difíciles intentan ayudarnos.
«Cuando la autocrítica pasa de ser una guía a un castigo y es severa, implacable, en lugar de ayudarte a mejorar se convierte en un problema de salud mental»
XL. Un patrón difícil podría ser la autocrítica, ya que puede motivarnos a mejorar, pero también llevarnos al autodesprecio. ¿Cómo saber dónde está el límite?
C.H. No es una línea fija. Es algo que se siente. Cuando la autocrítica pasa de ser guía a castigo, señal de que necesitas un enfoque diferente. Cuando es severa, implacable o está ligada a la autoestima, genera un problema en lugar de mejora. Una forma útil de evaluarlo es observar sus efectos. ¿Te da sensación de claridad y motivación, o de tensión, desánimo y estancamiento? El cambio sostenible surge desde la comprensión más que desde una presión interna constante.
XL. ¿Dónde radica la diferencia entre quien sufre arrebatos funcionales y controlados y quien desarrolla problemas de salud mental?
C.H.. En la intensidad, flexibilidad y contexto de estos patrones. El perfeccionismo es útil en una tarea de alto riesgo, pero aplicarlo a todo de forma rígida es agotador y limitante. La diferencia radica en si la persona adapta su respuesta a la situación o se siente obligada a seguirla.
XL. ¿Qué papel desempeñan en todo esto las experiencias en la infancia?
C.H. Son básicas para moldear lo que el cerebro percibe como amenaza. Si creces marcado por la crítica, la imprevisibilidad o la inseguridad emocional, desarrollas estrategias para gestionar esas condiciones siendo autocrítico, hipervigilante, evasivo... Eso te ayudó a sobrellevar esas situaciones, sentirte integrado o seguro, pero si persiste tras cambiar el entorno genera problemas. No los veas como defectos, sino como respuestas adaptativas que te fueron útiles, pero necesitan actualizarse.
XL. ¿Qué cambio se produce al dejar de verlas como defectos personales?
C.H. Cuando los vemos como defectos, respondemos con frustración, pero si los entendemos como intentos de gestionar amenazas dejamos de juzgarlos y empezamos a relacionarnos con ellos de otro modo. No se trata de justificar ese comportamiento dañino, sino de comprenderlo. Si reconocemos una compensación entre el daño causado y el daño evitado, abrimos la posibilidad del cambio.
«Las redes sociales amplifican las condiciones que generan estos patrones dañinos al aumentar la comparación, la evaluación y el juicio, lo cual activa el sistema de amenaza del cerebro»
XL. ¿Existen tipos de explosiones controladas particularmente resistentes al cambio?
C.H. Sí, aquellas en las que hemos confiado mucho tiempo, vinculadas a emociones como miedo o vergüenza, o a necesidades insatisfechas de fases previas de la vida. Si un patrón te ayudó a evitar el dolor, el cerebro se aferra a él. Esa resistencia no es signo de fracaso, sino indicio de la importancia que tuvo en su día ese patrón. El cambio viene al crear una sensación de seguridad y que ya no sea necesario hacerlo igual.
XL. Es experto en terapia centrada en la compasión. ¿Por qué esta es más efectiva que la crítica?
C.H. Porque la crítica activa la amenaza, mientras que la compasión ayuda a regularla. Con la autocrítica crecen la tensión y la ansiedad y nos ponemos a la defensiva, lo que dificulta cambiar tu comportamiento. La compasión, sin embargo, crea sensación de seguridad y tu cerebro se vuelve más flexible y receptivo, lo cual ayuda a cambiar.
XL. ¿Qué herramientas propone para cultivar la compasión interior?
C.H. Son prácticas sencillas. Una es desarrollar la conciencia del tono interno: observar cómo nos hablamos, sobre todo bajo presión. Tu autopercepción se transforma. Otra es conversar con esa parte que se siente crítica para intentar comprender qué intenta proteger. El objetivo es construir otra relación con esas partes.
XL. ¿Cuál es el error más común que cometemos al intentar cambiar patrones destructivos?
C.H. Intentar combatir o eliminar el patrón demasiado rápido. Corres el riesgo de pasar por alto su función, lo que intenta lograr o de qué intenta protegerte; sin esa comprensión el cambio es efímero. Otro error es usar la autocrítica como motivador. Parece eficaz a corto plazo, pero aumenta la presión y afianza los patrones. El cambio es más sostenible desde la comprensión y el apoyo, no desde la imposición.
XL. ¿Cómo afecta la cultura de las redes sociales a la frecuencia o el desarrollo de estas explosiones?
C.H. Amplifican las condiciones que las generan: aumentan la comparación, la evaluación y el juicio, todo lo cual puede activar el sistema de amenaza. Además, promueven versiones idealizadas de la vida, lo que eleva los estándares internos y alimenta el perfeccionismo. También refuerza los ciclos de evitación o procrastinación, ya que ofrecen un modo fácil de escapar de tareas o emociones difíciles. Las redes no causan estos patrones, pero crean un entorno en el que se vuelven más frecuentes e intensos.
XL. ¿Puede la comprensión de estas explosiones cambiar nuestro modo de hablar sobre salud mental?
C.H. Sin duda. Dejar de verlas como irracionales o autodestructivas y preguntarnos qué propósito tienen esas conductas nos aleja de la idea de que las personas necesitan 'arreglarse' y nos acerca al reconocimiento de que muchos de sus problemas son respuestas comprensibles a las experiencias de sus vidas. Mapear no solo el daño causado sino también el evitado ayuda al profesional que trabaja con experiencias intensas, incluida la psicosis, a dejar de verlas como síntomas que eliminar y comprenderlas como respuestas que explorar.
XL. Hizo una maestría en Psicología de la Religión y una tesis centrada en el misticismo y la locura. ¿Qué importancia tuvo en su trabajo?
C.H. Siempre me han atraído las experiencias en los límites de lo 'normal': estados místicos, percepciones alteradas y cómo se superponen con la psicosis... Estudiar eso en distintas culturas me ayudó a cuestionar algunas suposiciones occidentales al respecto. Entendí que no importa solo la experiencia; también cómo se comprende, se apoya y se integra. Y eso varía en distintos contextos. Esa perspectiva me acompaña desde entonces.
XL. Oír voces, por ejemplo, en Occidente es un trastorno, pero en otras culturas es signo de sabiduría o de conexión con otro mundo...
C.H. Porque el contexto es definitivo. En algunas culturas es algo espiritual o significativo, pero aquí es síntoma de enfermedad. Esta interpretación da forma a cómo nos relacionamos con la experiencia y reaccionamos ante ella. Es nuestra respuesta lo que la hace angustiante o manejable. Si te sientes comprendido, apoyado y capaz de darle sentido, todo es menos abrumador. Si te sientes aislado, asustado o estigmatizado, todo es más difícil. Por eso no me pregunto si algo es puramente patológico o significativo; me centro en lo que ayuda al paciente a sentirse más seguro, menos solo y mejor preparado para vivir con esa experiencia.
EL ESCUADRÓN ANTIBOMBAS DEL CEREBRO
Con esta metáfora, Heriot-Maitland identifica en su libro quince reacciones defensivas de nuestro cerebro que pueden acabar rebelándose contra nosotros. Estas son algunas de ellas.
EL DISOCIADOR. George Gallup, profesor de Periodismo, ficha por Young & Rubicam —la mayor agencia publicitaria de Nueva York— como director de investigaciones de mercado. Su tarea: medir qué le interesa al público para que los clientes inviertan mejor su dinero. El sondeo moderno nace en la legendaria avenida Madison.
EL SUMISO. Nos protege del conflicto y el daño cuando hemos sufrido en el pasado. Para ello reduce nuestra autoestima al criticarnos, atacarnos y menospreciarnos antes de que lo hagan los demás, demostrándoles así que no somos una amenaza. La seguridad se obtiene a costa de la vitalidad y la autodestrucción gradual.
EL CULPABILIZADOR. Cuando el caos se desata, te dice: «Es culpa tuya». Detecta fallos para crear una sensación de control y autonomía. El precio: atraparnos en ciclos de culpa y vergüenza y darnos ilusión de control bajo el peso de la autocondenación.
EL MEJORADOR. Detecta fallos y debilidades para fomentar la superación y la autocorrección, pero cuando es el miedo lo que lo mueve, peligro. Su lógica: si me corrijo, evitaré ser rechazado, juzgado o perjudicado, pero entonces cada error se convierte en prueba de que no soy lo suficientemente bueno. Tiene buenas intenciones, pero se convierte en presión, y esa presión en castigo, más desmotivador que alentador.
EL CREADOR DE CAOS. Siembra destrucción y drama para protegernos de conflictos internos, el estancamiento y la incomodidad. Crear caos nos distrae del dolor, nos libera o nos hace sentirnos vivos, pero las crisis externas pueden alterar nuestras rutinas, relaciones y nuestra estabilidad.
EL PESIMISTA. Nos susurra: «No te hagas ilusiones». Rebaja nuestras expectativas y nos protege de la decepción, la vergüenza, el fracaso y el rechazo. «Si no lo intentamos, no podemos fracasar», te dice. Pero, al hacerlo, nos lleva a provocar justo los resultados que predice.
EL PERFECCIONISTA. Promete seguridad al hacer que todo sea impecable. Nos convence de que al establecer estándares imposibles y revisar cada detalle tendremos éxito, pero al perseguir la perfección podemos quedar paralizados.
EL PROCRASTINADOR. Maestro de las pausas, el orden y el scroll en redes sociales. Nos protege de la monotonía y del miedo al fracaso al alejarnos de las tareas creando distracciones y retrasos, tentándonos con pequeñas dosis de novedad. Obtenemos un alivio a corto plazo, pero lo que de verdad nos importa se queda sin hacer.
EL BUSCADOR DE CERTEZAS. Nos protege de lo desconocido al crear un mundo predecible. Evitar la incertidumbre nos hace sentir seguros, pero puede sabotear nuestro crecimiento.