Nace Folkmania, una web para dar a conocer la vanguardia del folclore europeo. Su creadora, Sara Sáez, analiza el fenómeno del Etnorrenacimiento que viven la moda y la música.
Es una verdad universalmente reconocida que cuando un país, un territorio o una comunidad olvida sus tradiciones, también pierde su identidad. Al menos, una parte fundamental. Un hecho (demostrado) que, sin embargo, tendemos a ignorar. Asumir lo tradicional como antónimo de modernidad y el folclore como expresión anticuada (aquello de los coros y danzas) ha sido, a buen seguro, parte del problema, según apuntaba ya Ortega y Gasset en el prólogo de España, tipos y trajes (1930), el primer volumen de José Ortiz Echagüe en el que el filósofo elogia el trabajo del fotógrafo en su afán por documentar/perpetuar la diversidad regional española en un momento de profunda transformación social: el atavío considerado típico, y todos los oficios que lo sostenían, era contrario a la idea de progreso, sostenía.
A merced de manipulaciones folcloristas institucionales con fines político-ideológicos e intereses comerciales varios, lo que una vez fue vestimenta de uso corriente ha devenido así cliché festivo que expertos indumentaristas, historiadores y asociaciones tradicionales tratan de reconducir desde hace casi un siglo. Hasta que, de repente, las nuevas generaciones -con la inestimable ayuda de sus portavoces artísticos, de Amaia a Rodrigo Cuevas, pasando por Juanjo Bona, Baiuca, El Gato con Jotas, Bewis de la Rosa o la propia Rosalía, por la parte que nos toca- han propiciado el giro de guion, auspiciando la revitalización de comunidades étnicas específicas y el resurgimiento del interés por el patrimonio y la producción artesanal. Etnorrenacimiento, lo llaman.