Nacido el 7 de enero de 1970 en Aintree, en las afueras de Liverpool, creció en Culcheth, cerca de Warrington, en una familia católica de clase trabajadora. Su padre era ingeniero de telecomunicaciones y su madre, recepcionista en una consulta médica. Él y sus dos hermanos ingresaron en la universidad. Llegó hasta Cambridge, donde estudió Literatura Inglesa y donde conoció a la holandesa Marie-France van Heel, ejecutiva de marketing, con quien se casó y tiene tres hijos.
En Cambridge, según ha relatado él mismo en sus memorias, nunca terminó de sentirse integrado. Aquella incomodidad ante los códigos sociales de la élite británica se convertiría años más tarde en una parte central de su relato político, junto con su afición por el Everton, su identificación con la cultura popular del noroeste y su insistencia en que el poder de Londres ha prestado una atención insuficiente a las ciudades industriales.
Rápido ascenso
Su primera experiencia profesional estuvo lejos de Westminster. Tras una breve incursión en el periodismo local, trabajó en revistas especializadas sobre transporte y logística antes de incorporarse al equipo de la diputada laborista Tessa Jowell, quien acabaría abriéndole las puertas de la política nacional. Su ascenso fue rápido. En 2001 entró en la Cámara de los Comunes como diputado por Leigh y durante los gobiernos de Tony Blair y Gordon Brown ocupó responsabilidades en el Tesoro antes de convertirse en ministro de Cultura y posteriormente de Sanidad. Su primera etapa parlamentaria se prolongó hasta 2017.
Uno de los episodios que definieron su carrera ocurrió en 2009, cuando, como titular de Cultura, asistió al acto celebrado en Anfield por el vigésimo aniversario de la tragedia de Hillsborough, en la que murieron 97 aficionados del Liverpool, donde fue recibido con abucheos por las familias que reclamaban una investigación independiente. Aquel episodio lo llevó a defender la reapertura del caso y terminó por asociar su figura a una de las mayores luchas por la reparación institucional de la historia británica reciente.
Su carrera, sin embargo, parecía haber alcanzado un límite. En 2010 se presentó por primera vez al liderazgo del Partido Laborista y acabó cuarto en una contienda que ganó Ed Miliband. Cinco años más tarde volvió a intentarlo, pero fue derrotado por Jeremy Corbyn.
La decisión de abandonar Westminster para presentarse a la recién creada alcaldía metropolitana del Gran Manchester en 2016 fue el comienzo de su reconstrucción política. Elegido alcalde en 2017, Burnham convirtió una institución de alcance regional en una plataforma nacional desde la que defendió una mayor autonomía fiscal, la construcción de vivienda asequible y la recuperación del control público sobre servicios esenciales.
Su proyecto más reconocible fue la Bee Network, la red que integró autobuses, tranvías y otros medios de transporte bajo una estructura común. El Gran Manchester se convirtió en la primera zona de Inglaterra fuera de Londres que devolvió los autobuses a un sistema de regulación pública, una política que Burnham presentó después como prueba de que las administraciones regionales podían intervenir en la economía con mayor eficacia que un Estado centralizado.
En plena crisis económica
Pero fue la pandemia la que transformó al alcalde en una figura nacional. En octubre de 2020, durante las negociaciones sobre las restricciones sanitarias y las ayudas económicas para el Gran Manchester, se enfrentó públicamente al Gobierno conservador de Boris Johnson.
Su llegada, sin embargo, no borra las dificultades que hereda en el cargo. El nuevo primer ministro recibe una economía con un crecimiento débil, unos servicios públicos sometidos a una presión prolongada, una grave crisis de vivienda, tensiones en el sistema de prestaciones sociales y un contexto internacional complejo.
Burnham llega, además, con una contradicción que marcará inevitablemente su mandato. El político que cimentó su popularidad mediante la denuncia del poder concentrado en Westminster pasa ahora a ocupar su despacho más importante. Después de construir su carrera como portavoz de las regiones frente a Londres, tendrá que demostrar que el «rey del norte» puede gobernar un país entero.
El «Manchesterismo», su doctrina política
Lejos de Westminster, Andy Burnham convirtió el Gran Manchester en un laboratorio político desde el que ensayó muchas de las propuestas que ahora pretende trasladar al conjunto del país. Su proyecto, al que él mismo ha bautizado como «Manchesterismo», gira en torno a la idea de reducir la concentración del poder político y económico en Londres. Bajo ese planteamiento impulsó la recuperación del control público del servicio de autobuses, la primera experiencia de este tipo fuera de la capital, integró tranvías, autobuses y bicicletas en la Bee Network, reclamó mayores competencias para las autoridades regionales y defendió una política de vivienda más ambiciosa. Como resumió durante un discurso, «es hora de que Whitehall acepte que el crecimiento no puede ordenarse desde arriba; solo puede cultivarse desde abajo».
comentarios Reportar un error