LA TRIBUNA
De excepción a reglaNo hay un único camino, sino tantos como mujeres dispuestas a recorrerlos. Y ninguno se recorre ya en soledad: estamos en red, y eso lo cambia todo
Regala esta noticia Añádenos en GoogleElena Díaz
Ingeniera Técnica de Telecomunicaciones. Coordinadora de Ingenieras en Red / COITT
23/06/2026 a las 02:00h.La primera vez que firmé una conformidad de obra, el jefe de la contrata buscó a quién darle la mano. Se la dio al compañero ... que venía a ayudarme, y obviamente, le habló a él de principio a fin. A mí debió de tomarme por la becaria. Lo más curioso es que la becaria no estaba allí: la que decidía si aquello cumplía y la que firmaba, era yo.
Para ver de verdad cuánto hemos avanzado, hay que mirar más atrás. Pienso en una de las primeras mujeres que se tituló como ingeniera técnica de telecomunicación, a finales de los años cincuenta, en una promoción de 134 hombres y 3 mujeres. Sí, lo has leído bien: solo había tres compañeras. Hizo carrera como ingeniera técnica de radiocomunicación cuando no tenía a quién parecerse. Llegó hasta el Ministerio del Aire en una época en la que a una mujer ni se le daban esas oportunidades ni se la veía capaz, y hasta fundó sus propias empresas. Y, aun así —ella lo cuenta hoy con humor— más de una vez en reunión, alguien dio por hecho que la mujer de la sala era quien iba a traer el café. Imaginen: una de las mejores ingenieras de su tiempo, y un café de por medio.
Cada año aparecen ingenieras jóvenes que se hacen casi las mismas preguntas que nos hacíamos nosotras: cómo hacerse respetar, cómo sostener la mirada en una sala donde a veces todavía somos pocas
Todo el camino lo abrió sin un solo nombre de mujer delante en quien mirarse, para que muchas lo recorriéramos después sin saber siquiera quién lo había despejado. No lo tuvo fácil, y aun así lo hizo. Hoy muchas compañeras nos sentimos orgullosas de compartir con ella esfuerzo, cariño y conversaciones; y cada vez que la escuchamos recordamos cómo era el punto de partida: estar sola, ser la única en cada aula, en cada reunión, en cada obra.
Y ahora es cuando llega la pregunta complicada: ¿Dónde estamos ahora? Si lo miramos con honestidad, lo que ha cambiado no son solo los números, que también: hay más mujeres en las escuelas, más visibilidad, más referentes, más compañeros que nos acompañan con naturalidad. Pero quedarse en eso sería contar solo la parte bonita. El avance de verdad no está tanto en cuántas entran, sino en hasta dónde llegan. El reto se ha movido de sitio: de entrar a quedarse, de estar a decidir, de que se nos mida por lo que hacemos, igual que a cualquier compañero. Porque esto no va de competir ni de ganar terreno a costa de nadie. No es una pelea entre hombres y mujeres; es una ingeniería que se completa cuando cabemos todas las que valemos para ella.
Y hay una prueba de ese avance, que me parece la que mejor lo refleja: hoy, cuando hablamos de mujeres en la ingeniería, ya no hablamos de una sola figura, de esa excepción rara que confirmaba la regla. Hablamos de una red. Y me gusta la palabra porque significa varias cosas a la vez. Están las redes de telecomunicación, las que tantas compañeras diseñan, despliegan y mantienen cada día para que el mundo siga conectado. Y está la otra red, la de las personas: la de las mujeres que se buscan, se encuentran y se sostienen unas a otras; la que hoy, para muchas de nosotras, tiene nombre propio: Ingenieras en Red. Porque algo ha cambiado de raíz: antes cada una iba por su cuenta, y hoy estamos unidas. Y desde esa red, puedes ver la variedad de lo que hacemos. Hay compañeras con puestos de responsabilidad en la banca; otras que despliegan y construyen las redes que nos conectan; otras que se han propuesto despertar vocaciones STEAM en las niñas que vienen detrás, para que ninguna piense que esto no es para ella.
Las hay que empezaron en la acústica y hoy están en ciberseguridad; que han emprendido en biomedicina; que trabajan en despliegues de fibra, proyectos de 5G, expertas en inteligencia artificial o ciencia de datos. Las hay en satélites y sector aeroespacial, en electrónica, en desarrollo de software. Las hay en plantas fotovoltaicas y energías renovables, levantando la infraestructura que va a dar luz a las próximas décadas. Las hay en hospitales, al cargo de tecnologías de las que dependen vidas; en la televisión, en la consultoría, en la industria, en la administración pública, en operadoras y en startups que aún no sabemos hasta dónde llegarán. Las hay peritando, certificando, dirigiendo proyectos y equipos. Y las hay dando clase: en la universidad, formando a los ingenieros e ingenieras del mañana, y en los colegios, sembrando desde abajo. Algunas han pasado de enseñar a especializarse en ciberseguridad. Las hay que hicieron las maletas —Londres, París, Berlín, Dublín— para buscar fuera el trabajo que aquí no siempre encontraban. Y las hay con perfiles tan mezclados que cuesta ponerles etiqueta: ingenieras que combinan la acústica, la telecomunicación, la consultoría, la docencia, la digitalización... y que ya ni saben muy bien cómo definirse en una línea. Quizá esa sea la mejor señal: que una ingeniera hoy no cabe en una sola casilla. No hay un único camino, sino tantos como mujeres dispuestas a recorrerlos. Y ninguno se recorre ya en soledad: estamos en red, y eso lo cambia todo.
Pero esto no está terminado, y se nota sobre todo en las que llegan. Cada año aparecen ingenieras jóvenes que se hacen casi las mismas preguntas que nos hacíamos nosotras: cómo hacerse respetar, cómo ocupar tu sitio sin que te lo discutan, cómo sostener la mirada en una sala donde a veces todavía somos pocas. En ellas vuelve el mismo síndrome de la impostora de siempre, esa voz que aún seguimos escuchando demasiadas veces y que aparece justo cuando más estamos demostrando. Y sobrecoge la contradicción: todo lo que son capaces de hacer y lo solas que se sienten al principio. Hay algo distinto respecto a hace unos años, y no es poca cosa: ya no están tan solas. Antes ese miedo se vivía en silencio; hoy hay otras a su lado y compañeros que lo entienden, que ya pasaron por ahí y les recuerdan que esa voz miente. Las que abrieron camino lo hicieron solas, lo que nos toca a las que ya estamos es ser esa red para las que vienen: la que a nosotras nos faltó.
Porque, en realidad, se trata de conectar generaciones. De que la que abrió la puerta, la que está hoy en mitad del camino y la que acaba de entrar en la escuela formen parte de la misma conversación. La ingeniería se construye así, por tramos que se apoyan unos en otros, compañeros y compañeras sosteniéndose en quienes vinieron antes. Y la presencia de las mujeres se construye igual: ninguna llega sin apoyo, ni se mantiene sin él. Cada una que entra y se queda le hace sitio a la siguiente.
Muchas veces nos preguntan si compensa, y la respuesta es clara: a la obra se va, y, si hace falta, en tacones. Puede parecer medio en broma, pero el significado va muy en serio: se va con lo que una es y como una quiere, sin pedir permiso para ocupar el sitio que se ha ganado. Veníamos de ser tres en una promoción de ciento treinta y siete. Hoy somos muchas más, y detrás vienen muchísimas. A ellas va dedicado esto: el sitio ya no hay que despejarlo solas. Os estamos esperando.
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