Fotos de Sandra Peña en una manifestación en su memoria en Sevilla. EP Sevilla
España EL LIBRO DE LA SELVA Con los padres de Sandra Peña: un crimen para despertar; la hora contra el acoso escolarZara y José Manuel, los padres de Sandra (la niña de 14 años que se quitó la vida tras sufrir un acoso cruel y prolongado), intentan que se haga justicia. Negligencias encadenadas propiciaron ese final.
Daniel Ramírez Publicada 21 marzo 2026 03:12hLas claves nuevo Generado con IA
Sandra Peña sólo se suicidó sintácticamente. La mataron.
No dejo de pensarlo desde que el otro día, en los pasillos de la tele, me crucé con sus padres y pude escuchar el relato pormenorizado de los hechos.
La muerte de Sandra es un crimen.
Cometido por las compañeras que la machacaban día tras día.
Cometido por el colegio que no aplicó los protocolos antiacoso y de autolisis, tal y como pidió la familia. Los padres de las acosadoras no hicieron nada por evitarlo.
Todavía no han pedido perdón. Ni los padres ni las hijas.
No emplean esta terminología Zara y José Manuel, que hablan del final de su hija con una precisión y una serenidad como salida de un Olimpo.
No hay deseo de venganza en ellos, no hay sed de revancha, pero han asumido sin mesianismo una misión: que se haga justicia para que no vuelva a suceder.
Que ningún adolescente más se suicide tras un bullying prolongado.
Por eso estaban allí, Zara y José Manuel, en la tele, el lugar donde menos te apetece estar cuando a tu hija le han arrebatado la vida. Se lo dijo Sonsoles, acongojada por el esfuerzo que habían hecho en plató.
Porque Sandra tenía una costumbre. Cuando estaba haciendo los deberes, se levantaba, iba adonde su padre y su madre, les daba un beso y les decía "te amo". Igual con sus amigas. Con su hermano.
Esa costumbre ha desaparecido porque ese ángel ya no está.
Entonces, estar ahí, en un plató, sobreviviendo a ese recuerdo, dedicando tiempo a no estar abrazado por ese recuerdo, se convierte en algo así como levantar un edificio con las manos.
Esas eran las luminosidades de Sandra, las de los niños que se van haciendo mayores. Esos seres fascinantes donde se funden la ingenuidad y el realismo en un cóctel de vida vertiginosa. De ganas de vivir.
Iban apareciendo por el croma del plató las luces de Sandra, enmudeciéndonos a todos. Ensordeciéndonos de silencio, de rabia y de pena.
Hay otra razón para que estos padres afronten las pruebas de Hércules: su otro hijo, el hermano mayor de Sandra, el que ha perdido a su mejor amiga, el que necesita –nos contaban Zara y José Manuel– ver a unos padres que se levantan por la mañana, luchan y vuelven a acostarse.
Empiezo por el final, el momento que nos dejó sin aire a los periodistas que charlábamos con Zara y José Manuel tras la entrevista: Sandra escribió su carta de despedida en clase de Matemáticas, a ojos de todo el mundo. A ojos de nadie.
Después, llegó a casa y se quitó la vida.
Si el colegio, como prometió que haría, hubiera aprobado el protocolo de autolisis, Sandra habría estado sometida esa mañana a un seguimiento intenso y discreto. No habría podido escribir. No habría podido despedirse.
Esa negligencia es sólo la punta de un iceberg.
No es esta una tragedia inevitable. Hay algunos suicidios precedidos de acoso que ocurren, desgraciadamente, tras dejar menos señales de alarma. Pero en el caso de Sandra habían sonado las sirenas de la indignación y la preocupación. Sus padres habían pasado a la acción.
Un día, Sandra se derrumbó y le contó a su madre, a Zara, que lo estaba pasando muy mal porque se metían con ella. Eso explicaba su apatía, su tristeza, su rendimiento escolar decreciente.
Los padres actuaron. Contrataron a una psicóloga, que vio pronto lo que estaba sucediendo: un acoso cruel, prolongado y despiadado. Con tintes abiertamente homófobos: se metían con Sandra por su orientación sexual y porque jugaba muy bien al fútbol.
La psicóloga escribió su informe. La madre de Sandra se lo contó al colegio. Pidió ayuda. Pidió acción. Le prometieron que aprobarían los dos protocolos. El del acoso y el de autolisis.
Ninguno, según Zara, se aplicó.
El acoso transcurría con estentórea normalidad. Pocos días antes de que Sandra muriera, las acosadoras compartieron excursión con ella y volvieron a machacarla.
Zara y José Manuel hacen un ejercicio de concentración sobrehumano cada vez que tienen que enumerar con precisión las negligencias encadenadas por el instituto al que iba Sandra. Y lo consiguen. Dejando ese rastro de luz, fuerza y dignidad a su paso.
La Justicia, como siempre, irá lenta. Pero hay algo que puede y debe ir más rápido. Los periódicos, las radios, las televisiones. Y después, en efecto dominó, las charlas de cualquiera con sus amigos, la concienciación de los padres y de los hijos.
Un aldabonazo simultáneo en tantas conciencias.
No sé hasta dónde les llegarán las fuerzas. No sé hasta dónde podrán alcanzar. Porque tienen derecho a su duelo, a recostarse en todas las imágenes que les ha dejado Sandra, en apuntarlas para no olvidar ninguna de ellas.
Pero eso que dijeron en la tele Zara y José Manuel, dicho por ellos mismos en los colegios, con los padres y los hijos delante, con los profesores escuchando, estoy seguro de que podría provocar una revolución. Y si no, tendremos que contarlo cualquiera que nos topemos con su testimonio.
Ha llegado la hora de la revolución.