- JAVIER AYUSO
Hace ya mucho tiempo que la política exterior en España ha dejado de ser una cuestión de Estado para convertirse en una herramienta destinada a obtener réditos en casa.
Pedro Sánchez ha utilizado sus viajes y sus decisiones internacionales para intentar ganar votos y eso le ha llevado a radicalizar sus posiciones, algo que ha supuesto un auténtico aislamiento frente a los tradicionales aliados de nuestro país. En su viaje estos días a Nueva York con motivo de la Asamblea General de Naciones Unidas ha vuelto a caer en los mismos errores.
El presidente del Gobierno decidió dar plantón a Donald Trump en la tradicional recepción que ofrece el líder estadounidense a los asistentes a la Asamblea de la ONU. Oficialmente, se excusó por motivos de agenda, pero ninguno de sus colaboradores ha podido negar que era una decisión política para demostrar su oposición a Estados Unidos. Es un mantra que lleva utilizando dentro de su ofensiva contra el auge de la ultraderecha en todo el mundo y que volverá a ser el eje de la campaña electoral el próximo año, tras los buenos resultados obtenidos en 2023.
Esa estrategia anti-Trump le ha llevado, además, a intensificar sus relaciones con China y a oponerse a las decisiones de sus socios europeos y de la OTAN de aumentar el gasto en Defensa. Ambos movimientos han costado a España perder influencia en las grandes decisiones internacionales de la Unión Europea, porque cada vez que dejan de invitar a Sánchez a una cumbre sobre las guerras en Ucrania u Oriente Próximo suponen un paso atrás en el posicionamiento exterior de nuestro país que tanto costó lograr durante décadas.
Pero al líder socialista parece no importarle los efectos de su política exterior. Solo hace cuentas sobre los votos que conseguirá enfrentándose al presidente de los Estados Unidos u oponiéndose a las decisiones comunitarias sobre seguridad y Defensa. Una deriva más propia de un país no alineado que de un miembro de pleno derecho de la Unión Europea y de la OTAN. Ha preferido reunirse con el gobernador de California o el alcalde de Nueva York, ambos del Partido Demócrata, que hacerse una foto con el presidente estadounidense.
En su estancia en Nueva York, también ha querido ajustar cuentas con algunos de nuestros socios europeos, a cuenta de la respuesta ante la invasión a la ciudad autónoma de Ceuta. En unas declaraciones a la cadena de televisión CNN, aprovechó la ocasión para criticar la falta de solidaridad de algunos países del continente, aunque no quiso comentar la resolución del Parlamento Europeo que calificaba los hechos como una "invasión" y criticaba la actitud de Marruecos, a quien el Gobierno español ha defendido desde el primer momento.
Sin embargo, en un momento de la entrevista Sánchez no tuvo más remedio que reconocer que Marruecos "había fracaso en el control de sus fronteras". Algo que hasta ayer mismo era una especie de blasfemia. El presidente y todos sus ministros han defendido desde el primer día la magnífica colaboración del país vecino. Ayer mismo, el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, seguía presumiendo del contacto diario con su homólogo marroquí a quien había pedido que frenara nuevos ataques a nuestra integridad nacional. Por cierto, alguien debería decirle al ministro que no hiciera esos vídeos ridículos para TikTok, andando por las calles de Nueva York y diciendo generalidades como que "vengo a defender el multilateralismo".
La agenda de Sánchez en Estados Unidos está siendo especialmente floja, teniendo en cuenta además que puede ser su última presencia oficial en una Asamblea General de la ONU, si se cumplen los augurios de las encuestas y pierde las elecciones generales de 2027. Los encuentros bilaterales o su presencia en reuniones de líderes europeos han sido muy pobres.
Pero lo peor de todo es la ausencia de encuentros con líderes iberoamericanos. No hay que olvidar que el próximo noviembre se celebrará en Madrid la Cumbre Iberoamericana, después de varios años de fracasos en diversos países de la región. España está perdiendo influencia en Latinoamérica, que ha sido tradicionalmente un gran valor en nuestra política exterior, y un fracaso en la cumbre de Madrid supondría un golpe durísimo para nuestro prestigio internacional. El Rey está haciendo mucho más para el éxito de la reunión que el presidente.
Una vez más, la política interior pesa sobre la exterior y desde La Moncloa deben pensar que reunirse con líderes de una región que está girando hacia la derecha no le dará votos.
Con quien sí se vio, aunque fuera de forma improvisada, fue con la presidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, antigua amiga íntima de los socialistas españoles cuando Nicolás Maduro todavía presidía el país. La actual socia de Trump escenificó un paseíllo de unos 45 segundos, en medio de la sesión plenaria de la Asamblea, para recorrer medio patio de butacas y plantarse junto a Pedro Sánchez. Le lanzó un beso con la mano, mientras el presidente intentaba disimular hablando por el móvil y finalmente consiguió que se levantara a medias (¿no le han enseñado educación?) y hablara unos segundos con ella para decirle que "España está comprometida con el futuro de la región".
La política exterior española vive sus peores años, con decisiones incomprensibles, como la traición a los saharauis (aunque eso no sea por motivos electorales, sino por miedo a no se sabe qué), las intensas relaciones con China sin respetar los acuerdos de la UE o la desvinculación de las políticas europeas de Defensa e inmigración.
Quien le suceda tendrá que esforzarse mucho para recuperar la fiabilidad y la influencia internacional.
Un récord exportador empañado por el crudoTrump reivindica su particular idea de paz¿Para qué ha ido Sánchez a Nueva York? Comentar ÚLTIMA HORA