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Un cohete se mueve en el cielo sobre Dubai. REUTERS Cuando el miedo tiene tanto poder como los proyectilesGustave Le Bon explicaba en el libro 'La psicología de las masas' como las emociones, especialmente el miedo, se contagian rápidamente entre la multitud
Dubái
Martes, 3 de marzo 2026, 00:36
... ese es el principal problema al que nos enfrentamos los residentes de Emiratos Árabes Unidos y los turistas que se han visto sorprendidos por los ataques de Irán a las bases americanas del país. La situación, sobra decir, no está exenta de peligro, pero lejos de los análisis geopolíticos de los especialistas y de los que dicen saber, los que vivimos en lugares como Dubái podemos afirmar que las autoridades locales nos hacen sentir seguros. Y no, no es propaganda barata, es una realidad.Noticias relacionadas
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Cuando todo comenzó, el pasado sábado, estaba camino de Ras Al Khaimah con mi familia. Allí, en el emirato más cercano a la costa iraní, nada hacía presagiar lo que se avecinaba. Ni sonidos de explosiones, ni ninguna situación anormal de la que, de no ser por los numerosos chats de hispanohablantes del país, ni nos hubiésemos enterado. El regreso a casa, en Dubái Hills, un barrio a 20 minutos de Downtown, donde se alza el edificio más alto del mundo, estuvo amenizado por docenas de mensajes y llamadas de familiares y amigos para verificar que nos encontrábamos bien porque las noticias no eran nada alentadoras. No fue hasta pisar la casa de unos vecinos españoles cuando vimos varios misiles surcar el cielo, los primeros de muchos, y el impactante estruendo que dejan a su paso.
Pese a todo, el nerviosismo no se palpaba en la calle, sino en los grupos de WhatsApp, donde hay gente que pregunta cómo conseguir ansiolíticos o el modo de cruzar la frontera a Omán o llegar hasta Arabia Saudí, pensando que podrían ser enclaves más seguros. Preguntas desesperadas que se mezclan con avisos sin mala intención sobre avistamientos de misiles, además de consejos sobre acomodarse en aseos sin ventanas para pasar la noche o en el coche en sótanos de edificios. Conversaciones que acrecientan el nerviosismo entre algunos miembros de la comunidad que, por suerte, es atenuado por una mayoría de mensajes que instan a mantener la calma, ofrecimientos de ayuda psicológica gratuita de profesionales e incluso alojamiento para aquellos que viven solos.
El Gobierno local se hace cargo
Lo cierto es que, tras la sorpresa del sábado, los coches circulan por la calle, aunque en menor medida en una ciudad conocida por sus terribles atascos; las gasolineras siguen abasteciendo sin limitaciones y los centros comerciales continúan abiertos de manera habitual, al igual que los supermercados, donde, al menos hasta este lunes se aglutinaba más gente ante la incertidumbre de que esa suerte de normalidad fuese un espejismo temporal. La carne y el agua son los productos que más rápido desaparecen de los estantes, que son repuestos constantemente por un ejército de ágiles empleados.
Lo único que me recordó a lo vivido durante la pandemia de la covid fue ver a una pareja con un carro desbordado de papel higiénico, además de que el Ministerio de Educación del país informó el domingo por la mañana de que, por el momento, las clases serán 'online' hasta el miércoles. Reminiscencias de un pasado no muy lejano que alimentan las 'fake news' o 'influencers' sacando tajada a la par que de quicio a los familiares que, en la lejanía, ven todo peor de lo que es en realidad.
Por su parte, a los turistas, quizá los más descolocados al verse atrapados en un país que no es el suyo, el Gobierno local les paga el alojamiento y la manutención hasta que el espacio aéreo, surcado únicamente por aviones y helicópteros militares, vuelva a abrirse y puedan regresar a casa. Mientras tanto, en algunas zonas de playa y en piscinas comunitarias se puede ver a gente tomando el sol, dándose un baño tranquilamente o paseando pese al aviso de que es mejor mantenerse bajo techo para evitar las caídas no controladas de los restos de misiles destruidos. Parece que tan solo han bastado tres días para que la nueva situación se haya convertido en una rara normalidad pese a que no tenga nada de normal porque, dice un proverbio, no podemos controlar el viento, pero sí ajustar las velas.
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