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Cuando presidente rima con delincuente

Cuando presidente rima con delincuente
Artículo Completo 3,137 palabras
Carta del Director Carta del Director Cuando presidente rima con delincuente Publicada 31 mayo 2026 01:56h

No se trata de un sumario más, no se trata de otro texto judicial al uso. El auto del magistrado Santiago Pedraz, fechado el 26 de mayo y encabezado por el rótulo de "Causa Secreta", puede cambiar la historia política de la España actual con una contundencia que pocos imaginaban.

De hecho, cuando hace cuatro años, coincidiendo con el cincuentenario del asalto al cuartel general demócrata, Cruz y yo pasamos unos días en el Hotel Watergate de Washington pensé que estaba cerrando una etapa de mi vida.

Como quien viaja a despedirse de un amigo al que cree que no volverá a ver, para darle las gracias por haber estado siempre ahí y trasladarlo mentalmente al desván de los recuerdos.

Durante medio siglo el "caso Watergate" había moldeado mi vocación de periodista, dando alas a mi determinación de servir a los lectores y fortaleciendo mi capacidad de resistir las presiones del poder.

Más que una hoja de ruta, Watergate me había dado una fuerza interior. Esa es la utilidad del buen ejemplo.

Si no hubiera vivido in situ el pulso de la prensa con la administración Nixon, no habría tenido tan claro que mi obligación era investigar la trama de los GAL y perseguir la corrupción tanto en el PSOE como en el PP a costa de lo que fuera.

Es decir, a costa de que los unos me echaran de Diario 16 y los otros de El Mundo.

Durante cuatro décadas busqué editores como Katherine Graham —sólo Alfonso de Salas lo fue—, traté de comportarme como Ben Bradlee y veía a Wodward y Bernstein en Miralles y Arqués, en Cerdán y Rubio o en Inda y Urreiztieta.

Algunos políticos corruptos se escudaban en que yo buscaba "mi Watergate". Más bien ocurrió que me topé con cosas mucho peores.

El propio Bradlee me dijo, desayunando una vez en Washington, que sólo se había dado cuenta de que Watergate había sido "una ratería de tercera", como lo catalogaba el portavoz de Nixon, al compararlo con los crímenes de los GAL.

Cuando presidente rima con delincuente Javier Muñoz.

Y no sólo me pasó a mí. Muchos otros compañeros de varias generaciones hicieron grandes aportaciones al periodismo de investigación, en muy distintos países, bajo el influjo de lo que ocurrió entre 1972 y 1974 a orillas del Potomac.

Pero medio siglo de vida es más que suficiente para un mito. Cruz ni siquiera había nacido cuando empezaron a suceder los hechos. Era lógico que los jóvenes no supieran nada sobre ello.

Había llegado el momento de agradecer a Watergate los servicios prestados, cerrar las páginas de ese libro y colocarlo en un lugar recóndito de la biblioteca. De ahí esa última peregrinación, a modo de homenaje a un difunto ilustre en el momento de su entierro.

Iluso de mí. Mientras estaba echando mi paletada de arena sobre el ataúd de la nostalgia, la veterana corresponsal ante la Casa Blanca Helen Thomas escribió que no creía que "el polvo terminara nunca de aposentarse sobre el escándalo Watergate".

Lo que acaba de suceder en España le otorga dramáticamente la razón porque, como buen conocedor de la materia, doy fe de que nunca se había reproducido aquella trama delictiva con tanta exactitud y mimetismo como en el relato recogido en el auto de 50 folios del juez Pedraz.

***

Fernando Garea ya adelantó los paralelismos más sustanciales en su crónica del jueves, pero al entrar en los detalles es cuando comprobamos, con enorme vértigo, hasta qué punto la historia se repite casi milimétricamente.

Yendo de abajo hacia arriba tenemos a los "fontaneros" rasos como los abogados Teijelo y Oliver, el empresario Pérez Dolset o la difunta periodista Patricia López que desempeñaban labores equivalentes a las de los cubanos contratados para la "guerra sucia" contra los demócratas.

Combinaban similares dosis de fanatismo y ánimo de lucro. Sólo que esta vez dirigidas a desprestigiar y extorsionar a jueces, fiscales y policías que "investigaban a miembros del partido o de la familia del Presidente del Gobierno". Buuff: cómo huele esa cita literal del juez.

Por encima tenían ala ‘fontanera jefa’ Leire Díez y a su adjunto, y al parecer también pareja, Vicente Fernández, expresidente de la SEPI. Eran los homólogos de los ex agentes de la CIA Howard Hunt y Gordon Liddy. Se ocupaban personalmente de los operativos más importantes, coordinaban a los demás ‘fontaneros’ y servían de enlace con su cliente.

El cliente era el PSOE, igual que lo fue el CREEP o Comité para la Reelección del Presidente. Por eso el máximo dirigente colocado por Sánchez en Ferraz, el secretario de Organización Santos Cerdán, desempeñó el mismo rol que la persona que Nixon había situado al frente del CREEP, el ex fiscal general John Mitchell.

Incluso, justicia poética o bromas del destino, ha resultado que la mujer de Cerdán, Francisca Muñoz, alias 'la Paqui', viene actuando con el mismo registro combativo, lenguaraz y pasado de rosca que la singular Martha Mitchell.

Cerdán utilizaba en la sede de Ferraz a una gerente, Ana María Fuentes, para hacer los pagos encubiertos a la red de los ‘fontaneros’ de igual manera que Mitchell tenía a un tesorero llamado Hugh Sloan en el CREEP para idéntica tarea.

También los estrechos colaboradores de Cerdán Juanfran Serrano y Ion Antolín intervinieron en esos pagos como lo hicieron Stans y Magruder, adjuntos de Mitchell. Fue precisamente Magruder quien advirtió sobre la marcha: "Este es un delito que puede destruirnos a todos".

Aquí cabe constatar la vuelta a casa de Juan Manuel Serrano —jefe de gabinete de Sánchez en la oposición y presidente de Correos que colocó a Leire en un puestazo—, en un gesto similar al de Donald Segretti, antiguo colaborador de Nixon que se reenganchó al servicio de la causa.

En la base de la pirámide había dos administrativas, Covadonga San Pedro y Celia Rodríguez, que auxiliaban a Cerdán y Fuentes en la logística, igual que una contable llamada Judy Hoback ayudaba a Mitchell y Sloan.

En ambas tramas había que crear una triangulación financiera para que pareciera que eran otros y no el PSOE o el CREEP quienes pagaban a los ‘fontaneros’. En concreto el papel deGaspar Zarrías lo desempeñó Frederick LaRue que remuneró a los ladrones de Watergate de igual manera que el ex vicepresidente andaluz lo hizo con Leire Díez.

Esa dinámica implicó en uno y otro caso la creación de un fondo secreto distribuido, mediante facturas falsas. Por eso el lema de los investigadores era: "Sigue el rastro del dinero".

Y para colmo de coincidencias, la cuantía manejada por el juez Pedraz, sumando los pagos de 187.000 euros realizados por el PSOE con los presuntos sobornos ofrecidos por valor de 350.000, se corresponde con los 600.000 dólares que como mínimo manejó el CREEP en la "guerra sucia" y su tapadera.

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¿Qué había por encima? Pues la Moncloa y la Casa Blanca. El cinturón de hierro, los hombres del presidente. En el caso de Nixon eran Haldeman, Erlichman y Colson.

Ilustración de Sánchez con la sombra de Nixon. Tomás Serrano

El apellido de los dos primeros generaba una sugerente cacofonía, igual que coincide el nombre de Óscar Puente y Oscar López. Ambos competían por ver quien demostraba menos escrúpulos en su entrega al presidente, aunque fue Haldeman quien se llevó el gato al agua con una autodefinición que hizo época: "Yo soy el hijo de puta de Nixon".

Colson, más reflexivo e ideologizado, sirvió de enlace entre el Despacho Oval y la trama delictiva organizada por el CREEP. Exactamente lo mismo que hizo Antonio Hernando cuando, como subjefe del gabinete de Moncloa, asistió en Ferraz a la reunión con los ‘fontaneros’ en la que se escuchó el audio sobre las saunas del suegro de Sánchez.

Mención aparte merece el asesor especial John Dean que, impulsado por su conciencia y el consejo de su inteligente esposa, partió peras con Nixon y terminó contando la verdad. Hoy por hoy es el único papel redentor pendiente de asignación, pero sería temerario atribuírselo a nadie, siquiera potencialmente, en un entorno tan cerrado y paranoico como el del sanchismo.

La cuantía manejada por el juez Pedraz, sumando los pagos de 187.000 euros realizados por el PSOE con los presuntos sobornos ofrecidos por valor de 350.000, se corresponde con los 600.000 dólares que como mínimo manejó el CREEP en la "guerra sucia" y su tapadera.

Ya solo nos queda hablar del presidente. Porque Nixon era un tipo al menos tan rocoso y resiliente como Sánchez. Le habían dado por muerto unas cuantas veces y otras tantas había sobrevivido con el bastón de mando en una mano y la lista de sus enemigos políticos —con gran abundancia de periodistas— en la otra.

Si comparamos la situación de ambos en el momento en que se destapó el escándalo de los pagos fraudulentos para cometer actos ilegales, la de Sánchez es más comprometida que la de Nixon por cuatro razones.

En primer lugar, Nixon se enteró del asalto a Watergate a posteriori y lo llegó a atribuir a quienes "por exceso de entusiasmo hacen en las campañas cosas que están mal". Sólo se metió en el problema cuando autorizó el desvío de dinero para tapar el escándalo.

En cambio, Sánchez aparece en las referencias de los miembros de la trama desde el primer momento. Bien como impulsor principal: "El presidente dijo que se limpie todo", comenta Dolset; "límpiese sin límite", añade Leire. Bien como conocedor y cómplice: "El presidente está refiriéndose a todo lo que estamos haciendo", advierte Leire; "mira el jefe como cita lo de los audios", alega con orgullo Juanma Serrano.

Todo encaja con el hecho de que durante los meses en los que los ‘fontaneros' desempeñaron su actividad más álgida, Sánchez —sólo o en compañía de otros— despachaba periódicamente con Cerdán. Un Cerdán que, según el auto, se había reunido al menos 39 veces con la ’fontanera en jefe’.

La segunda diferencia es que mientras la trama de Watergate sólo pretendía favorecer a Nixon en el plano político practicando la ‘guerra sucia’ contra los demócratas, nuestros ‘fontaneros’ no iban contra dirigentes del PP sino contra los jueces, fiscales y policías que estrechaban el cerco sobre el entorno más directo de Sánchez, incluidas su esposa y su hermano.

Era algo demasiado personal como para que el interesado no estuviera involucrado. La anotación manuscrita de Leire Díez es bastante concluyente: "Intentamos contactar con el PSOE dos años y sólo cuando ocurre lo de Begoña alguien nos recibe".

El tercer factor que perjudica a Sánchez es la nube de investigaciones criminales que le envuelven. Si bien su vicepresidente, Spiro Agnew, había tenido que dimitir por un caso de cobro de comisiones similar al de Ábalos, todos los demás escándalos de Nixon se subsumían en Watergate.

En cambio el equipo y la familia de Sánchez están inmersos en al menos diez causas penales que afectan a todos los frentes de su acción de gobierno, desde los rescates con dinero público a la política exterior con China y Venezuela, y por supuesto a los fondos que recibía y pagaba el partido.

Si hasta ahora se investigaba la financiación ilegal del PSOE, ahora se investiga también al PSOE como financiador de actos ilegales. Y todo ello con Zapatero, su "Julito" para todo, la empresa de sus hijas y su colección de joyas —ver para creer— como inaudita decoración del escenario.

Pero existe además una cuarta y definitiva diferencia que ensombrece el horizonte de Sánchez aún más que el que afrontaba Nixon: la posibilidad de ser imputado, juzgado y condenado por graves delitos de obstrucción a la justicia.

El equipo y la familia de Sánchez están inmersos en al menos diez causas penales que afectan a todos los frentes de su acción de gobierno.

Bastaría que alguno de los miembros de la cadena que estuvo en contacto directa o indirectamente con él decidiera colaborar con la justicia, tomando el rumbo de Aldama o el que previsiblemente tomará ‘Julito’ Martínez, para que el Supremo no tuviera más remedio que investigarle.

Y lo peor de todo es que en España no existe la institución del "perdón presidencial" que permitió a Gerald Ford abortar la imputación de Nixon a cambio de que él abandonara la Casa Blanca. Sánchez ni siquiera podría pues extender los brazos en señal de falsa victoria al subir ominosamente al helicóptero.

***

Es normal que la mayoría de los españoles no sean aún conscientes del tremendo salto cualitativo que se ha producido esta semana.

Pero hemos pasado de una situación en la que había múltiples razones para exigir a Sánchez que asumiera sus responsabilidades políticas por la presunta corrupción de otros, a una situación en la que el sospechoso de haber delinquido es él mismo.

"¿Qué sabía? ¿Cuánto sabía? ¿Desde cuándo lo sabía?" Es lo que implícitamente está preguntando Page, asumiendo el valiente papel del senador republicano Howard Baker.

Antes del auto del juez Pedraz lo lógico era exigir al presidente que disolviera las cámaras y sometiera sus actos y omisiones, "in eligendo" e "in vigilando", al veredicto de las urnas.

Después del auto del juez Pedraz no queda más alternativa que requerir la dimisión de Sánchez como presidente del Gobierno, pues es inaceptable que pueda seguir en la Moncloa quien tiene sobre su cabeza la espada de Damocles de la responsabilidad penal.

Aunque no se haya llegado técnicamente a ese momento, el "in dubio pro reo" debe tener su reverso en el plano de la representación institucional: "in dubio pro ciudadano".

Después del auto del juez Pedraz no queda más alternativa que requerir la dimisión de Sánchez como presidente del gobierno, pues es inaceptable que pueda seguir en la Moncloa quien tiene sobre su cabeza la espada de Damocles de la responsabilidad penal.

Hay muchos españoles con méritos y aptitudes para ser presidentes del Gobierno. El PSOE y sus aliados pueden someter a alguno de ellos a una nueva investidura para lo que queda de mandato o bien designarlo candidato si se disuelven las cámaras.

Sánchez es lo suficientemente joven como para poder volver a la palestra si cuando se cierre la investigación penal quedara exonerado. Esas deberían ser las reglas del juego: primero el interés de la Nación, luego el del partido y abajo el de la persona.

Pero, siguiendo el hilo del pensamiento más profundo jamás emanado del ajustado cacumen deOscar López, aquí nadie se "chupa el dedo". Todos sabemos que Sánchez se va a atornillar al poder por todos los medios a su alcance y que cuando no le quede otra que convocar elecciones intentará convertirlas en un plebiscito caudillista sobre su persona.

Ya lo explicitó él mismo en El Vaticano cuando, además de intentar mimetizarse con la doctrina del Papa —soslayando, claro, la eutanasia y el aborto—, proclamó que "los presuntos casos de corrupción no pueden borrar ni ensombrecer los avances sociales y económicos". O sea, que si se ha robado y obstruido a la Justicia ha sido por el interés del pueblo.

Así las cosas, como expliqué en Espejo Público, si Sánchez no dimite, que no va a dimitir, lo menos malo para todos es que concluya la legislatura. Porque en los diez meses que como máximo le quedan antes de disolver las Cortes, tanto los jueces como la prensa no vendida podemos hacer importantes aportaciones adicionales para que en ese plebiscito sobre el caudillaje de Sánchez los votantes participen con mayor conocimiento de causa que ahora.

Baste tener en cuenta que, por limitarnos a las revelaciones de nuestro periódico, hace diez meses no sabíamos que Begoña Gómez pagaba en persona los anuncios de las saunas en las que se ejercía la prostitución mientras su marido clamaba por abolirla.

Hace diez meses tampoco sabíamos que el socio de Cerdán contrató al ‘vicefontanero’ Vicente Fernández en Servinabar.

Y hace diez meses tampoco sabíamos que el viejo cocodrilo del socialismo andaluz Gaspar Zarrías contrató a la ‘fontanera en jefe’ Leire Díez como tapadera de Ferraz.

Comprendo que estoy pidiendo a la exhausta e indignada sociedad española un último esfuerzo, que por otra parte no está en sus manos evitar. Habrá que tomar infusiones diarias de alhucema, también conocida como lavanda angustifolia por sus propiedades para calmar la ansiedad.

Si hemos aguantado ocho años, podremos aguantar diez meses más. Merecerá la pena si al final se produce el doble desenlace de un cambio de Gobierno y una regeneración del PSOE.

Es verdad que, entre tanto, a raíz delauto del juez Pedraz hemos entrado en esa fase, en la que Kissinger, tras percibir la honda depresión de Nixon, explicó que "ahora todos somos pasajeros de un vehículo desbocado sin control en medio de la niebla".

Porque como el propio Haldeman advirtió a sus cómplices, "cuando la pasta de dientes ha empezado a salir del tubo ya es muy difícil volver a meterla dentro".

Y nada hay tan peligroso como un grupo de presuntos delincuentes cercados por la policía y la justicia bajo los focos de la prensa libre.

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