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Creíamos que asaltar la nevera de madrugada era falta de voluntad. La ciencia ha descubierto al verdadero culpable

Creíamos que asaltar la nevera de madrugada era falta de voluntad. La ciencia ha descubierto al verdadero culpable
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Cuando llega la noche, hay mucha gente que no concibe estar viendo una serie sin algo entre las manos para comer, y no precisamente un poco de zanahoria, sino un poco de helado o algún bollo ultraprocesado. Tradicionalmente, la cultura popular y las dietas de moda han despachado este comportamiento como una simple "falta de fuerza de voluntad" o un capricho goloso. Sin embargo, la evidencia científica más reciente apunta a que no es gula, sino el estrés crónico tomando el control.  La alimentación nocturna. Comer por la noche no siempre es un trastorno, pero la literatura médica lleva décadas delimitando cuándo se cruza la línea. Ya en 1955, un investigador definió las bases del llamado síndrome de alimentación nocturna (NES, por sus siglas en inglés), caracterizado por una curiosa tríada: falta de apetito por la mañana, hiperfagia al final del día e insomnio con despertares para asaltar la despensa en mitad de la noche.  Hoy en día, los criterios diagnósticos se han actualizado y apuntan a que este síndrome se padece cuando se consumen más del 25% de las calorías diarias después de la cena, o si hay dos o más episodios de atracones nocturnos a la semana durante al menos tres meses.  En Xataka En España nos encanta cenar a las diez de la noche. A nuestro reloj biológico y a nuestro corazón, no tanto El detonante no es otro que el odiado estrés y la desregulación emocional. Aquí diversos estudios apuntan a que este picoteo nocturno se asocia a un estado de ánimo deprimido, niveles elevados de estrés y la necesidad de comer para encontrar un poco de conforto tras un día bastante complicado.  El reloj biológico. Cuando comemos tarde, habitualmente después de las nueve de la noche, o en las dos horas previas a dormir, la realidad es que estamos mandando señales contradictorias a nuestro 'primigenio' sistema endocrino. Por un lado, comer de noche prolonga la elevación del cortisol, que es la hormona del estrés, en un momento en el que debería estar en sus niveles más bajos para preparar al cuerpo para dormir.  De esta manera, el cuerpo aplaza la secreción de la hormona que induce el sueño, que es la melatonina, y se alteran los receptores de serotonina y dopamina para responder a la ingesta de comida. Un cóctel explosivo. Quizá uno de los hallazgos más sorprendentes recientes es el impacto devastador que esta combinación tiene sobre nuestro sistema digestivo, ya que si cruzamos un alto nivel de estrés con cenas tardías o visitas nocturnas a la nevera, el resultado es catastrófico para la microbiota. La ciencia apunta a que quienes combinan malos hábitos de sueño, estrés y comida, tienen hasta 2,5 veces más probabilidades de ver su salud intestinal mermada, presentando además una diversidad notablemente menor en las bacterias de su microbioma. La pescadilla que se muerde la cola. Al final, nos encontramos ante un ciclo vicioso de manual, maravillosamente documentado por la Universidad de Arizona. Según sus investigaciones, el 60% de los adultos confiesa picar por la noche de manera regular. De ellos, dos tercios admiten que es precisamente la falta de sueño la que desencadena los antojos de comida basura. Pero precisamente comer a estas horas hace que se tenga menos sueño. Y así sucesivamente.  Imágenes | freepik En Xataka | A los españoles nos encanta cenar a las 21:30 e incluso a las 22:00. Quien está pagando el precio es nuestro cuerpo - La noticia Creíamos que asaltar la nevera de madrugada era falta de voluntad. La ciencia ha descubierto al verdadero culpable fue publicada originalmente en Xataka por José A. Lizana .
Creíamos que asaltar la nevera de madrugada era falta de voluntad. La ciencia ha descubierto al verdadero culpable

Comer unas palomitas de noche viendo una serie tiene efectos sobre la calidad de sueño

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José A. Lizana

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Cuando llega la noche, hay mucha gente que no concibe estar viendo una serie sin algo entre las manos para comer, y no precisamente un poco de zanahoria, sino un poco de helado o algún bollo ultraprocesado. Tradicionalmente, la cultura popular y las dietas de moda han despachado este comportamiento como una simple "falta de fuerza de voluntad" o un capricho goloso. Sin embargo, la evidencia científica más reciente apunta a que no es gula, sino el estrés crónico tomando el control. 

La alimentación nocturna. Comer por la noche no siempre es un trastorno, pero la literatura médica lleva décadas delimitando cuándo se cruza la línea. Ya en 1955, un investigador definió las bases del llamado síndrome de alimentación nocturna (NES, por sus siglas en inglés), caracterizado por una curiosa tríada: falta de apetito por la mañana, hiperfagia al final del día e insomnio con despertares para asaltar la despensa en mitad de la noche. 

Hoy en día, los criterios diagnósticos se han actualizado y apuntan a que este síndrome se padece cuando se consumen más del 25% de las calorías diarias después de la cena, o si hay dos o más episodios de atracones nocturnos a la semana durante al menos tres meses. 

En XatakaEn España nos encanta cenar a las diez de la noche. A nuestro reloj biológico y a nuestro corazón, no tanto

El detonante no es otro que el odiado estrés y la desregulación emocional. Aquí diversos estudios apuntan a que este picoteo nocturno se asocia a un estado de ánimo deprimido, niveles elevados de estrés y la necesidad de comer para encontrar un poco de conforto tras un día bastante complicado. 

El reloj biológico. Cuando comemos tarde, habitualmente después de las nueve de la noche, o en las dos horas previas a dormir, la realidad es que estamos mandando señales contradictorias a nuestro 'primigenio' sistema endocrino. Por un lado, comer de noche prolonga la elevación del cortisol, que es la hormona del estrés, en un momento en el que debería estar en sus niveles más bajos para preparar al cuerpo para dormir. 

De esta manera, el cuerpo aplaza la secreción de la hormona que induce el sueño, que es la melatonina, y se alteran los receptores de serotonina y dopamina para responder a la ingesta de comida.

Un cóctel explosivo. Quizá uno de los hallazgos más sorprendentes recientes es el impacto devastador que esta combinación tiene sobre nuestro sistema digestivo, ya que si cruzamos un alto nivel de estrés con cenas tardías o visitas nocturnas a la nevera, el resultado es catastrófico para la microbiota.

La ciencia apunta a que quienes combinan malos hábitos de sueño, estrés y comida, tienen hasta 2,5 veces más probabilidades de ver su salud intestinal mermada, presentando además una diversidad notablemente menor en las bacterias de su microbioma.

La pescadilla que se muerde la cola. Al final, nos encontramos ante un ciclo vicioso de manual, maravillosamente documentado por la Universidad de Arizona. Según sus investigaciones, el 60% de los adultos confiesa picar por la noche de manera regular. De ellos, dos tercios admiten que es precisamente la falta de sueño la que desencadena los antojos de comida basura. Pero precisamente comer a estas horas hace que se tenga menos sueño. Y así sucesivamente. 

Imágenes | freepik

En Xataka | A los españoles nos encanta cenar a las 21:30 e incluso a las 22:00. Quien está pagando el precio es nuestro cuerpo

Fuente original: Leer en Xataka
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