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De la compra de Alaska a la Guerra Fría: 160 años que explican la actual obsesión de Trump por Groenlandia

De la compra de Alaska a la Guerra Fría: 160 años que explican la actual obsesión de Trump por Groenlandia
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Desde 1867 Estados Unidos ha lanzado ofertas millonarias en reiteradas ocasiones para anexionar la isla ártica. Más información: Decenas de miles de personas se manifiestan en Groenlandia y en Dinamarca contra los planes de anexión de Trump

Miles de manifestantes protestan en Groenlandia contra la amenaza de anexión de Trump. Reuters.

Mundo De la compra de Alaska a la Guerra Fría: 160 años que explican la actual obsesión de Trump por Groenlandia

Desde 1867 Estados Unidos ha lanzado ofertas millonarias en reiteradas ocasiones para anexionar la isla ártica.

Más información: Decenas de miles de personas se manifiestan en Groenlandia y en Dinamarca contra los planes de anexión de Trump

Publicada 18 enero 2026 02:27h

Las claves nuevo Generado con IA

El interés de Estados Unidos por Groenlandia se remonta al siglo XIX, poco después de la compra de Alaska, y ha implicado ofertas formales y presiones estratégicas hacia Dinamarca.

Durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, Groenlandia fue clave para la defensa militar estadounidense, albergando numerosas bases y sistemas de radar estratégicos.

En 2019, Donald Trump reavivó el interés por comprar Groenlandia, proponiendo alternativas como la libre asociación y valorando la isla en hasta 700.000 millones de dólares.

Los intentos de adquisición de Groenlandia enfrentan el rechazo de Dinamarca, la creciente autonomía groenlandesa y la necesidad de aprobación del Congreso estadounidense.

El actual interés estadounidense por Groenlandia no es algo nuevo. Lejos de lo que pueda parecer, los planes que hoy impulsa Donald Trump son el último eslabón de una larga historia de ofertas, memorandos secretos y presión estratégica que Estados Unidos ha ejercido sobre Dinamarca durante años.

Lo que hoy se presenta como una jugada personal de Trump, en realidad encaja en una constante: la obsesión de Washington por controlar la isla del Ártico.​

La pulsión estadounidense por Groenlandia arranca casi al mismo tiempo que el país compra Alaska al Imperio ruso, en 1867.

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En paralelo a esa operación, el secretario de Estado William H. Seward explora discretamente la posibilidad de adquirir Groenlandia e Islandia a Dinamarca por 5,5 millones de dólares en oro, una negociación que varios diarios de la época llegaron a dar por "casi cerrada".

​Sin embargo, la operación naufraga en Washington antes de zarpar de Copenhague. El Congreso, enfrentado al presidente Andrew Johnson y receloso tras la compra de Alaska, se resiste a firmar otro gran cheque por territorios lejanos, y Groenlandia queda, por primera vez, fuera del mapa político pero dentro del radar estratégico de Estados Unidos.

La Segunda Guerra Mundial convierte Groenlandia en un portaaviones de hielo para los aliados. Con Dinamarca ocupada por la Alemania nazi, Copenhague autoriza a Estados Unidos a construir y operar bases militares en la isla para proteger el hemisferio occidental, y al final del conflicto Washington llega a acumular hasta 15 instalaciones, auténticos puentes aéreos hacia Europa.​

Ese despliegue alimenta una idea: si ya se defiende Groenlandia, ¿por qué no poseerla? En 1946, el presidente Harry S. Truman firma la primera oferta formal: 100 millones de dólares en lingotes de oro a cambio de la isla, presentada al ministro danés Gustav Rasmussen en un memorando que permaneció clasificado durante décadas.

Para Estados Unidos la compra no era un capricho colonial, sino "una necesidad militar" en el amanecer de la Guerra Fría, donde Groenlandia se convertía en radar adelantado frente a la Unión Soviética.

La isla se encuentra en la ruta polar más corta entre Washington y Moscú, y aproximadamente a mitad de camino entre las dos ciudades.​

Aunque Dinamarca rechaza el cheque de Truman, acepta conservar la huella militar estadounidense en su colonia ártica.

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El ejército danés es más pequeño que el Departamento de Policía de Nueva York. Después de la Segunda Guerra Mundial, Dinamarca no era capaz de defender a Groenlandia.

Por eso, Estados Unidos "aceptó la obligación legal de defender de cualquier ataque" a Groenlandia en un tratado de 1951 con Dinamarca.

El acuerdo permitió a Estados Unidos mantener sus bases militares en Groenlandia y establecer nuevas bases o "zonas de defensa" si la OTAN lo consideraba necesario.​

De esa arquitectura surge el símbolo más visible del poder de Washington en el Ártico: la base aérea de Thule, rebautizada décadas después como Pituffik Space Base, instalada en la costa noroeste en plena Guerra Fría.

Desde allí se teje una red de radares de alerta temprana y sistemas de seguimiento de misiles que hacen de Groenlandia un eslabón irrenunciable en el escudo antimisiles estadounidense, mientras experimentos como el secreto Proyecto Iceworm exploran incluso la idea de ocultar misiles bajo el hielo, un plan abandonado, pero revelador de la profundidad de esa presencia.

Durante la década de 1970, el entonces vicepresidente estadounidense Nelson Rockefeller planteó la posibilidad de adquirir Groenlandia con fines mineros. La existencia de esta propuesta se conoció públicamente por primera vez en 1982, cuando su redactor de discursos, Joseph E. Persico, la reveló en su libro The Imperial Rockefeller.

Manifestación de este sábado en Nuuk, capital de Groenlandia. Reuters.

A comienzos del siglo XXI, Estados Unidos, Rusia y China comenzaron a prestar una atención creciente a la dinámica geopolítica del Ártico y de Groenlandia.

En 2010, la secretaria de Estado estadounidense Hillary Clinton y el ministro de Asuntos Exteriores ruso Serguéi Lavrov participaron en la reunión de los Cinco del Ártico, donde se abordaron los intereses estratégicos de las principales potencias en la región.

En 2019, el investigador Rasmus Nielsen, de la Universidad de Groenlandia, señaló que en los últimos años se había percibido un aumento del interés y la implicación de Estados Unidos en los asuntos árticos.

Según Nielsen, Washington "está despertando a la realidad del Ártico", impulsado tanto por la presencia rusa como por el creciente papel de China en la zona.

El plan de Trump​

El nombre de Donald Trump se asocia por primera vez a Groenlandia en 2019, durante su primer mandato, cuando pregunta a sus asesores si Dinamarca estaría dispuesta a vender la isla.

La respuesta danesa es tajante —"Groenlandia no está en venta"— y el presidente responde con gesto diplomático: cancela una visita oficial a Copenhague, elevando lo que parecía una extravagancia a incidente internacional.

Fue ese mismo año cuando Groenlandia pidió a Estados Unidos realizar un reconocimiento aéreo utilizando técnicas de aerofotogrametría.

En ella, la Marina estadounidense captó imágenes hiperespectrales sobre la zona de Garðar, que luego fueron analizadas por el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) para identificar posibles depósitos de minerales.

Además, en diciembre de 2019, Dinamarca autorizó la reapertura de un consulado estadounidense en Groenlandia, que había funcionado durante la Segunda Guerra Mundial y cerrado en 1953.

En abril de 2020, Groenlandia aceptó una ayuda económica estadounidense de 12,1 millones de dólares.

El nuevo consulado reanudó sus actividades en junio de 2020, apenas un día después del anuncio de Washington sobre la construcción de una nueva flota de rompehielos.

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Hoy, ya de vuelta en la Casa Blanca, Trump ha convertido aquella idea en un objetivo político real.

El mandatario ha pedido estudios actualizados sobre el coste de comprar Groenlandia, ha barajado alternativas como un acuerdo de libre asociación —similar a los pactos con las Islas Marshall o Micronesia— y su entorno sitúa el valor de la operación en torno a 700.000 millones de dólares, casi la mitad del presupuesto anual del Pentágono.​

La fijación de Trump también tiene una dimensión personal: aliados cercanos, como el empresario Ronald Lauder, le han insistido en el potencial de Groenlandia en minerales críticos y rutas árticas, y el propio presidente aspira a dejar su sello histórico igual que otros mandatarios lo hicieron con Alaska o Puerto Rico.

Sin embargo, cualquier intento de compra tropieza con un triple muro político: el rechazo de Dinamarca, la creciente autonomía y afirmación nacional de Groenlandia y la necesidad de aprobación del Congreso estadounidense, donde abundan las voces que cuestionan el precio y el impacto diplomático de la maniobra.​

Mientras tanto, la realidad se impone sobre la ambición: Estados Unidos ya dispone de una presencia militar consolidada en la isla, con la base de Pituffik como punta de lanza y acuerdos que le dan acceso estratégico al Ártico sin necesidad de levantar una nueva bandera.

Entre cheques que nunca se firmaron y planes que se redactan en la sombra, Groenlandia sigue siendo, para Washington, el gran "premio helado" que se resiste a cambiar de manos.

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