Christa Pike ante el juez en 2007. J. Miles Cary/ Knoxville News Sentinel/USA TODAY NETWORK via REUTERS
EEUU Christa Pike, primera mujer condenada a muerte en 200 años en Tennessee, sobrevive a la inyección letalLa mujer lleva 30 años en el corredor de la muerte, fue violada repetidas veces de niña y cometió el asesinato por el que la condenaron con 18 años.
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Itziar Nodal Corresponsal en EEUU Publicada 1 octubre 2026 08:13h Actualizada 1 octubre 2026 08:13h LO ESENCIAL Exclusivo suscriptores Síguenos LO ESENCIAL Generado con IA Las clavesChrista Pike se guardó un trozo del cráneo de la joven a la que había asesinado y se lo enseñó a sus compañeras de clase como si fuese un trofeo. Tenía 18 años. Este miércoles, a los 50 y después de tres décadas en el corredor de la muerte, Tennessee ha intentado ejecutarla sin éxito.
Horas antes, Pike había conseguido que se aplazase su inyección letal. Un tribunal federal la suspendió para estudiar un recurso relacionado con los abusos sexuales que sufrió desde niña y que, según su defensa, el jurado nunca pudo valorar antes de condenarla a muerte.
La tregua duró hasta la tarde. El Tribunal Supremo, con la oposición de sus tres juezas progresistas, autorizó a Tennessee a seguir adelante con la que iba a ser la primera ejecución de una mujer en más de dos siglos en el estado.
La pena de muerte alcanza máximos en una década: China es el país con más ejecuciones seguido de Irán y Arabia SaudíUna infancia de abusos y abandono
Pike tuvo una infancia y adolescencia traumáticas. Tenía dos años cuando empezó a sufrir abusos sexuales. El agresor era el novio de su abuela paterna, la mujer que la criaba y a la que consideraba la única persona que la quería. Según los informes de la defensa, las agresiones se prolongaron hasta los cinco.
Su padre la pegaba con su cinturón a menudo y la echó de casa en varias ocasiones. Su madre consumía alcohol y drogas, incluso quiso dejarla morir en una ocasión. Algunas de sus parejas también maltrataban a la niña, física y sexualmente. Pike creció entre adultos que la agredían y familiares que ponían en duda lo que contaba.
A los 11 años la violó un vecino. Su madre no la creyó. Una profesora intervino y el hombre acabó siendo procesado por abusos a una menor, pero no entró en prisión. Regresó a su casa. Pike lo veía a diario para ir al colegio.
Al año siguiente murió su abuela. La niña intentó suicidarse y apenas recibió ayuda psicológica. Los problemas continuaron en casa. A los 14, tras otra agresión de una pareja de su madre, los servicios sociales la trasladaron a un centro de acogida. Tres meses después volvió con ella. La defensa sostiene que apenas hubo seguimiento para comprobar que estuviera a salvo.
A los 17 fue violada de nuevo. Un desconocido la abordó en la calle y la arrastró hasta una zona arbolada. El hombre nunca fue identificado ni procesado. Para entonces, Pike había sufrido años de violencia sin recibir la protección ni el tratamiento que necesitaba. El trastorno bipolar y el estrés postraumático que padece se los diagnosticaron cuando ya estaba en prisión.
El asesinato de la compañera
La joven a la que Pike asesinó se llamaba Colleen Slemmer. Tenía 19 años y era su compañera en el Job Corps de Knoxville, un centro de formación profesional en Tennessee. La Fiscalía atribuyó el crimen a los celos: Pike estaba convencida de que Colleen quería quitarle a su novio, Tadaryl Shipp.
La noche del 12 de enero de 1995, Colleen salió del centro con Pike, Shipp y otra alumna, Shadolla Peterson. Los cuatro llegaron a una zona arbolada del campus de la universidad estatal. Allí, Pike comenzó a golpearla. Su novio participó en la agresión y ayudó a sujetar a Colleen cuando intentó escapar. Peterson, mientras, vigilaba que nadie se acercara.
Según la sentencia, Colleen les rogó que la dejaran marcharse. Las súplicas no detuvieron la agresión. Pike la golpeó repetidamente en la cabeza con un trozo de asfalto suelto. La autopsia confirmó que esos golpes habían provocado su muerte.
Shipp admitió haber grabado, con ayuda de un cúter, una estrella de cinco puntas en el pecho a la víctima. El símbolo disparó el interés de los medios, en unos años de alarma en Estados Unidos por los supuestos rituales satánicos.
El joven tenía 17 años, por lo que no podía ser condenado a muerte. Recibió cadena perpetua con posibilidad de libertad condicional. Peterson, por su parte, declaró contra los dos y quedó en libertad vigilada.
La última batalla por su vida
Christa Pike tenía 20 años cuando fue condenada a muerte. Su abogado presentó el testimonio de tres familiares y descartó la declaración de la psicóloga que había estudiado su infancia.
Su actual defensa sostiene que el jurado no pudo valorar la gravedad de los abusos sexuales que había sufrido. En 2019, un tribunal federal de apelaciones rechazó anular la pena: entendió que buena parte de aquel pasado ya se había expuesto.
Amnistía Internacional, juristas de Cornell y organizaciones de apoyo a víctimas de violencia sexual pidieron cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos también recomendó revisar y conmutar la sentencia por las carencias de su defensa.
El gobernador republicano Bill Lee rechazó concederle clemencia el lunes. Para la Fiscalía, después de décadas de recursos, otra demora prolongaba el sufrimiento de la familia de Colleen.
A las puertas de la prisión, el miércoles, se reunieron quienes pedían clemencia y quienes exigían que se cumpliera la sentencia. Pike es budista y entre sus apoyos había decenas de miembros de Wildheart, el centro de meditación de Nashville donde enseña su guía espiritual. Llevaban camisetas con el lema "El amor cura".
Entre los partidarios de la ejecución había dos mujeres que habían conducido cuatro horas desde Louisville, en Kentucky, para estar allí. "Mantenerla viva cuesta dinero", declaró una de las asistentes al periódico local. Otra defendía el "ojo por ojo".
La madre de la víctima, May Martínez, también estaba allí. Quería enseñarle una foto de su hija mientras Pike era ejecutada.
La reo rechazó elegir su última comida y también cómo morir. Por la fecha de su delito, podía escoger entre la silla eléctrica y la inyección letal. Alegó que sus creencias budistas le impedían participar en esa decisión. En esos casos, la ley establece la inyección.
Sus abogados ya habían advertido en agosto de que sus venas podían dificultar el procedimiento y prolongar el dolor. El Estado respondió que las extracciones de sangre recientes se habían realizado con normalidad. El juez rechazó la objeción.
A las siete y media de la tarde, los testigos pudieron ver cómo la ataban a la camilla. "Estoy en paz. Estoy lista para ser libre". Minutos después se quejó de que el brazo parecía a punto de estallar.
Pasadas las ocho, los funcionarios cerraron las persianas que permitían verla desde la sala de testigos. Por el micrófono seguía oyéndose su respiración. A las nueve menos diez hicieron salir a los periodistas, sin haber anunciado todavía su muerte.
La pena de muerte se triplica en Corea del Norte desde que cerró fronteras en 2020: consumir K-Pop y teleseries, primera causaLos abogados pidieron que detuvieran la ejecución y la atendieran. Según la defensa de Pike, no conseguían contactar por teléfono con la Fiscalía, la oficina del gobernador ni el Supremo de Tennessee.
A las diez y media de la noche, hora local, el juez federal Clifton Corker anunciaba que el personal sanitario había empezado a prestar atención médica a Pike.
Por el momento, se desconoce si la agonía ha terminado o si Pike se recuperará y volverá a la prisión en la que ha pasado la mayor parte de su vida.
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