Ampliar
Vista panorámica de Valle de Abdalajís. Arriba, réplica de la peana en la plaza de San Lorenzo J. Almellones De Nescania a Antequera y vuelta: el viaje de un pedestal romano de casi dos mileniosLa Peana, que en su día sostuvo una estatua del emperador Trajano, se incorporó al Arco de los Gigantes en 1585, pero regresó a mediados del siglo pasado a su lugar de origen, Valle de Abdalajís
Málaga
Miércoles, 4 de febrero 2026, 00:27
CompartirEn Valle de Abdalajís existe una palabra que tiene un significado especial, casi afectivo: La Peana. No es un simple pieza arqueológica. Para este municipio del Valle del Guadalhorce es un auténtico emblema desde hace generaciones. Lo que todos conocen con ese nombre es, en realidad, un pedestal romano de más de 1.900 años que protagonizó una historia sorprendente: nació en ese territorio (cuando se denominaba Nescania), fue trasladado a la monumental Antequera del siglo XVI para formar parte del Arco de los Gigantes y, casi cuatro siglos después, regresó a su lugar de origen. Esa doble vida -primero como elemento de un programa renacentista y después como icono local- explica por qué esta pieza despierta tanto orgullo en el pueblo.
La Peana es una de las piezas arqueológicas más conocidas de la antigua ciudad romana de Nescania, cuyo emplazamiento se sitúa en el actual término municipal de Valle de Abdalajís. Data, concretamente, del año 104 d.C., en tiempos de Trajano. De hecho, fue la base de una escultura dedicada a este emperador. Se trata de un monolito tallado en piedra caliza, con forma de paralelepípedo. La inscripción está aún perfectamente visible y testimonia la relevancia del enclave en época romana: «Nigelia osquvensis nomine svo et nomine Fabi Firmani mariti svi testamento fieri ivssit (Licinia Nigelia, natural de Oscua, en su nombre y en el de su marido Fabio Firmano, mandó -por testamento- que se hiciera este monumento)».
Ampliar
Arco de los Gigantes de Antequera. J.A.La segunda vida de la Peana comenzó en 1585, cuando Antequera decidió engrandecer su acceso monumental mediante la construcción del Arco de los Gigantes, proyectado por Francisco de Azurriaga durante el corregimiento de Juan Porcel de Peralta. Para su decoración, el responsable de la obra decidió reunir numerosas piezas arqueológicas de la Antigua Roma dispersas por Antequera y su entorno. Entre ellas, varias procedentes de Nescania. Una de las seleccionadas fue precisamente la Peana, incrustada en el nuevo arco como parte de una suerte de museo del legado romano al aire libre. El Arco de los Gigantes, que hoy es uno de los grandes hitos del Renacimiento andaluz, continúa siendo un ejemplo singular de cómo las élites del siglo XVI reutilizaban fragmentos clásicos para subrayar su conexión con el pasado de más esplendor.
Con el paso del tiempo, sin embargo, la Peana dejó de ser un elemento lejano en la arquitectura antequerana para convertirse en un motivo de reivindicación local. Desde mediados del siglo XX comenzaron las gestiones para recuperarla y reintegrarla en la memoria de Valle de Abdalajís. Esa reclamación fructificó finalmente con su retorno. Esa pieza original se conserva en el Museo Municipal de Valle de Abdalajís, mientras que hay una réplica exacata en la emblemática Plaza de San Lorenzo, donde también se encuentra una escultura de la Madre Petra, una religiosa local.
Ampliar
En este arco estuvo integrada la Peana de Valle de Abdalajís. J. A.La fuerte dimensión simbólica de la Peana en el pueblo se refleja en iniciativas como la Asociación Cultural Amigos de la Peana, nacida en su día para difundir y proteger el patrimonio local; en el AMPA La Peana, que adoptó este nombre como símbolo que une a todo un pueblo; o en talleres de empleo y actividades escolares que utilizan la emblemática pieza como hilo conductor. Para los vecinos, la peana no es una reliquia arqueológica, sino una seña de identidad que articula memoria, orgullo y pertenencia.
Hoy, este pedestal romano ha dejado de ser un elemento escondido en un arco monumental para convertirse en un símbolo profundamente arraigado en Valle de Abdalajís. Representa no solo la huella de Roma en el territorio, sino también la capacidad de un pueblo para reconocer, proteger y reivindicar aquello que lo une. La réplica en la plaza, la original en el museo y la memoria colectiva que se ha construido en torno a ellas demuestran que el patrimonio no solo se conserva: también se vive.
- Temas
- Valle de Abdalajís
Límite de sesiones alcanzadas
El acceso al contenido Premium está abierto por cortesía del establecimiento donde te encuentras, pero ahora mismo hay demasiados usuarios conectados a las vez.
Por favor, inténtalo pasados unos minutos.
Sesión cerrada
Al iniciar sesión desde un dispositivo distinto, por seguridad, se cerró la última sesión en este.
Para continuar disfrutando de su suscripción digital, inicie sesión en este dispositivo.
Iniciar sesión Más información¿Tienes una suscripción? Inicia sesión