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Los Premios Óscar han construido durante décadas el relato oficial del cine de Hollywood, pero su palmarés no siempre coincide con el canon cinematográfico. Obras hoy consideradas fundamentales como Vértigo, Blade Runner, 2001: Una odisea del espacio o Pulp Fiction no lograron el premio a Mejor Película, pese a convertirse con el tiempo en referencias del lenguaje audiovisual. El contraste entre el veredicto inmediato de la Academia de Hollywood y el juicio del público y la crítica demuestra que la historia del cine se escribe a largo plazo.
A nada que uno sea un poco ávido en materia de cine, sabrá que en Hollywood pocas veces se premian las mejores películas. El propio devenir de sus certámenes ha demostrado que grandes nombres, aquellos que han edificado la sintaxis y la gramática del lenguaje audiovisual, en escasas ocasiones se han alzado con un Globo de Oro o un Óscar. Quizá sea un ejercicio alquímico casi imposible, tanto o más que hallar la piedra filosofal. Es decir, ¿realmente un galardón sentencia cuál es la mejor película del año? La respuesta, obviamente, es no.
Seguro que a lo largo de las décadas ha visto cómo su película favorita ha pasado desapercibida entre tanta alfombra roja. Dicho lo cual, si el próximo domingo Hamnet (Chloé Zhao, 2025) no se alza con el Óscar a Mejor Película, Hollywood volverá a demostrar que esto de los premios no es más que el enésimo product placement de la industria estadounidense.
Lo que sí es totalmente objetivo es que Alfred Hitchcock nunca recibió el Óscar a Mejor Director pese a haber sido nominado en cinco ocasiones. Ni su desempeño en La ventana indiscreta (1954) o Psicosis (1960) —cintas incluidas en el canon cinematográfico del British Film Institute— le valieron para dar un discurso de agradecimiento con la célebre estatuilla dorada entre sus manos. En ambos casos la Academia de Artes y Ciencias de Estados Unidos optó por otros títulos que representaban una visión distinta del cine de su tiempo: La ley del silencio (Elia Kazan, 1954) y El apartamento (Billy Wilder, 1960). Con el paso de las décadas, sin embargo, la influencia de Hitchcock sobre el lenguaje cinematográfico ha resultado muy superior a la de muchos directores premiados en su época.
Este escenario tampoco ha sido una excepción aislada. Desde 1929, grandes películas de culto se han quedado fuera de las nominaciones a Mejor Película o Mejor Director y, sin embargo, la historia del cine —y sobre todo el público— las han consagrado como obras imprescindibles. El caso de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) es paradigmático: en su estreno fue recibida con tibieza y ni siquiera aspiró al premio principal. Hoy figura entre las películas más influyentes de la ciencia ficción. Algo similar ocurrió con Vértigo (De entre los muertos) (Alfred Hitchcock, 1958), considerada por numerosos críticos como una de las mejores películas de todos los tiempos, pese a que en su momento solo obtuvo nominaciones técnicas.
La lista podría prolongarse casi indefinidamente. Obras como Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen y Gene Kelly, 1952), 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994) o El gran Lebowski (Joel y Ethan Coen, 1998) no conquistaron el Óscar a Mejor Película y, sin embargo, han terminado ocupando un lugar privilegiado en la historia del cine. Son títulos que el público revisita generación tras generación y que han moldeado la estética y el imaginario de la cultura popular mucho más que numerosas ganadoras del premio.
En retrospectiva, estos casos demuestran que el canon cinematográfico no siempre coincide con el veredicto inmediato de la Academia de Hollywood. El tiempo, el criterio del público y la influencia cultural suelen actuar como un segundo jurado mucho más implacable. Muchas películas que no lograron la estatuilla han acabado por imponerse en ese juicio tardío que determina qué obras permanecen y cuáles se diluyen en la memoria.
Lo paradójico es que algunas de esas derrotas también marcaron hitos dentro de la propia industria. El Exorcista (William Friedkin, 1973), por ejemplo, fue la primera película de terror nominada al Óscar a Mejor Película, un hecho que abrió la puerta a que el género de terror comenzara a ser considerado dentro de los grandes premios de Hollywood. A pesar de perder frente a El golpe (George Roy Hill, 1973), su impacto cultural y cinematográfico fue enorme.
Algo similar ocurre con Uno de los nuestros (Martin Scorsese, 1990). La película perdió el Óscar a Mejor Película frente a Bailando con lobos (Kevin Costner, 1990), pero con el paso de los años se ha consolidado como uno de los grandes clásicos del cine criminal y una influencia evidente para generaciones posteriores de cineastas. Lo mismo podría decirse del cine de Paul Thomas Anderson, autor de Boogie Nights (1997) o Puro vicio (2014), cuya filmografía acumula nominaciones y prestigio crítico pese a no haber conquistado aún el Óscar a la dirección.
Quizá por eso los premios cinematográficos funcionan más como una fotografía de su tiempo que como un veredicto definitivo. La historia del cine se escribe con el paso de los años, cuando las películas encuentran a su público, influyen en otros creadores y terminan formando parte de la memoria colectiva. Al final, habitar en la filmoteca emocional de los espectadores vale mucho más que cualquier estatuilla.
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