Georges Soros y Elon Musk. Reuters
EEUU De Soros a Musk pasando por la viuda del magnate de Eurovegas y los gemelos de Facebook: ellos pagan a los candidatos en EEUUEl Washington Post publica la lista de los multimillonarios que más invierten en la campaña para las elecciones al Congreso y Senado en Estados Unidos.
Más información: SpaceX, boicot demócrata y una vaca llamada Melania: así es la feria MAGA con la que Trump celebra los 250 años de EEUU
Itziar Nodal Denver Publicada 6 julio 2026 02:29h Las clavesLas claves Generado con IA
En Estados Unidos no hace falta presentarse a unas elecciones para intervenir en ellas. Basta con tener una fortuna, una causa y un comité dispuesto a convertir el dinero en anuncios, ataques, encuestas, vídeos y presión política.
A cuatro meses de las midterm de noviembre, que decidirán si Trump sigue teniendo poder real en Washington, los 50 mayores donantes del ciclo electoral ya han puesto más de 1.368 millones de dólares sobre la mesa. No para votar. Para que otros voten en el clima que ellos han pagado.
La lista no es solo un ranking de ricos. Es una radiografía del poder privado que rodea a Donald Trump, al Congreso y a las grandes industrias que se juegan regulación, impuestos y acceso directo al poder. Hay viejos apellidos del dinero político, como George Soros, Miriam Adelson o los Uihlein.
La Casa Blanca quiere su parte del pastel de la IA: busca socios en Silicon Valley ofreciendo a cambio flexibilizar las normasHay magnates tecnológicos, como Elon Musk, Marc Andreessen o Greg Brockman, presidente y cofundador de OpenAI. Y hay sectores enteros —cripto, inteligencia artificial, apuestas deportivas, petróleo, tabaco o el lobby pro-Israel— que ya no esperan a que los políticos decidan. Prefieren llegar antes que ellos.
La política con chequera ilimitada
Para un lector español, lo primero es entender que el dinero no entra en la política estadounidense como estamos acostumbrados. En España, los partidos reciben financiación pública y también aportaciones privadas, pero dentro de un sistema mucho más limitado, fiscalizado y con topes claros.
Una empresa no puede aparecer sin más y poner decenas de millones para empujar a un candidato. Un magnate no puede convertir una campaña en su proyecto personal con un cheque de 50 millones. En EEUU, en cambio, el dinero privado forma parte estructural de la competición electoral.
Aunque un candidato tiene límites para recibir donaciones directas, el gran atajo está en los llamados 'súper PACs': organizaciones políticas que pueden recaudar cantidades ilimitadas de individuos, empresas, sindicatos u otros grupos, siempre que no coordinen formalmente su gasto con el candidato al que quieren beneficiar. La frontera parece técnica, pero cambia toda la campaña.
Un 'súper PAC' no puede entregar el dinero al político ni sentarse oficialmente con su equipo a diseñar cada movimiento. Sí puede gastar millones en anuncios a su favor, destruir al rival en televisión, intervenir en una primaria local o convertir un asunto casi invisible en una guerra nacional. No compra el voto, sino el volumen y la capacidad de decidir qué tema escucha el votante durante semanas.
Trump condecora a la 'mega donante' Miriam Adelson. REUTERS/Leah Millis
Los donantes favorables a los republicanos suman unos 884 millones de dólares frente a los 284 millones del campo demócrata. Otros 200 millones proceden de intereses especiales o grupos que no se presentan necesariamente como partidistas, sino como defensores de una agenda concreta. No todos quieren que gane exactamente un candidato, pero casi todos quieren que el próximo Congreso les deba algo.
La importancia es evidente. En noviembre se renueva toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Para Trump, conservar el control republicano significa mantener margen para gobernar sin un Congreso hostil.
Para los demócratas, recuperar al menos una cámara significaría poder investigar, bloquear y desgastar a la Casa Blanca. Para los donantes, la elección tiene una traducción más simple: quién regulará sus negocios, quién bajará sus impuestos, quién protegerá sus causas y quién pondrá límites a su poder.
Soros, Adelson y la vieja aristocracia
El primer nombre de la lista rompe, en parte, el dominio republicano. George Soros, inversor, filántropo y superviviente del nazismo, encabeza el ranking individual con unos 102 millones de dólares aportados por entidades vinculadas a su entorno. Para la izquierda liberal estadounidense es uno de sus grandes financiadores históricos.
Para la derecha, Soros es un villano recurrente. Durante décadas ha respaldado causas progresistas, derechos civiles, reformas judiciales y organizaciones liberales. Ahora vuelve a aparecer donde casi siempre ha estado: en el centro de la guerra cultural.
Pero Soros es más excepción que norma. La gran masa de dinero se inclina hacia el lado republicano. Ahí aparece Miriam Adelson, médica, viuda del magnate de los casinos Sheldon Adelson -que trató de traer a España su 'Eurovegas'- accionista de Las Vegas Sands y propietaria mayoritaria de los Dallas Mavericks de la NBA.
Su fortuna ha sido durante años una de las grandes cajas de resonancia del trumpismo y de la política pro-Israel en Washington. Ha puesto cerca de 68 millones de dólares, buena parte de ellos en comités republicanos del Senado y en MAGA Inc., el gran vehículo político de Trump.
Sheldon Adelson junto a Donald Trump. Loren Elliott Thomson Reuters
También están Jeff y Janine Yass, menos conocidos fuera de EEUU, pero enormemente influyentes allí. Él cofundó Susquehanna International Group, una firma de inversión y trading especializada en mercados financieros. Ella está vinculada al movimiento de escuelas concertadas y libertad educativa, una causa central para la derecha estadounidense.
Abogan por reducir el peso del sistema público tradicional y permitir que fondos, becas o incentivos empujen a las familias hacia modelos privados o alternativos. Entre ambos rondan los 84 millones de dólares. Su dinero no solo apoya republicanos. Empuja una idea de país.
Richard y Elizabeth Uihlein representan otra rama del conservadurismo: más ideológica, más dura, más constante. Son los dueños de Uline, una empresa de embalajes muy conocida en EEUU, y llevan años financiando candidatos republicanos, grupos antiabortistas, causas contra los derechos LGTB y campañas judiciales conservadoras. Superan los 50 millones de dólares.
A su lado aparecen otros nombres del viejo dinero conservador: Paul Singer, fundador del fondo Elliott Management; Diane Hendricks, empresaria de materiales de construcción; Stephen Schwarzman, jefe de Blackstone, uno de los mayores fondos de inversión del mundo; Ken Griffin, fundador de Citadel, otro gran fondo de inversión y firma de trading financiero; y varios herederos de Walmart.
No todos forman parte del mismo trumpismo. Algunos son devotos. Otros son republicanos clásicos que, sin apoyar a Trump, le prefieren antes que a un demócrata. Otros quieren jueces conservadores, menos regulación o más poder empresarial. Pero todos entienden la misma regla: unos cuantos millones colocados a tiempo pueden valer más que un mitin multitudinario.
Silicon Valley entra en campaña
La gran novedad de 2026 no está en los apellidos clásicos, sino en la entrada agresiva de la nueva élite tecnológica. Silicon Valley ya no mira la política desde la grada. Quiere financiarla, disciplinarla y condicionar las leyes que regularán sus propios negocios.
El caso más visible es Elon Musk. El dueño de Tesla, SpaceX y X ha aportado más de 85 millones de dólares, parte a 'America PAC', su propio vehículo político, y parte a comités republicanos que buscan sostener la Cámara y el Senado.
Musk no es solo un empresario con intereses ante el Gobierno. En el segundo mandato de Trump ha tenido además influencia directa en la reorganización del Estado a través de DOGE, la oficina creada para adelgazar la Administración federal. Primero dentro del poder, después alrededor del poder.
Marc Andreessen y Ben Horowitz, fundadores de Andreessen Horowitz, una de las firmas de capital riesgo más influyentes del mundo, han aportado más de 91 millones. Son nombres menos populares que Musk, pero fundamentales para entender quién financia la economía digital.
Los gemelos Winklevoss, dueños del 'exchange' de criptos Gemini Europa Press
Su apuesta se dirige a la inteligencia artificial, las criptomonedas y el ecosistema tecnológico. Han dado dinero a 'Leading the Future', un 'súper PAC' centrado en IA; a 'Fairshake', el gran comité de la industria cripto; y también a 'MAGA Inc.', el vehículo que apoya a Trump y a sus candidatos.
Greg Brockman, presidente y cofundador de OpenAI, aparece junto a su esposa, Anna, con 50 millones de dólares: la mitad para 'MAGA Inc.' y la otra mitad para 'Leading the Future'. La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa técnica para convertirse en un poder político con chequera propia.
Las criptomonedas han aprendido del mismo manual. Coinbase, Ripple Labs, Crypto.com y los hermanos Cameron y Tyler Winklevoss —los gemelos que acusaron a Mark Zuckerberg de robarles la idea de Facebook y luego construyeron su fortuna en el mundo cripto— están entre los grandes financiadores. Buscan supervivencia regulatoria: candidatos que no endurezcan la supervisión, no asfixien el negocio y conviertan a EEUU en capital del sector.
AIPAC, el gran lobby pro-Israel en Washington, opera con una lógica parecida en otro terreno. No es un brazo republicano, sino una organización que busca proteger el consenso pro-Israel en los dos partidos.
Los 'halcones' republicanos y la derecha mediática amenazan a Trump por su acuerdo con Irán: "Se ha rendido, como Obama"Por eso invierte también en primarias demócratas: apoya a candidatos favorables a Israel y trata de frenar al ala progresista, cada vez más crítica con la política israelí y con el apoyo militar de EEUU.
También aparecen apuestas deportivas, petróleo, tabaco y grupos ecologistas. Cada sector con su propia urgencia. Cada industria con su propio Congreso ideal.
La paradoja es que casi todo esto ocurre a plena luz del día. Los nombres se conocen. Las cantidades se publican. Las bases de datos se pueden consultar. Pero la transparencia no corrige la desigualdad. Solo permite verla con más nitidez. En noviembre, los ciudadanos pondrán la papeleta. La megafonía, cada vez más, la ponen quienes pueden pagarla.