Se acabó. No es una sorpresa, sino una consecuencia. La marcha de Podemos de su coordinadora en Andalucía, Raquel Martínez, es el simbólico final de la rebelión autonómica más importante a la que se ha enfrentado Ione Belarra en los últimos tiempos y que obligó a la dirección nacional de los morados a aceptar a regañadientes un pacto de unidad con IU y Sumar para las elecciones andaluzas celebradas el pasado 17 de mayo. Se hizo finalmente en contra de la línea estratégica que había defendido la formación contra viento y marea en otros comicios recientes como los de Aragón o Castilla y León.
Martínez, que ayer anunció su renuncia en una carta en la que reivindica tener «autonomía», encabezó junto a otros compañeros de la dirección andaluza una fortísima presión interna para que Podemos se uniera a la candidatura liderada por Antonio Maíllo y no perdiera el tren de la coalición Por Andalucía, cuando se estaba agotando el plazo legal para constituir alianzas electorales.
En realidad, los movimientos internos de los partidarios de la unidad se venían dando desde hacía muchos meses antes, pero fue tras los pírricos resultados en las elecciones de Aragón y Castilla y León -por debajo del 1% y cero escaños- cuando la dirección nacional de Podemos se dio cuenta de que se podía enfrentar a dos escenarios catastróficos: la repetición de otro resultado demoledor en su contra -y encima en una comunidad autónoma clave para la izquierda y para sus aspiraciones para las generales- y el riesgo de una ruptura de Podemos Andalucía.
Señales había, y poderosas. El que fuera portavoz del partido en la comunidad y diputado estrella en el Parlamento andaluz, José Manuel Jurado, había dimitido meses antes de sus cargos orgánicos por la oposición de Madrid a la entrada de Podemos en Por Andalucía. En todo este pulso, Martínez se mantuvo en su puesto a pesar de que poco a poco iba siendo relegada por el círculo de Belarra por sus posiciones, quedándose fuera, por ejemplo, de actos relevantes como el que protagonizó la secretaria general con el candidato morado a las elecciones, Juan Antonio Delgado.
El pasado mes de agosto, cinco altos dirigentes de Podemos Andalucía, entre ellos Martínez y Jurado, desafiaron a su partido y firmaron un manifiesto por la unidad para las elecciones andaluzas. La reacción de otros cuadros de Podemos contra sus compañeros fue feroz. Se les hicieron reproches como estos: «No eres más que un vulgar individualista»; «te debes, te guste más o te guste menos, a ese partido [Podemos]». Uno de los más duros fue éste: «Son unos muertos de hambre que ven peligrar sus sillones».
La salida ahora de Martínez, una vez que han pasado las elecciones, permitirá a Belarra recuperar el control de la federación andaluza de Podemos. Y es que, como anunció ayer la líder morada se convocarán primarias para elegir una nueva dirección. De modo que acabarán saliendo de la Ejecutiva otros cargos que junto a Martínez presionaron para cambiar la estrategia de Madrid.
Aunque la marcha de Martínez era esperada tras una campaña en la que Belarra e Irene Montero exhibieron una enorme distancia con ella y su entorno -ella sí hizo campaña activa por Maíllo-, el desenlace del conflicto manda un claro mensaje al resto de direcciones autonómicas de Podemos en un momento en el que se irán perfilando las candidaturas para las elecciones regionales y municipales de 2027. El camino de la unidad con IU y Sumar queda cortocircuitado y a sus valedores se les empuja fuera.
Podemos, pues, prepara el terreno para refugiarse en su estrategia anterior, la de presentarse en solitario a las generales con Irene Montero. Está envalentonado por el decepcionante resultado de la experiencia unitaria en Andalucía y por el hecho de que Podemos se haya quedado por primera vez en su historia sin un diputado andaluz. Además, está convencido de la oportunidad que la corrupción del PSOE le está brindando ahora. Proclama ser una alternativa «limpia», mientras que Sumar se atasca incapaz de desatarse de Sánchez.