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Cuba prepara 300 drones chinos y rusos contra EEUU y Trump despliega en el Caribe a su portaaviones USS Nimitz

Cuba prepara 300 drones chinos y rusos contra EEUU y Trump despliega en el Caribe a su portaaviones USS Nimitz
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El Mando Sur estadounidense anunció el miércoles, mismo día de la imputación de Raúl Castro, la llegada del portaaviones al Caribe. La izquierda iberoamericana, que se daba golpes de pecho en Barcelona, calla. Más información: EEUU reproduce en Cuba la 'vía Maduro': imputa a Raúl Castro y planea un ataque para forzar un cambio de régimen

Imagen de un dron reaper.

América Cuba prepara 300 drones chinos y rusos contra EEUU y Trump despliega en el Caribe a su portaaviones USS Nimitz

El Mando Sur estadounidense anunció el miércoles, mismo día de la imputación de Raúl Castro, la llegada del portaaviones al Caribe. La izquierda iberoamericana, que se daba golpes de pecho en Barcelona, calla.

Más información:EEUU reproduce en Cuba la 'vía Maduro': imputa a Raúl Castro y planea un ataque para forzar un cambio de régimen

Publicada 22 mayo 2026 02:40h Las claves

Las claves Generado con IA

El Mando Sur de las Fuerzas Armadas estadounidenses (SOUTHCOM) anunció este miércoles la llegada al Caribe del portaaviones USS Nimitz acompañado de su grupo de ataque: el ala aérea CVW-17, el destructor USS Gridley y el petrolero USNS Patuxent.

"Bienvenido al Caribe, grupo de ataque del Nimitz", escribió SOUTHCOM en su cuenta de X, definiendo el despliegue como "el epítome de la preparación y la presencia, el alcance y la letalidad sin par, una ventaja estratégica".

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Oficialmente, el movimiento se enmarca en la operación Southern Seas 2026, un ejercicio rutinario. En la práctica, el calendario habla por sí solo: justo ese mismo día, el fiscal general en funciones, Todd Blanche, presentaba en la Freedom Tower de Miami la imputación contra el expresidente de Cuba, Raúl Castro.

La magnitud de la flota estadounidense contrasta con los pocos medios con los que pretende defenderse La Habana de una posible invasión.

Según informaciones publicadas por el digital Axios y confirmadas posteriormente por Newsweek, las autoridades de La Habana habrían adquirido al menos 300 drones de ataque de fabricación china y rusa para preparar lo que el propio Gobierno ha calificado como un posible "baño de sangre".

Sin aviación propia más allá de unos cuantos MiG soviéticos, sin defensa antiaérea moderna y sin Venezuela detrás, es difícil no leer la operación de los drones como poco más que un gesto, casi un trámite.

Si Estados Unidos decide ir a por Castro, el desenlace será mucho más rápido que el de Nicolás Maduro, y todo el mundo en La Habana lo sabe. La duda no es si podrán defenderse, sino si Trump está dispuesto a dar la orden con la guerra de Irán todavía a medias y con su aprobación rondando el 39%.

El despliegue del Nimitz, en cualquier caso, sirve para algo más prosaico que la disuasión: garantiza la inviolabilidad de la base de Guantánamo y de las aguas próximas a Florida frente a esos mismos drones cubanos. Una posibilidad que, tres meses atrás, ni siquiera estaba en discusión.

Sheinbaum, Lula y Petro, desaparecidos

Veinticuatro horas después de la imputación de Castro, los apoyos internacionales con los que esperaba contar el régimen de Miguel Díaz-Canel se han limitado a los aliados estratégicos más previsibles.

China y Rusia han salido en su defensa este jueves a través de comunicados separados. La izquierda latinoamericana, en cambio, ha optado por un silencio elocuente.

Durante todo el miércoles y buena parte del jueves, ni Claudia Sheinbaum, ni Luiz Inácio Lula da Silva, ni Gustavo Petro, ni Daniel Ortega emitieron pronunciamiento alguno respecto a la acusación que pesa sobre el histórico líder cubano por cuatro cargos de asesinato y conspiración para matar a ciudadanos estadounidenses.

Tampoco lo hizo el Gobierno de Pedro Sánchez, anfitrión hace apenas cinco semanas de una cumbre en Barcelona en la que el propio Pedro Sánchez, Sheinbaum, Lula y Petro exigieron a Donald Trump "respeto" para Cuba y una salida diplomática a la crisis humanitaria.

Ahora, cuando esa misma crisis ha entrado en su fase judicial —y, potencialmente, militar—, el frente progresista que tanto se reivindicó como contrapeso a Washington ha desaparecido del mapa. Aún peor, el USS Nimitz, antes de poner rumbo a aguas cubanas, acababa de realizar ejercicios conjuntos con la Marina brasileña frente a la costa de Río de Janeiro.

En definitiva, Lula no se pronuncia sobre la imputación, pero su propia Armada lleva semanas entrenándose con el portaaviones que ahora apunta a La Habana.

El contraste no necesita demasiada interpretación. El cálculo de la izquierda latinoamericana parece claro: el coste de no decir nada es menor que el riesgo de quedar señalados por la Administración Trump en plena negociación de aranceles, migración o seguridad. Jugársela por un asesino como Castro, sencillamente, no merece la pena.

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Pekín y Moscú, contra el "doble palo"

Quienes sí pueden permitirse el lujo de la protesta, como decíamos, son las otras dos grandes potencias mundiales.

El portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Guo Jiakun, declaró este jueves en Pekín que "los estadounidenses deberían dejar de blandir el palo de las sanciones y el palo judicial contra Cuba y dejar de amenazar con la fuerza a cada paso". Añadió que China apoya "firmemente" a Cuba en la salvaguarda de su soberanía.

En ningún momento entró Guo en el caso específico del derribo del avión de Hermanos al Rescate; su ataque iba dirigido de forma genérica contra el principio de jurisdicción extraterritorial estadounidense, el mismo del que Pekín se ha quejado siempre a propósito de Huawei o en el caso Meng Wanzhou.

Rusia fue algo más militante. Su Ministerio de Exteriores condenó la "grave injerencia en los asuntos internos de un Estado soberano" y prometió "el apoyo más activo a la fraternal Cuba".

El gesto retórico es importante, pero su traducción material es escasa: en lo que va de año, Rusia ha conseguido romper el bloqueo petrolero con un único carguero.

China, segundo socio comercial de Cuba y su principal acreedor, ha enviado 80 millones de dólares y 60.000 toneladas de arroz.

No es ayuda menor, pero no compensa los 26.500 barriles diarios que llegaban de Venezuela hasta la captura de Maduro el pasado 3 de enero.

Hay aquí un elemento al que conviene prestar atención. Tanto Donald Trump como Vladímir Putin se han reunido recientemente con Xi Jinping en sendas visitas de Estado, la del estadounidense hace apenas dos semanas.

Es poco probable que el asunto cubano no surgiera en ambos encuentros, sobre todo teniendo en cuenta que la imputación se viene preparando desde febrero. La cuestión es qué se habló y qué contrapartidas se ofrecieron.

Por la timidez del comunicado chino y por la cuasi inacción rusa, todo apunta a que ninguno considera que Cuba merezca un enfrentamiento serio con Washington.

Cuba por Ucrania: el quid pro quo

Aquí entra en juego un actor al que conviene seguir muy de cerca: Marco Rubio. El secretario de Estado, hijo de inmigrantes cubanos, lleva meses presionando para que Cuba siga el camino de Venezuela.

El miércoles, mientras Blanche anunciaba la imputación, Rubio dirigió un mensaje en español al pueblo cubano en el que culpó al régimen y a GAESA —el conglomerado empresarial de las Fuerzas Armadas— del colapso económico de la isla: "La verdadera razón por la que ustedes no tienen electricidad, combustible o comida es porque quienes controlan su país han saqueado miles de millones de dólares".

Trump, por su parte, calificó la imputación de "un momento muy importante" y a renglón seguido pareció rebajar las expectativas: "No hará falta una escalada. Aquello se está derrumbando".

Esta doble lectura —la del halcón Rubio y la del Trump que titubea, ocupado en Irán— explica la confusión actual.

Buena parte del Partido Republicano, especialmente la facción de origen isleño lleva sesenta y siete años esperando este momento. Carlos Giménez, congresista cubano-americano por Florida, lo dijo sin rodeos: la imputación da a Estados Unidos "la base legal para ir y sacar" a Raúl Castro de Cuba.

Peter Kornbluh, del National Security Archive, habla directamente de un "salto cuántico" hacia la agresión militar. La Administración no quiere admitirlo, pero los preparativos jurídicos para una operación al estilo Maduro están ya sobre la mesa.

Y aquí es donde el silencio de Moscú adquiere su sentido más interesante. Si Putin ha aceptado tácitamente la operación contra el principal aliado histórico que le queda en el hemisferio occidental, es porque, probablemente, espera algo a cambio. Y ese algo se llama Ucrania.

La Administración Trump lleva un año trabajando en favor de la rehabilitación de Putin y dejando a Kiev a su suerte; convertir esa dejación en un acuerdo tácito por el que Washington gestiona América Latina sin intromisión de terceros países mientras Moscú dispone de Ucrania sería el cierre lógico del proceso.

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Es la adaptación de la Doctrina Monroe al siglo XXI: Cuba la gestionan los americanos; Ucrania, los rusos.

Si esa es la conversación que se ha tenido en Pekín, el silencio de Sheinbaum, Lula y Petro adquiere un sentido nuevo: no es solo cálculo, es resignación. Saben que esta partida ya no se juega en su tablero.

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