Docentes, personal de administración y los propios estudiantes admiten que ha cambiado la forma de afrontar la autonomía y la responsabilidad al llegar a la UMA
Regala esta noticia Añádenos en Google Estudiantes, en la Biblioteca General de la Universidad de Málaga. (Ñito Salas) 14/06/2026 a las 00:19h.La escena se repite con una frecuencia que ya no sorprende en los pasillos de la Universidad de Málaga. Alumnos que dudan ante trámites básicos, ... padres que llaman donde antes no llegaban y una sensación compartida entre docentes, administrativos y estudiantes de que algo ha cambiado en la forma de afrontar la autonomía.
Lejos de ser una anécdota o un hecho aislado, esta situación que una auxiliar administrativa de la UMA relata en primera persona a SUR es «el pan nuestro de cada día» y advierte: «Vamos a peor». Estas interferencias constantes de los progenitores llegan incluso a comprometer al propio personal de administración, porque en un intento de ayudar a sus hijos son capaces de hacerse pasar por ellos. Le ocurrió a un administrativo que en el transcurso de una llamada telefónica que recibió para aclarar una duda sobre la solicitud de una beca sospechó que quien hablaba no era el alumno. «Le pregunté directamente y el padre tuvo que reconocerme que se había hecho pasar por su hijo y le advertí que me había comprometido porque todos los alumnos son mayores de edad y por protección de datos solo podemos facilitarles la información a ellos».
Ya en octubre de 2025, la nota que dejó un profesor en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Granada, en la que decía: «El vicedecanato de Prácticas no atiende a madres y padres. Todo el alumnado matriculado es mayor de edad» levantó ampollas y sacó a la luz un fenómeno que hasta entonces no había trascendido las cuatro paredes de las universidades.
Para Elisa Chuliá, profesora de Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia e investigadora de Funcas, la clave no está tanto en las capacidades de los jóvenes como en el contexto en el que han crecido: «No es que no tengan capacidad, es que no les dejamos margen». Y esto entronca con lo que el profesor David McCullough concluyó en llamar 'padres quitanieves' en su libro 'Tú no eres especial'. Con él hacía ver una nueva tendencia de progenitores que van quitando obstáculos y allanando el camino a sus hijos antes de que se enfrenten a ellos, o los también llamados 'padres helicópteros', que en constante supervisión de lo que hacen sus vástagos no les dejan margen a equivocarse y aprender por sí mismos.
«No es que no tengan capacidad los jóvenes de ahora, es que no les dejamos margen»
Elisa Chuliá
Profesora de Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia e investigadora de Funcas
El salto educativo entre generaciones tiene mucho que ver en lo que está ocurriendo. «Yo con 14 años ya tenía más formación de la que mis padres habían adquirido en su vida», explica Chuliá. Hoy, en cambio, muchos progenitores igualan o superan el nivel educativo de sus hijos, lo que les permite y a menudo les empuja a intervenir. A ello se suma una transformación cultural: familias más pequeñas, mayor protección y una tendencia a despejar el camino. El resultado es lo que la socióloga define como un «retraso de la responsabilidad».
Aplazamiento vital
«Todo se ha pospuesto», afirma: la entrada en el mercado laboral, la emancipación, la formación de una familia. Pero ese aplazamiento vital arrastra consigo otro menos visible: la adquisición de habilidades prácticas. «Cuando uno no se ha enfrentado a la matrícula de la universidad solo, a lo mejor ha perdido una oportunidad y una capacidad que ya le va a marcar para su vida». Es lo que denomina «inmadurez operativa», una carencia que, lejos de resolverse con el tiempo, puede consolidarse: «A lo mejor cuando no lo haces a los 18, ni a los 19, ni a los 20, a los 30 tampoco lo haces».
A esta falta de autonomía de los estudiantes, tampoco son ajenos desde el equipo de Gobierno de la UMA. Su vicerrectora de Estudiantes, Susana Cabrera, observa este fenómeno más desde la gestión que desde el aula, donde imparte 'Introducción a la Economía en los Grados de Geografía e Historia. «Es bastante habitual», resume, aludiendo a una dependencia creciente que contrasta con generaciones anteriores, más autónomas.
Durante la pandemia, esta tendencia se hizo especialmente visible. Padres que solicitaban el regreso de sus hijos desde el extranjero o que intervenían directamente en decisiones académicas evidenciaron, según Cabrera, un exceso de «sobreprotección». Una dinámica que también se traslada a momentos clave como la PAU, «donde la implicación familiar, lejos de ayudar, provoca errores en trámites que deberían asumir los propios estudiantes».
«La implicación familiar, lejos de ayudar, provoca errores en trámites que deberían asumir los propios estudiantes»
Susana Cabrera
Vicerrectora de Estudiantes de la UMA
En el día a día administrativo, la situación se traduce en padres que gestionan becas o reclamaciones en nombre de sus hijos, o estudiantes que esperan recibir toda la información sin buscarla activamente. «No se les está acostumbrando a responsabilizarse de su vida académica», advierte.
En ese contexto, Lola Cabrera, presidenta de la Asociación Juvenil Innova Ingeniería y coordinadora del grupo de orientación de la Escuela de Ingeniería Industrial, aporta una mirada desde dentro, honesta y habla sin pelos en la lengua. Desde su doble responsabilidad (en la asociación y en la orientación académica), esta estudiante de doble grado en Ingeniería Mecánica e Ingeniería en Diseño Industrial y Desarrollo del Producto ha sido testigo desde que llegara a la UMA hace cinco años de un cambio progresivo que ya no se limita a percepciones aisladas. «Es totalmente cierto que se está llegando a unos límites donde el padre no le pregunta a su hijo qué ha ocurrido con un examen, sino que directamente va al profesor y le pide explicaciones de por qué ha suspendido», afirma.
El foco, explica, está en los primeros cursos. Alumnos de 18 y 19 años que llegan a la universidad sin manejar herramientas básicas. «Estamos hablando de que hay alumnos que ya están en un periodo de exámenes y todavía no han sido capaces de meterse en una cosa tan simple como un campus virtual o abrir un correo electrónico». Un argumento del que da fe otro funcionario de la UMA que aún se echa las manos a la cabeza cuando recuerda ese momento en el que le indicó a una alumna de primero que podía consultar unos requisitos en la web de la facultad y que la información estaba a dos click. «¿Qué es una web?» le preguntó. «Solo se mueven por redes sociales, no están informados y no son proactivos en buscarla; ellos esperan a que les llegue por correo electrónico o alguien les avise y luego si se les pasa el plazo, llegan exigiendo que les resolvamos el problema», lamenta el trabajador.
Una joven se abre paso en el campus universitario de Teatinos. (Ñito Salas)Jóvenes exigentes
La consecuencia es una inversión de responsabilidades que, según Cabrera, se traslada también al discurso. «Vienen como exigiendo, cada vez con más leyes: 'tengo derecho a', pero menos deberes», resume. Una percepción que vincula, en parte, con la educación recibida y con un entorno que ha tendido a facilitar en exceso los procesos. «Pretendemos facilitar tanto las cosas que la gente se relaja más», apunta.
Esa sobreprotección no nace en la universidad. Lola Cabrera la identifica en etapas anteriores, incluso en gestos cotidianos. Relata escenas vistas en su entorno educativo: adolescentes acompañados al instituto con la mochila en manos de sus padres, o estudiantes que asumen que alguien resolverá por ellos tareas básicas. El grupo de orientación que coordina surge, precisamente, como respuesta a ese escenario. Un intento de acompañar sin sustituir, de ofrecer herramientas sin reforzar la dependencia. «Vimos la necesidad de abrir esta línea de trabajo con los alumnos de primero», explica. El objetivo no es otro que evitar que quienes tienen capacidad se queden atrás por no haber desarrollado habilidades básicas. «Gente que vale la pena y que por no haber tenido las cuatro herramientas necesarias se ha quedado estancada».
La paradoja, insiste, es evidente: estudiantes capaces de enfrentarse a problemas complejos en una ingeniería que, sin embargo, tropiezan en gestiones elementales.
Antonio Heredia, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la UMA y con 47 años de experiencia docente, se muestra algo más optimista sobre las últimas promociones. Identifica cuatro rasgos clave, que él pone en valor. Observa «una menor competitividad personal» respecto a generaciones anteriores. Aunque antes predominaba el afán por destacar individualmente, ahora percibe grupos más cohesionados, donde esa competitividad se ha diluido. En segundo lugar, destaca la dificultad de los estudiantes para mostrar su capacidad individual. «Les cuesta más que antes mostrar su valor», explica, señalando que, aunque hay talento, muchos evitan exponerse por inseguridad o temor a equivocarse. El tercer rasgo es una «mayor necesidad de validación externa». Los alumnos buscan confirmación constante de que su trabajo es correcto, lo que influye en su forma de participar y aprender. Por último, subraya un aumento del compañerismo, ligado a esa menor competitividad.
Un poder que se va de las manos
La universidad, tradicionalmente concebida como un espacio de transición hacia la autonomía, «se parece cada vez más a un instituto», apunta otra funcionaria. «Se lo damos ya todo», reconoce Chuliá. No tanto por convicción pedagógica como por inercia del sistema: «Si no se lo damos, protestan». Se genera así un círculo de retroalimentación en el que profesores y alumnos ajustan sus expectativas. «No quieres ser tú el que tenga peor valoración», admite, en referencia a una cultura de la evaluación que, siendo en origen positiva, ha derivado en efectos indeseados.
«Cuando le das mucho poder al que evalúa, el evaluado tiende a comportarse para agradar», admite. En la práctica, esto se traduce en flexibilizar plazos, rebajar exigencias y, en última instancia, erosionar normas básicas. «Nos evalúan por lo fáciles que somos, por el índice de aprobados», sostiene, cuestionando que esos indicadores reflejen la calidad docente.
El fenómeno no se limita al aula. En la administración universitaria, los trabajadores describen una presión creciente por atender demandas fuera de plazo o de norma. «Te ponen una reclamación por todo», alerta otra trabajadora de la administración de la UMA. Y cuando esas reclamaciones prosperan, el mensaje cala: insistir funciona. «Se está generando una exigencia de derechos continua, pero no de obligaciones», resume.
Para Chuliá, el problema no reside en señalar culpables individuales. «No va de responsabilizar a nadie», insiste. Más bien, de entender la confluencia de factores estructurales y culturales que empujan en la misma dirección. Entre ellos, la sobreprotección familiar. «La protección excesiva entraña muchos problemas», advierte. Y lo hace, paradójicamente, desde una intención positiva: evitar a los jóvenes las dificultades que vivieron sus padres. «Quizá nos hemos pasado».
La preocupación de fondo, compartida por docentes, administrativos y responsables académicos, es clara: ¿qué ocurrirá cuando ese andamiaje protector desaparezca?
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