Jueves, 14 de mayo de 2026 Jue 14/05/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Cultura

Culpa tuya

Culpa tuya
Artículo Completo 1,157 palabras
Hay cosas que dices para quedar bien. Si estoy en el gimnasio y me llaman por teléfono, lo cojo siempre, para poder responder «Vaya, perdona, me pillas entrenando, te llamo en un rato» y así parecer un tipo deportista, al que, no importa cuando llames, lo vas a encontrar mancuerna arriba, mancuerna abajo. También disfruto soltando que voy mucho al Museo del Prado . Que ir, voy, porque me encanta, pero admito que, al pasear por sus pasillos, rara vez lo hago dentro del asunto. En vez de desconectar, obnubilado ante la belleza de un lienzo, lo más habitual es que me entretenga pensando en lo bien o lo mal que le iba al autor al pintarlo. Imagino que es porque soy autónomo. A mí me pones frente a ‘Las Meninas’ y sí, el cuadro está bien, pero no puedo dejar de dibujar en mi mente la cara de satisfacción que tuvo que poner Velázquez al recibir el mail de la familia real encargándole todos esos retratos. Años de ingresos asegurados , todo teletrabajo, probablemente sin tener que pagar IVA: el paraíso.Noticia relacionada No No PANTALLAS 'Pluribus', la sensación televisiva del año: 'Querer mejor que un alien' Santiago AlverúNo dejo de oír eso de que «todo es política» , es decir, que detrás de cualquier pequeño gesto hay un posicionamiento ideológico, no importa lo imperceptible que parezca. Defienden los que esgrimen esta frase que del café que bebemos, de la serie que nos ponemos por las noches o del equipo de fútbol al que apoyamos se diluye quiénes somos. Yo no lo tengo tan claro. Sí, nuestros actos nos definen, pero no, no creo que de una manera tan evidente. De ahí la ironía con la que comenzaba esta columna: la mayoría de las cosas que hago, que hacemos, cobran nuevos significados al ser observadas de cerca. Consumir algo no siempre supone apoyar, ni mucho menos entender. Y la tendencia de responsabilizar al espectador o señalarle cuando sus hábitos no nos agradan conduce a un mundo asfixiante en el que, vaya, ya estamos metidos de lleno.Menudo facha FrodoTodos mostramos cierto sentimiento de pertenencia con ficciones que descubrimos de chavales, y yo, como muchos otros de mi generación, ejerzo esa posesión malsana con ‘El señor de los anillos’ . Pese a que no soy de los que impone su visionado (las películas, como los magos, llegan cuando tienen que llegar), ni de los que son incapaces de señalar sus fallos (ningún problema en decir que los personajes femeninos podrían tener más peso), sí me molesta que se interprete de más su mensaje. Y ahora, al parecer, hay grupos ultra conservadores que han empezado a apropiarse de esta obra de Tolkien para reivindicar una vuelta al campo, lo que ha despertado a comentaristas de izquierdas, que ven restos de fascismo en las aventuras de Aragorn.Miren, yo me dedico profesionalmente a ver películas, y desde que escribí mi primera crítica hace ocho años no me he encontrado ninguna propaganda tan sutil y tan sibilina que sea capaz de lavarle el cerebro a alguien que cuente con un mínimo de espíritu crítico y la educación secundaria completada. Y si por desgracia existen personas que cogen los elementos más arcaicos de una novela escrita hace más de medio siglo y los convierten en parte de su identidad, qué repajolera culpa tenemos el resto. Por qué va a ser eso más válido que la innumerable cantidad de lectores que han visto, en el mismo texto, una defensa de la ecología , de la amistad, una radiografía de lo que es el valor y, por encima de todo, un relato entretenido que te cagas.Esta infantilización del espectador es desesperante. Y tengo la sensación de que únicamente la ejerce la izquierda. El conservadurismo censura, claro, y mucho, pero no dinamita aquello que disfruta. Ellos no se privan de nada que consideran divertido, no hay una familia de derechas en España pensando en tirar el DVD de ‘Gladiator’ a la basura por si los niños, al verla, entienden que es bueno comenzar a repartir mandobles. Entre tanto, el progresismo vive castrado ante sus aficiones, rehusando ver este programa o leer aquel libro por lo que supuestamente dice de ellos. Y lo que es peor: negándose a pesar de que les pueda apetecer. Así, todo un grupo de gente agobiadísima por estar haciéndolo bien, se olvida de todas las otras razones válidas para consumir algo, desde el escapismo que representa ‘La isla de las tentaciones’ hasta lo bien que se trabaja mientras escuchas un disco de Slayer.El cómico Ignatius Farray defendía en uno de sus primeros monólogos que el gran problema de la medición de audiencias es asumir que estoy viendo algo porque me gusta . Hay que aceptar, pese a que vivamos tiempos de tertulianismo exacerbado, que no podemos explicar todo ni controlar todo, y que la suma de varias chorradas no crea un tema serio. La gente se comporta así porque sí, ve cosas porque sí, dice «Te quiero», pero piensa «te odio». Los hay que nacen, viven, se mueren sin pensar ni creer en ninguno de sus pasos. Si no les he convencido, piensen. ¿Qué dice de ustedes que estén leyendo esta columna? Nada hombre, qué va a decir. Regálense la idea de que son bastante más que el periódico que leen. Que lo más probable es que no, pero sean generosos. Trátense como un mar de misterios, como un océano de incógnitas, no dejen que nada les defina. Excepto, quizás, la tontería esa del voto.Santiago Alverú Actor, escritor, crítico cinematográfico y monologuista

Hay cosas que dices para quedar bien. Si estoy en el gimnasio y me llaman por teléfono, lo cojo siempre, para poder responder «Vaya, perdona, me pillas entrenando, te llamo en un rato» y así parecer un tipo deportista, al que, no importa cuando llames, ... lo vas a encontrar mancuerna arriba, mancuerna abajo. También disfruto soltando que voy mucho al Museo del Prado. Que ir, voy, porque me encanta, pero admito que, al pasear por sus pasillos, rara vez lo hago dentro del asunto.

En vez de desconectar, obnubilado ante la belleza de un lienzo, lo más habitual es que me entretenga pensando en lo bien o lo mal que le iba al autor al pintarlo. Imagino que es porque soy autónomo. A mí me pones frente a ‘Las Meninas’ y sí, el cuadro está bien, pero no puedo dejar de dibujar en mi mente la cara de satisfacción que tuvo que poner Velázquez al recibir el mail de la familia real encargándole todos esos retratos. Años de ingresos asegurados, todo teletrabajo, probablemente sin tener que pagar IVA: el paraíso.

'Pluribus', la sensación televisiva del año: 'Querer mejor que un alien'

No dejo de oír eso de que «todo es política», es decir, que detrás de cualquier pequeño gesto hay un posicionamiento ideológico, no importa lo imperceptible que parezca. Defienden los que esgrimen esta frase que del café que bebemos, de la serie que nos ponemos por las noches o del equipo de fútbol al que apoyamos se diluye quiénes somos. Yo no lo tengo tan claro. Sí, nuestros actos nos definen, pero no, no creo que de una manera tan evidente. De ahí la ironía con la que comenzaba esta columna: la mayoría de las cosas que hago, que hacemos, cobran nuevos significados al ser observadas de cerca. Consumir algo no siempre supone apoyar, ni mucho menos entender. Y la tendencia de responsabilizar al espectador o señalarle cuando sus hábitos no nos agradan conduce a un mundo asfixiante en el que, vaya, ya estamos metidos de lleno.

Todos mostramos cierto sentimiento de pertenencia con ficciones que descubrimos de chavales, y yo, como muchos otros de mi generación, ejerzo esa posesión malsana con ‘El señor de los anillos’. Pese a que no soy de los que impone su visionado (las películas, como los magos, llegan cuando tienen que llegar), ni de los que son incapaces de señalar sus fallos (ningún problema en decir que los personajes femeninos podrían tener más peso), sí me molesta que se interprete de más su mensaje. Y ahora, al parecer, hay grupos ultra conservadores que han empezado a apropiarse de esta obra de Tolkien para reivindicar una vuelta al campo, lo que ha despertado a comentaristas de izquierdas, que ven restos de fascismo en las aventuras de Aragorn.

Miren, yo me dedico profesionalmente a ver películas, y desde que escribí mi primera crítica hace ocho años no me he encontrado ninguna propaganda tan sutil y tan sibilina que sea capaz de lavarle el cerebro a alguien que cuente con un mínimo de espíritu crítico y la educación secundaria completada. Y si por desgracia existen personas que cogen los elementos más arcaicos de una novela escrita hace más de medio siglo y los convierten en parte de su identidad, qué repajolera culpa tenemos el resto. Por qué va a ser eso más válido que la innumerable cantidad de lectores que han visto, en el mismo texto, una defensa de la ecología, de la amistad, una radiografía de lo que es el valor y, por encima de todo, un relato entretenido que te cagas.

Esta infantilización del espectador es desesperante. Y tengo la sensación de que únicamente la ejerce la izquierda. El conservadurismo censura, claro, y mucho, pero no dinamita aquello que disfruta. Ellos no se privan de nada que consideran divertido, no hay una familia de derechas en España pensando en tirar el DVD de ‘Gladiator’ a la basura por si los niños, al verla, entienden que es bueno comenzar a repartir mandobles. Entre tanto, el progresismo vive castrado ante sus aficiones, rehusando ver este programa o leer aquel libro por lo que supuestamente dice de ellos. Y lo que es peor: negándose a pesar de que les pueda apetecer. Así, todo un grupo de gente agobiadísima por estar haciéndolo bien, se olvida de todas las otras razones válidas para consumir algo, desde el escapismo que representa ‘La isla de las tentaciones’ hasta lo bien que se trabaja mientras escuchas un disco de Slayer.

El cómico Ignatius Farray defendía en uno de sus primeros monólogos que el gran problema de la medición de audiencias es asumir que estoy viendo algo porque me gusta. Hay que aceptar, pese a que vivamos tiempos de tertulianismo exacerbado, que no podemos explicar todo ni controlar todo, y que la suma de varias chorradas no crea un tema serio. La gente se comporta así porque sí, ve cosas porque sí, dice «Te quiero», pero piensa «te odio». Los hay que nacen, viven, se mueren sin pensar ni creer en ninguno de sus pasos. Si no les he convencido, piensen. ¿Qué dice de ustedes que estén leyendo esta columna? Nada hombre, qué va a decir. Regálense la idea de que son bastante más que el periódico que leen. Que lo más probable es que no, pero sean generosos. Trátense como un mar de misterios, como un océano de incógnitas, no dejen que nada les defina. Excepto, quizás, la tontería esa del voto.

Actor, escritor, crítico cinematográfico y monologuista

Los trabajadores invisibles que nunca paran: el secreto detrás de la ropa que nos protege

La pescadería de Mercadona cambia para siempre: así es el nuevo modelo de la cadena

¿Pueden las aerolíneas aplicar un recargo por combustible a billetes ya confirmados?

La Guardia Civil investiga un presunto acoso a aficionados del Atlético en la A-66 en Mérida

Un interno de Dueñas «fuera de sí» rompe el menisco a un funcionario en un forcejeo

Los jubilados que cobran 2.998,3 euros de pensión al mes

Marc Vidal, inversor: «Hay 870.000 personas en España que llevan meses sin cobrar ni trabajar pero no cuentan como parados y, si contasen, el paro sería de 3,15 millones»

Entradas Fiestas de Rivas: Barry B, Repion y Samuraï

Un polo para cada día de la semana: las 7 opciones de marca que puedes llevar por mucho menos

Padres de 15: «No hay que dar caprichos absurdos a los niños. Es un engaño»

Oriol Mitjà, experto, sobre el hantavirus: «Tiene una segunda fase desastrosa»

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Fuente original: Leer en ABC - Cultura
Compartir