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Con el Papa ha topado Trump: el pulso con Roma indigna hasta a los suyos

Con el Papa ha topado Trump: el pulso con Roma indigna hasta a los suyos
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El presidente de EE UU ataca a León XIV, se presenta como figura mesiánica y abre una crisis con el Vaticano que le provoca críticas de su base católica

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Donald Trump junto a su publicación en Truth Social retratado como Jesucristo. AFP Con el Papa ha topado Trump: el pulso con Roma indigna hasta a los suyos

El presidente de EE UU ataca a León XIV, se presenta como figura mesiánica y abre una crisis con el Vaticano que le provoca críticas de su base católica

David Alandete

Washington

Martes, 14 de abril 2026, 18:15

... forma de poder y del desafío una disciplina diaria. Por eso sorprendió tanto que acabara borrando una imagen en la que aparecía vestido como el redentor, inclinado sobre un hombre enfermo, en una escena que evocaba una América doliente antes de su regreso como salvador. No fue un detalle menor. En este segundo mandato apenas ha retirado publicaciones. Y, sin embargo, esta vez lo hizo. No por un error técnico, ni por una rectificación política, sino por algo más delicado: una indignación incipiente pero firme entre creyentes, y muy especialmente entre católicos, que vieron en aquella imagen una banalización de la figura central del cristianismo.

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El ataque fue directo y sin rodeos. El líder republicano cargó contra León XIV con un mensaje en redes en el que lo calificó de «terrible en política exterior» y «débil en el crimen». Después fue más lejos. Ante los periodistas dejó claro que no quiere «un Papa que critique al presidente de Estados Unidos». La frase era transparente, no dejaba lugar a dudas. No discutía un argumento concreto del pontífice. No debatía una posición teológica ni una apelación ética. Venía a decir algo más crudo: que el obispo de Roma no debe ir alzando la voz cuando esa voz incomoda al poder de Washington. El choque quedaba así despojado de toda pátina religiosa y reducido a su núcleo más reconocible en Trump: la intolerancia ante cualquier autoridad que no se le subordine.

La ironía del pontífice

La respuesta de León XIV fue exactamente lo contrario. Comedido, sobrio, tranquilo, no elevó el tono ni buscó el cuerpo a cuerpo. Pero fue claro. Dijo que no tiene miedo de la Administración Trump. Y añadió algo más importante: que «el mensaje del Evangelio no está hecho para ser utilizado como algunos lo están haciendo». En esa frase había una enmienda completa a la estética política y religiosa del trumpismo, que desde hace años se envuelve en símbolos cristianos, apelaciones providenciales y retórica de cruzada para blindar decisiones que poco tienen que ver con el espíritu evangélico. El Papa dejó además una ironía seca sobre la red social del presidente, Truth, que se traduce como verdad: «Es irónico, el nombre de la red social. No hace falta decir más».

Para la Iglesia católica, la verdad no es solo una idea, ni un eslogan, ni una consigna política. Es ante todo una persona: Jesucristo. La verdad, en esa tradición, no se fabrica ni se agita desde una plataforma digital. Se revela. Se encarna. Se transmite. Y esa fue precisamente la clave del malestar católico cuando Trump se representó a sí mismo como una figura redentora. La imagen no fue interpretada solo como una excentricidad o una salida narcisista. Muchos la vieron como una apropiación frívola de la figura de Cristo, un gesto de vanidad política llevado demasiado lejos.

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Trump ya recurrió el año pasado a la IA para caracterizarse como Papa en una imagen que colgó en redes tras la muerte de Francisco I. Reuters

Ahí empezó el problema para Trump. Porque una cosa es irritar a adversarios progresistas, a medios hostiles o a diplomáticos extranjeros. Y otra muy distinta es incomodar a sectores creyentes que durante años le han sido fieles. En la Casa Blanca, el silencio fue llamativo, sobre todo entre responsables y altos cargos católicos. Ni el vicepresidente JD Vance, converso del protestantismo al catolicismo, ni el secretario de Estado, Marco Rubio, practicante y figura central de la política exterior, salieron a defender con entusiasmo la ofensiva presidencial. Tampoco hubo una movilización cerrada del universo conservador católico en su favor. En ese choque con el Papa, el magnate ha quedado más solo de lo que acaso esperaba.

En la Iglesia sí hubo nombres y respuestas. El arzobispo de Oklahoma, Paul S. Coakley, lamentó las «palabras despectivas» contra el pontífice y recordó algo elemental: el Papa «no es un rival político, sino el Vicario de Cristo». El cardenal de Chicago, Blase Cupich, pidió que la atención se dirigiera al fondo del mensaje papal y no al ruido de la polémica. El cardenal de Washington, Robert McElroy, fue más allá y cuestionó la guerra con Irán como una guerra «no justa». No eran voces marginales. Eran figuras de peso en una Iglesia estadounidense que, aunque diversa y a menudo dividida, entendió esta vez que el presidente había cruzado una línea sensible. Y los fieles les escuchan, en todos los Estados.

No se trata de un electorado irrelevante. Los católicos representan en torno al 20% de la población y del electorado de Estados Unidos. Son millones de votantes repartidos por Estados decisivos, muchos de ellos hispanos, y constituyen uno de los bloques religiosos con mayor capacidad de inclinar unas elecciones. En 2024, alrededor del 55% votó por Trump. Es decir, no estamos ante un grupo hostil al presidente, sino ante una parte importante de su propia coalición. Precisamente por eso el episodio resulta tan significativo. El mandatario ha ido más lejos de lo que le aconsejaba la prudencia política, incluso con los suyos.

20% de la población

de Estados Unidos es católica, lo que se traduce en millones de votantes. Se trata de uno de los grupos religiosos con mayor poder para inclinar la balanza en unas elecciones.

Además, el choque no nace de la nada. Ya venía incubándose desde enero, cuando León XIV pronunció en Roma un discurso en defensa del Derecho Internacional, de Naciones Unidas y de la protección de civiles e infraestructuras esenciales en la guerra. En Washington, aquel mensaje fue leído como una crítica a la nueva doctrina de fuerza de la Administración Trump. Después vino una reunión en el Pentágono con el representante vaticano, una cita dura en la que se llegó a invocar el precedente del papado de Aviñón, esa vieja imagen del sometimiento del papado al poder político. La comparación era demasiado cargada como para ser casual. Desde entonces, la relación se enfrió aún más y quedó dibujado un conflicto de fondo entre dos visiones del mundo: la de la fuerza sin complejos y la del límite moral.

Ahora ese conflicto ha estallado a plena luz. Trump insiste en que no tiene nada de lo que disculparse. «Está equivocado», dijo sobre el Papa. Pero lo relevante ya no es solo su desafío. Lo decisivo es que, esta vez, la provocación no ha reforzado su dominio del relato como tantas otras veces. Ha abierto una grieta en un terreno que él consideraba seguro. A seis meses de que arranque la votación de las elecciones de medio mandato, con desgaste por la guerra de Irán, señales de fatiga en su base y una aprobación debilitada, el presidente ha elegido pelearse con uno de los pocos referentes morales capaces de hablar a una parte de sus propios votantes en un lenguaje distinto al suyo.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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