Años de abusos sexuales con ella inconsciente, grabadas y perpetradas por su marido. Las violaciones a Claudia Wuttke repiten el patrón del caso de la francesa Gisèle Pelicot. La gran (e indignante) diferencia: no ha habido condena para su violador. Wuttke se ha rebelado y busca que la vergüenza cambie, de una vez, de bando.
Regala esta noticia Añádenos en GoogleCarlos Manuel Sánchez | Foto: Bettina Theuerkauf
04/09/2026 a las 13:22h.Claudia Wuttke (Berlín, 1966) acudió a la comisaría de Luneburgo, en el norte de Alemania, una mañana de junio del año pasado. Los agentes querían ... enseñarle algo encontrado en el ordenador de su exmarido. Cuando llegó, extendieron ante ella cerca de un centenar de capturas de pantalla. En las imágenes aparecía una mujer con los ojos cerrados, aturdida o inconsciente, sometida a distintas agresiones sexuales. «Me quedé atónita. ¡Esa mujer era yo!», recuerda. Empezaba así una odisea personal y judicial, similiar a la de la francesa Gisèle Pelicot.
Editora, agente literaria y traductora, Wuttke firma como Sia Piontek novelas policíacas. Podía haber conservado el anonimato, pero eligió dar la cara y convertir su caso en una causa: ha recurrido, ha fundado una plataforma para otras supervivientes y ha obligado a Alemania a replantearse su ley.
Claudia Wuttke. Nos divorciamos ya en 2013, pero no nos separamos de verdad hasta 2018. Fue una relación muy tóxica. Intenté separarme una y otra vez, pero es lo que pasa cuando estás con un narcisista: desde fuera, para los demás, resulta incomprensible, pero para quien está dentro no es tan fácil emanciparse.
XL. ¿Por qué?
C.W. Tiene que ver con la presión psicológica y con esa esperanza que se renueva siempre: mañana todo irá mejor. Pero nunca va mejor. Aun así, conseguí dejarlo, casi en paralelo a empezar a trabajar por cuenta propia. Y fue liberador. Empecé a bailar tango, que era un sueño de toda mi vida, escribía a tope y publiqué mi primer libro, que llegó a la lista de los más vendidos en Alemania. Era feliz.
XL. Y entonces llegó la llamada de la policía.
C.W. Fue el 11 de junio de 2025. Eran las ocho de la mañana. Un día soleado. Estaba terminando de arreglarme cuando llamó alguien y dijo: «Policía criminal» y preguntó si podía pasarme por comisaría. Y yo: ¿cómo, por qué, de qué se trata? Me dijo que era sobre mi exmarido. Y ahí se me heló la sangre.
XL. ¿Qué se encontró al llegar?
C.W. La situación tenía hasta cierta gracia surrealista. Vino hacia mí la agente, una mujer resuelta, de unos 36 años. Y yo pensé: podría ser Carla, la protagonista de mis novelas.
XL. ¿La preparó para lo que iba a ver?
C.W. No. Simplemente puso delante de mí cinco o seis hojas, y en cada una había pequeñas capturas de pantalla en blanco y negro.
XL. ¿Cuándo entendió que era usted la de las fotos?
C.W. Me reconocí de inmediato. Y al mismo tiempo no me reconocía, porque era espantoso ver esa cara, el aturdimiento, ese no poder moverme. Escenas de violación, muy claras, inequívocas… Aquel día volví a fumar.
«De repente, toda tu vida queda hecha añicos. No sospeché nunca. A ese hombre lo habría creído capaz de muchas cosas, pero no de algo así»
XL. ¿Qué se le pasa a uno por la cabeza en un momento así?
C.W. De repente veinte, veinticinco años, toda tu vida queda hecha añicos delante de ti. Yo no sabía nada. Nunca sospeché. A ese hombre lo habría creído capaz de muchas cosas, no de actos como esos.
XL. ¿Cómo dio la policía con esos archivos?
C.W. Por casualidad. El ordenador se lo confiscaron por una sospecha de posesión de pornografía infantil. Hasta hoy no sé qué ha sido de ese procedimiento.
XL. ¿De cuándo es la última grabación en la que aparece usted?
C.W. El último vídeo data de 2021. Fue espantoso. Para entonces ya estábamos separados. Una vez él me recogió del médico porque me habían puesto anestesia y no estaba en condiciones de conducir. No recuerdo lo que pasó después.
XL. Mirando atrás, ¿hay algo de usted misma que ahora entiende mejor?
C.W. Creo que conocer estos crímenes espantosos ha tenido para mí algo curativo. Siempre había intentado entender por qué tengo tanto miedo a la cercanía y a las relaciones, por qué me rechazo y me considero tan poco atractiva.
XL. ¿Y ha mejorado su percepción de sí misma?
C.W. Sí. Porque un alma y un cuerpo maltratados –aunque yo no lo supiera conscientemente, aunque no pueda recordarlo– dejan huellas. Pensé durante años que algo fallaba en mí. Hoy lo veo de otro modo: el enemigo ya no vive dentro de mí. Está fuera. Y eso lo cambia todo.
XL. En noviembre, la fiscalía archivó 65 de los 67 casos porque habían prescrito a la luz de la nueva ley. ¿Qué sintió?
C.W. Fue un terremoto. Cuando mi primera abogada me escribió «sch [la abreviatura en alemán de 'mierda'], no se puede hacer nada, está archivado», pensé: ahora sí que se acaba el mundo. Se hunde, y yo con él. Como víctima tienes que agarrarte a algo. Y yo me había agarrado a colaborar con la policía. Pasé por todo: el interrogatorio de dos horas y media grabado en vídeo, que fueran a mi casa con un cesto lleno de expedientes y me leyeran uno por uno los 67 casos... Pensaba: al menos tendré justicia, el Estado de derecho me protege.
XL. ¿Se sintió desamparada?
C.W. Sí. Mi agresor, que había entrado en prisión preventiva, quedó de nuevo en libertad. Después hubo un tiempo de pausa, de silencio, de no-puede-ser-verdad. Hablando con un amigo, llegué a una conclusión: tengo que recurrir. Solo tenía dos opciones: o me muero o me defiendo y recupero mi dignidad.
XL. Y cambió de abogada.
C.W. Supe de Christina Clemm, la penalista más conocida de Alemania, especializada en mujeres que han sufrido violencia sexual. Le escribí un correo y no había pasado ni un cuarto de hora cuando tenía su respuesta: «Hablemos».
«La cabeza cayéndose hacia un lado, Alguien que no puede decir 'no'. Ni pedir ayuda... Que eso no sea considerado una 'situación de desprotección' no lo entiende nadie. Pero así es en Alemania»
XL. La nueva ley sostiene que una mujer dormida o incapacitada no se encuentra, por ese solo hecho, en «situación de desprotección».
C.W. No soy abogada, pero lo explicaré con mis palabras. El derecho penal alemán se reformó en 2016 y, en teoría, se endurecería en favor de las víctimas, pero salió un galimatías. Una violación se considera un crimen especialmente grave si hubo peligro para la vida, se usaron instrumentos peligrosos o la víctima estaba en una situación de desprotección –arrastrada a un bosque o a un aparcamiento sin ayuda al alcance–. Entonces prescribe a los veinte años. Si no, es un delito que prescribe a los cinco.
XL. ¿Y su caso no cumple esos criterios?
C.W. Yo he visto esas imágenes: una mujer sedada, aturdida, con los ojos entreabiertos, los párpados temblando y la cabeza cayéndose hacia un lado, y él sujetándola para colocarla a su gusto. Alguien que no puede decir 'no' ni pedir ayuda. Y que eso no sea una situación de desprotección no lo entiende nadie. Pero así es en Alemania.
XL. Es decir, ¿que violar a una mujer sedada en su propia casa no es un crimen?
C.W. Se considera un delito menor. Pero no es el único absurdo. Hay más.
XL. ¿Por ejemplo?
C.W. La policía dio con esos archivos en 2025. Los hechos empezaron en 2006 y el plazo de prescripción ya estaba corriendo desde entonces. ¿Por qué no empieza a correr según se descubre un crimen? Yo no podía denunciarlo: no lo sabía. Ahí es cuando me enfadé mucho y entré en modo combate.
XL. Es que todo el asunto es kafkiano…
C.W. Esto es completamente real, y es indigno, humillante. Así que no es kafkiano: es peor.
XL. Podía haber mantenido el anonimato. ¿Qué le decidió a poner su nombre y su cara?
C.W. Con el archivo de los 65 procedimientos lo tuve claro: si quería sobrevivir, tenía que proclamar mi espanto en voz alta. Me horrorizaba la indiferencia institucional.
No estoy rota, sí que tengo cicatrices. Pero, como en el arte del kintsugi japonés, quiero mostrarlas, no esconderlas y así, en parte, sanarlas
XL. Está pagando su defensa con donaciones.
C.W. En enero me parecía impensable, casi poco ético, montar un micromecenazgo para pagar a mi abogada. Pero no tengo nuevos ingresos porque, de momento, no puedo concentrarme en mi trabajo. Estoy volviendo a escribir, pero muy poco a poco. El dinero también va a un foro para víctimas de abusos.
XL. Su iniciativa se llama Ungebrochen ['no rota']. ¿No han conseguido romperla o se ha recompuesto?
C.W. No estoy rota, sí que tengo cicatrices. Pero, como en el arte del kintsugi japonés, quiero mostrarlas, no esconderlas y así, en parte, sanarlas.
XL. Gisèle Pelicot dijo que la vergüenza tiene que cambiar de bando. ¿Ha tenido contacto con ella?
C.W. No. Me gustaría conocerla, ha abierto muchísimas puertas.Es una inspiración. Pero cada caso es distinto y cada una libra sus propias batallas.
XL. ¿Ha llegado a entender qué busca un hombre que prefiere a su pareja convertida en un cuerpo sin voluntad?
C.W. Me cuesta pensar qué encuentran algunos hombres en enseñarse unos a otros vídeos, películas snuff, imágenes de mujeres torturadas y violadas, y excitarse con eso. Tendrá que ver con la obsesión y el poder. No sé. La verdad es que no quiero entenderlo. Me niego.
XL. Hay grupos de Telegram donde miles de hombres se enseñan a otros a hacer esto.
C.W. Es aterrador cómo se están fortaleciendo esos grupos, la manosfera. Y es aterrador cómo se fortalece la ultraderecha. Yo estaba segura de que nunca más tendríamos que temer un fascismo en Alemania, y ya no lo estoy. Por eso tengo planeado vivir en España. Estudié en la Complutense; mi primer trabajo fue traducir al alemán una novela de Lorenzo Silva.
XL. ¿Se ha vuelto desconfiada con los hombres?
C.W. No odio a los hombres ni los voy a odiar. Pero es muy duro comprobar lo que algunos creen que pueden permitirse con las mujeres. Son estructuras patriarcales de violencia que están ahí, y duele. No sé cómo hacerles frente salvo peleando contra mis propios miedos y sin bajar la voz. El miedo es un pésimo consejero, mantiene a muchísimas mujeres en la oscuridad. Y en realidad somos muy fuertes.
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